A mi primo lo empujé yo por las escaleras - Oxide Pang Chun - Sei Mong Se Jun (Ab-normal Beauty) (Anomalía) (Basilio Pozo-Durán)

Siempre quise atrapar momentos. En pintura. O en fotografía. Capturar un instante de silencio mientras todo lo demás sigue en movimiento, rugiendo. Pero últimamente me dejaron de interesar las cosas, los edificios, los paisajes. Tienen un silencio demasiado artificial como para ser creíble. Las clases de retratos desnudos en la academia de pintura me despertaron la curiosidad por la gente, por capturar los silencios humanos. Pronto una casualidad, presenciar un accidente, disparó mi cámara en busca del silencio más desolador: el último, justo antes de morir.

Ese último silencio se hacía rojo a través de mi objetivo o cuando simplemente contemplaba a la modelo de la clase de pintura. Y no era un rojo sangre, sino de pintura, de tubo de color rojo, de pincel manchado de rojo en la paleta de colores. Revelaba mis instantáneas y las observaba detenidamente, intentando guardar para mí ese silencio atrapado por la fotografía.

Mi pareja no estaba contenta con mi nuevo campo de creatividad artística, pero yo necesitaba esas imágenes para expresar el silencio. Así que fui a una tienda de fotografía artística y encontré un libro con un amplio catálogo de fotografías de muerte realizadas por un artista que yo desconocía. Esas imágenes me animaron más aún a seguir experimentando en este campo.

Aunque en verdad no estaba muy segura de hacerlo por eso, para atrapar el silencio en una fotografía. Más bien era yo la que vivía atrapada en un gran y antiguo silencio. Ése que era el culpable de mi rechazo al sexo masculino y que ahora me mantenía unida a una chica lesbiana. Pero hacía poco tiempo que la conocía, iba a ser muy difícil hablarle de ese silencio. Además, si ni mi propia madre me creyó, ¿por qué iba a hacerlo ella?

Me estaba volviendo loca. Y también estaba ese chico obsesionado conmigo, que me espiaba y me hacía vídeos. Mi pareja me dijo que tenía que contarle a mi madre lo que realmente me ocurrió. Y así lo haría. Mientras llegaba mi madre una extraña cinta de vídeo apareció en la puerta de casa. Eran imágenes grabadas de torturas, de chicas que eran fotografiadas justo antes de. Quien la había enviado tenía que saber de mi interés por esos silencios.

¿Qué le conté a mi madre? La verdad. Pero de otra mentira, de otro silencio. Él no tropezó y rodó por las escaleras. El otro silencio no pude, no quise contárselo. Deseaba seguir experimentando. Ahora incluso más, que mi pareja ya no estaba, y ese desconocido de la tienda de fotografía me había robado su último silencio.

Basilio Pozo-Durán

Mayo 2012
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