Personalmente estoy totalmente en contra de la pena de muerte, pero estos días he mantenido una especie de contradicción que ha estado dado vueltas en mi cabeza.
El motivo de la reflexión, tiene su origen en una información publicada en diversos medios de comunicación:
“Unicef denuncia el robo de 15 niños de varios hospitales de Puerto Príncipe. Tras su rapto, una vez sacados ilegalmente de Haití, podrían ser destinados al mercado internacional de adopciones o tráfico de órganos.
La organización Save the Children, asegura que hay evidencia de tráfico de niños desde antes del terremoto de 7.0 grados Richter que azotó Haití la semana pasada”.
A partir de esta noticia, me siento como espectador de una de tantas películas en las que el argumento contempla personajes “buenos” y “malos”. Estas habitualmente tienen como desenlace la muerte del “malo”, de una forma tan previsible como terrible, y el espectador normalmente, diría que no solo no siente ninguna pena por la muerte de los “malos”, sino que incluso en ocasiones, tiene el deseo de aplaudir.
Consciente de que el cine y sus historias se ven en muchos casos superadas por la realidad, con la noticia de referencia, no puedo evitar mi sensación de que estando en contra de la pena de muerte, en el supuesto de que sucediera, no tendría el mínimo sentimiento de pena, por la muerte de los responsables del secuestro y tráfico de esos niños.