En las últimas décadas la izquierda ha visto impotente como se imponía el neoliberalismo como pensamiento único en todos los órdenes de nuestras vidas. Pero para conseguir la general aceptación como única posibilidad en política y economía, era necesario erradicar cualquier resistencia, empezando por los partidos políticos de izquierda trasformadora y el pensamiento marxista, que en si mismos suponían una alternativa que tarde o temprano podría oponérsele, y lo cierto es que casi lo consiguen, pero ¿cómo pudieron avanzar tanto? Durante mucho tiempo, las instituciones creadas por el gran capitalismo para implantar en la sociedad el pensamiento ultra conservador y el neoliberalismo económico depredador, han enfilado la artillería ideológica que le proporcionaba su dinero, entre otros los medios de comunicación, contra partidos y pensamiento de izquierda. Así consiguieron que la opinión pública aceptara un sistema en el que las masas cada cuatro años dieran su voto a unos políticos que prometían un mundo feliz, pero se encargaban de legislar y gobernar en beneficio de los poderosos, facilitándoles que en el reparto de la riqueza sus beneficios crecieran indefinidamente aunque eso supusiera la ruina de la inmensa mayoría de la población. A eso le llamaron modernidad o post modernidad, que el nombre poco importa, siempre que transmita la idea que les interesa, la de que esa política es la que demandan los tiempos.
El reto era cómo conseguir que el ciudadano no sólo vote en contra de sus intereses, sino que además, después de haber resultado damnificado, siga haciéndolo en las siguientes elecciones. Para conseguirlo contaban con un gran invento: el bipartidismo: pensado, no para ejercer el voto en favor de un partido según su programa y su trayectoria, sino para ejercerlo en contra del que se pensaba que lo iba a hacer peor. Una estratagema bastante burda, no cabe duda, pero que les ha dado un gran resultado. Se recurre para conseguirlo a la estrategia utilizada por los timadores para engañar al llamado primo o lila, que éste piense en todo momento exactamente lo que él, el artista timador, quiere que piense. Sin embargo, el engaño del “tocomocho” o de “la estampita” no serían posibles sin la imprescindible ayuda de un colaborador necesario: el “gancho”, que en el caso del pensamiento único y el liberalismo, lo desempeñan los periódicos y revistas, la radio y la televisión, cuya visión es siempre la impuesta como políticamente correcta –correcta para el sistema, naturalmente-, mareando a sus lectores, radioyentes y televidentes como si jugaran con ellos a la gallinita ciega. .
Como sabemos, la reiteración de una mentira termina siendo aceptada por la gente como una verdad irrevocable y mucho más si lleva el inestimable aval de la televisión, ese gran hermano que maneja nuestras vidas. Sin embargo, ese burdo, aunque elaborado engaño, le servía al sistema para engatusar a la inmensa mayoría de la gente sencilla, la que no se plantea grandes complicaciones en sus vidas, pero ¿y a los intelectuales y políticos de izquierda? Porque a ellos era imposible engañarlos, ellos siempre han sabido qué se cuece detrás de esa “modernidad” y quiénes se iban a beneficiar y quiénes iban a salir perjudicados con ella. Ahí, como en el arte de la prestidigitación, entra en escena un nuevo recurso, el poder con su enorme capacidad de asimilación en forma de escaños, puestos en la administración, subvenciones, publicaciones, cursillos y una amplia gama de posibilidades a disposición de los presuntos conversos. Y no se equivocaron, tantas facilidades no podían ser desaprovechadas por los que querían ocupar un lugar en el sistema, así que pronto se formó una enorme cola de antiguos izquierdistas renegando de sus ideas y de sus partidos y organizaciones políticas. Todas las exigencias de transparencia y de ética de la que habían hecho gala hasta el día anterior, se convirtieron en manga ancha para aceptar recortes sangrantes a trabajadores y pensionistas o intervenciones en guerras imperialistas. Claro, eso era la “modernidad”: qué hay de lo mío y al vecino que le vayan dando. Enumerar los nombres de los que se arremolinaban para ser aceptados por el sistema es prolijo, sobre todo teniendo en cuenta su abultado número, pero baste citar, por su notoriedad, algunos de ellos: Fernando Soto, Enrique Curiel, Jordi Solé Tura, Antonio Gutiérrez, Cristina Almeida, Diego López Garrido, Rosa Aguilar... Todos sabían lo que esa política “moderna” iba a suponer para los trabajadores y las clases populares, pero no pudieron sustraerse a una oferta que iba a permitirles jugar en la Champions League de la política.
El caso es que, a poco observadores que seamos, nos tropezamos con el hecho de que cada vez que aquellos a los que quiere destruir el sistema, especialmente el PCE e Izquierda Unida, mejoran sus resultados, aparecen en el seno mismo de esas organizaciones voces que reclaman una mayor “modernidad”. Ya ocurrió con la aparición de la Nueva Izquierda y prácticamente con todos y cada uno de los que se pasaron con armas y bagajes a la socialdemocracia para ayudarla a hacer las reformas que demandan el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo y para auxiliar a los Estados Unidos en su infatigable lucha por dominar el mundo. Ahora que Izquierda Unida sube, de nuevo volvemos a oír la vieja banda musical de aquella película que hemos visto tantas veces; sus nuevos interpretes, Gaspar Llamazares y Luis García Montero, nos aburren terriblemente, quizás porque ya conocemos el final de la película. Resulta increíble que después del histórico fracaso cosechado por Llamazares, el mayor de Izquierda Unida en su historia, no sólo no se le ocurriera dimitir que es lo que dicta la ética y la decencia política, sino que se permita criticar, como si nada hubiera ocurrido, a quienes han mejorado los resultados. Es evidente que lo ético y lo “moderno” están reñidos, por eso es inútil pedir peras al olmo.
Últimamente el sistema tiene que estar bastante preocupado, porque el PCE al que ya daban por muerto, se está reforzando e Izquierda Unida ha crecido en las últimas elecciones Municipales, y por si todo ello fuera poco, porque ha surgido, como un soplo de aire fresco, el movimiento de los Indignados recorriendo las plazas y las calles de España. A los jóvenes que se niegan a formar parte de una generación perdida, se ha sumado gente de todas las edades que se echa a la calle reclamando una nueva ley electoral, una forma diferente de hacer política en la que no tenga cabida ni el trapicheo ni el medro personal, y sobre todo una sociedad más justa e igualitaria en la que la economía esté al servicio de la mayoría y no al revés. Cuando parecía que la izquierda transformadora predicaba en el desierto, este movimiento espontáneo ha venido a demostrar la justeza de sus planteamientos tachados de anticuados por los conversos del sistema. Ya no se puede silenciar la contestación ni siquiera con la complicidad de la prensa, porque ahora mucha gente empieza a ver claro el engaño de que han sido víctimas, el fraude que supone el bipartido único, conversos incluidos. Ya no caben milongas sobre la “modernidad” ni cosas por el estilo; todos sabemos que el sistema es una gran mentira con el objetivo de robarnos. Ahora sabemos que en el “tocomocho” del bipartidismo y de la “modernidad” sólo hay papeles de periódicos, nada más.