Archivos para: Marzo 2009

Muérete, pero no digas cuándo. Es la única forma de que puedas gozar de una muerte digna y en la intimidad, compartida sólo con tus seres queridos y no con el público, con la audiencia. Si se trata de saber cuándo, de una cuestión de tiempo, también podrían prestar atención a los nacimientos, estos sí ocurren siempre tras un pronóstico: la fecha en la que la madre dará a luz. Por tanto, no se trata de hacer seguimientos de cuentas atrás, sino de anunciar la desgracia propia y compartirla con las masas mediatizadas. Se trata del mismo mecanismo por el que hay enviados especiales en espera de que el huracán toque tierra y no para esperar la salidad de un pacífico sol. Lamentablemente en este caso debemos repetir: nada nuevo bajo el sol.

A Homer Flagg lo habían asustado una y mil veces con el tema de las radiaciones a las que estaba expuesto en su pueblo de Nuevo México. Sería cuestión de tiempo que desarrollara algún tipo de enfermedad mortal. Y no, no se trataba de inventos de una persona poco versada en temas de salud, pues se lo había confirmado su médico de toda la vida, el Dr. Harris. Las radiaciones eran letales, nada se podía hacer por salvarle la vida. Era cuestión de meses o, menos aún, de semanas.

Homer no sabía qué hacer. Pero la periodista neoyorquina del Chronicle, que había estado siguiendo el tema de las radiaciones por si ocurría algo digno de contar en su periódico, le propuso pasar sus últimos días rodeado de lujos y comodidades en Manhattan. Eso sí, el personal del periódico siempre le acompañaría y contaría cada detalle y cada novedad que se produjera sobre su proceso de muerte. Homer estuvo encantado de aceptar el trato.

Primero fue cuestión de una semana, luego de quince o de dieciséis días. Pero Homer no sólo no se moría, sino que su salud parecía no empeorar. Se concedía todo tipo de caprichos que él nunca soñó gozar jamás, él, un pobre hombre que nunca había salido de su pueblo ni se molestó nunca por lo que contaban los periódicos.

Y es que el Dr. Harris cometió un error en su diagnóstico. Así que Homer estaba más que sano. Y la tirada del periódico seguiría creciendo mientras se mantuviera la falsa enfermedad mortal de Homer. La periodista debe hacer todo tipo de trucos para mantener la atención de los lectores.

Y Homer que le coge gusto a esto de vivir como los ricos. Hoteles, trajes a medida... Pero los lectores se cansan de esperar el mortal desenlace que nunca llega. ¿Qué hacer entonces? ¿Contar una muerte ficticia, y también un entierro y un funeral ficticio que sacie la sed de muerte de los lectores?

Tenga cuidado, si tarda demasiado en morirse puede que su vida pierda interés para su público. Y entonces, ¿quién va a pagar su calidad de vida?

(el enfermo Homer Flagg (de lunares) en una escena de la película "Living it up" (Viviendo su vida) (imagen de us.vdc.imdb.de):

(clic aquí para ver un fragmento de la película)

Harto de aguantar al que dice que todo lo domina. Harto de no entender lo que me piden. Harto de no parar de hablar y preguntar si hay alguien ahí, si queda alguien que escucha.

Me pongo la mano aquí, sobre estos folios dejados en esta mesa. Parece una reunión para dar cuentas de los resultados de tal o cual ejercicio económico. Pero no, son otras las cuentas que vienen a ajustar: las mías. Hace falta más de esto, y menos de lo otro, y de eso exactamente lo mismo, bueno, no lo mismo sino de otra manera. Ya se sabe: eficacia, productividad, el cliente siempre tiene razón, éxito, innovación, efectividad, acción.

Debo ser una bomba para esta empresa. Me quedo helado oyéndoles pedirme y pedirme. Sí, helado. Como el gato congelado bajo el canal. Con sus ojos de muerte bien fría, de cristal. Y la tele omnipresente diciéndome que están ahí, todas, deseando mi cuerpo. No para de mirarme la televisión. Y sin embargo nadie me ve, nadie me oye.

Pero no te preocupes. Tenemos un proyecto nuevo para ti. La empresa te sigue necesitando, sólo que ya no hace falta que te pases las madrugadas aquí, dando paseos por los pasillos, yendo a mear, comiéndote todos los sandwiches de la máquina expendedora y de vez en cuando tecleando algo en tu despacho. Te necesitamos para otras tareas aparentemente menos importantes pero igual de imprescindibles.

Hay que idear nuevas tácticas para seleccionar personal. Realizaremos una representación, o no, mejor algo de danza contemporánea, o no, mejor aún, una película de animales que hablan y actúan como personas. Pondremos jirafas y focas, y elefantes. A pesar de sus diferencias se pondrán de acuerdo, se sacrificarán un poco más para sacar la empresa adelante. Y todo por naturaleza, porque es así, porque es el sistema. No queremos que vengan a pedirnos los votos. Democracia... ¿Qué entienden los gobiernos? ¿Qué poder tienen? ¿Son ellos los que van a perder dinero si nuestra empresa quiebra?

Por eso hay que seducirles. Con animaciones que les hablen de la infancia, de parejas que son felices en mansiones de ensueño. Todo sin gatos congelados bajo el canal. Y lo prescindible ya ni aparecerá. Seguirá existiendo sólo lo estrictamente necesario para poder seguir creciendo. Podemos hacer más con menos esfuerzo, con menos gente. ¿Para qué mantener sus casas, sus familias, sus barrigas si todo se puede hacer con mucho menos?

Porque ellos hablan de cosas y nosotros de personas. Por eso, sobre la mesa llena de hielo, sobre el mundo, ya sólo se observan coches felices sin prisa que no buscan aparcamiento. Sí, sólo coches felices que compran rayos de sol.

Y a la puerta de mi casa un gato muerto, congelado, con la muerte cristalina en sus ojos.

Basilio Pozo-Durán

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