El océano Austral desempeña un papel vital en el contexto del cambio climático, ya que absorbe hasta el 40% de las emisiones de carbono causadas por el ser humano. Este océano, que alberga algunos de los ecosistemas más vulnerables del planeta, presenta una serie de retos en su estudio y comprensión. Las variaciones a corto plazo dificultan la identificación de patrones y tendencias en esta región remota y caótica.
Para desentrañar esta complejidad, es fundamental realizar mediciones sostenidas a lo largo de los años, y esto es precisamente lo que ha logrado el Southern Ocean Time Series (SOTS), un observatorio submarino que ha estado monitorizando este ecosistema durante casi tres décadas.
Una instalación pionera en el océano Austral
Inaugurado en 1997 por el investigador del CSIRO, Tom Trull, el SOTS está situado a 500 kilómetros al suroeste de Tasmania y consiste en dos boyas automáticas ancladas al fondo marino a 4,500 metros de profundidad. La única señal visible de este observatorio es una boya amarilla en la superficie, conocida como la Estación de Flujo del Océano Austral, que alberga 30 sensores atmosféricos que transmiten datos meteorológicos en tiempo real utilizados por el Servicio Meteorológico de Australia.
Cada año, el barco de investigación Investigator del CSIRO realiza expediciones para mantener los equipos, los cuales registran información desde la superficie hasta el fondo del océano. Este programa, que se encuentra en su 28º año, es el más antiguo de observación en el océano Austral abierto.
Los datos recopilados por el SOTS han sido fundamentales para comprender los procesos de entrada de calor y carbono al océano, así como las variaciones en la estructura de los ecosistemas a lo largo de las estaciones. Un estudio reciente, que abarca los datos desde 1997 hasta 2022, destaca la importancia de los fitoplancton, que regulan la cantidad de dióxido de carbono atmosférico que se incorpora al océano y su capacidad para almacenarlo en las profundidades marinas, un fenómeno conocido como «bomba biológica».
Adicionalmente, investigaciones previas han demostrado que el ecosistema marino de esta región está intrínsecamente vinculado a la disponibilidad de hierro, un metal traza esencial en el agua de mar. El SOTS también ha permitido detectar cambios en la química del océano Austral, como la acidificación oceánica, y ha contribuido a las mediciones de cómo el océano absorbe carbono y cómo los ecosistemas marinos almacenan ese carbono a gran profundidad.
La longevidad y la financiación sostenida del programa SOTS son claves para su éxito. Sin este tipo de monitorización a largo plazo, careceríamos de una línea base para seguir el rastro del cambio climático y tendríamos una comprensión limitada de los sistemas meteorológicos y ecosistemas de esta importante parte del mundo. Además, sus hallazgos son parte de un esfuerzo global coordinado para observar y predecir el clima y el tiempo, contribuyendo a la preparación ante eventos extremos que, por desgracia, se están volviendo más frecuentes.
En contraste, la reducción de fondos en organismos como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE.UU. (NOAA) ha llevado a despidos y a la posible clausura de estaciones de monitorización de fenómenos meteorológicos extremos. Esto subraya la importancia de mantener iniciativas como el SOTS, que continúan proporcionando datos fundamentales en un momento en que otros sistemas internacionales enfrentan recortes y limitaciones.
