Los desastres naturales, como huracanes, terremotos o incendios forestales, no solo representan un peligro inmediato. Su impacto puede extenderse mucho más allá de su ocurrencia, transformando paisajes y creando nuevos riesgos para las comunidades afectadas. Esta dinámica ha sido recientemente abordada en un estudio publicado en la revista Science, donde un equipo de investigadores examina cómo los desastres naturales pueden dar lugar a lo que se conoce como «peligros en cascada».
El huracán Helene, que azotó el sureste de Estados Unidos en septiembre de 2024, es un ejemplo claro de este fenómeno. Aunque el huracán duró solo unos días, sus efectos sobre el paisaje fueron profundos y perdurables. Deslizamientos de tierra enterraron carreteras y modificaron los cauces de los ríos, mientras que la erosión dejó suelos expuestos a futuros eventos climáticos, aumentando el riesgo de inundaciones y deslizamientos de tierra en la región.
La evolución de los peligros naturales
Los peligros en cascada no son aleatorios; surgen de procesos físicos que operan continuamente en el paisaje, como el movimiento de sedimentos, la erosión y la meteorología. Por ejemplo, un terremoto puede debilitar el terreno, dejando a la vista la posibilidad de deslizamientos de tierra durante las lluvias posteriores. Esto fue evidente tras el terremoto de 2008 en la provincia de Sichuan, China, que provocó un aumento de los flujos de detritos mucho después del evento sísmico inicial.
La superficie terrestre guarda una «memoria» de estos eventos. Los sedimentos alterados por un terremoto o una tormenta pueden desplazarse durante años, reconfigurando el paisaje y generando nuevos riesgos. Un caso notable es el terremoto de Assam en 1950, que desencadenó miles de deslizamientos de tierra, cuyos sedimentos eventualmente causaron inundaciones en Bangladesh dos décadas más tarde.
Los riesgos asociados con estos peligros en cascada están aumentando, en parte debido al cambio climático, que está intensificando la frecuencia de incendios forestales, tormentas y lluvias extremas. La expansión urbana en terrenos propensos a desastres también expone a más personas e infraestructuras a estos riesgos en evolución. Las compañías de seguros, por ejemplo, han comenzado a retirarse de estados como California debido a la creciente probabilidad de desastres combinados de incendios y deslizamientos de tierra.
Tradicionalmente, la estimación del riesgo de desastres se ha basado en eventos pasados. Sin embargo, cuando el paisaje ha cambiado, el pasado puede no ser un indicador fiable del futuro. Los modelos informáticos que simulan la física detrás de estos eventos son esenciales para prever cómo evolucionan los riesgos en tiempo real. Gracias a los avances en tecnología de observación de la Tierra, como imágenes satelitales y drones, los científicos pueden ahora rastrear cómo cambian las pendientes, ríos y vegetación después de desastres, lo que permite una mejor planificación y gestión del riesgo.
Comprender estas conexiones es crucial para construir resiliencia en las comunidades, ayudándolas a prepararse para futuros desastres y adaptarse a las transformaciones que estos provocan. La necesidad de repensar la gestión del riesgo es evidente: cada evento natural no solo altera el presente, sino que también establece las condiciones para los desafíos del futuro.
