07/05/2009
Hace ya tiempo que estamos acostumbrados pero si nos paramos a analizar los resultados que se producen una vez tras otra en las elecciones generales, uno de los datos que llama la atención es el relativo a la abstención. Suele rondar el 25% o 30% y para las elecciones europeas se prevé de nada menos que un 60%, y tanto en un caso como en otro, y sin entrar en elecciones a otros niveles, el dato va en continuo aumento, salvo alguna pequeña excepción con circunstancias excepcionales. Tras descontar toda la abstención, y siendo este el dato más interesante, nos encontramos con que la inmensa mayoría del voto, más de un 80%, está repartido sólo en dos partidos.
Viendo como se suceden estos datos, cuanto menos, invitan a reflexionar acerca de las causas que puedan causar estos fenómenos.
Los factores son muchos y muy variados pero podremos trazar, al menos en líneas generales, los que aparentemente más influyen para que se den estos resultados.
Los ciudadanos parece que no llegan a identificarse con los programas políticos, y es que más allá de los dos partidos mayoritarios apenas llegan a conocerse. Los medios de comunicación se centran básicamente en estos dos. Los medios privados porque pertenecen a grandes grupos empresariales, entre los cuales hay dos principales, cada uno alineado con los intereses de uno de estos partidos, y los medios estatales porque, hasta antes de la última reforma, el partido en el gobierno designaba a la dirección de los mismos, lo cual obviamente lo favorecía ampliamente. También, en época de campaña, en sus espacios electorales conceden tiempo en función de la representación electoral, lo que hace que los dos grandes ocupen la gran mayoría. Y otro factor de mucho peso para dichos partidos es que sus campañas electorales están mucho más trabajadas y extendidas gracias a unos presupuestos manifiestamente mayores.
Ocurre también que, los dos partidos mayoritarios, para captar al electorado que no termina de alinearse, vienen introduciendo en sus programas ciertas propuestas diseñadas para convertirse en grandes titulares. De esta práctica, que se ha bautizado como “política espectáculo”, han salido propuestas como la deducción de 400€, cheque bebé, etc. que carecen de muchos factores y muy importantes como puede ser la proporcionalidad, por poner un ejemplo.
Son muchos los que únicamente conocen este tipo de medidas cuando van a votar. Puede afirmarse que los que realmente conocen el programa de algún partido son una pequeña minoría, y son, por lo general, parte del electorado de partidos minoritarios. Si se echa un vistazo rápido a alguno de los barómetros del CIS se ve claramente como el electorado que dice interesarse realmente por la política, se confiesa votante de partidos más pequeños, los cuales poseen un programa más definido y propuestas más abstractas, siendo ésta la principal diferencia con los grandes, que por su naturaleza intentan abarcar un mayor espectro de electores, viéndose así sus programas más desdibujados sin marcar ninguna tendencia clara con la que un elector sensibilizado con alguna corriente pueda identificarse de una manera notable.
En otro orden de cosas, la imagen generalizada de los políticos ha derivado en una clase al margen de la ciudadanía en lugar de una representación de ésta. Se ha visto muy degradada por la manera en que poco a poco han ido aumentando sus privilegios, aprovechando que son los que hacen las leyes, y por los continuos casos de corrupción. Pero sigamos profundizando un poco más.
Ocurre que la ley electoral española tiene algunas peculiaridades como el sistema de circunscripciones por provincias, teniendo éstas un mínimo número de escaños independientemente de su población y el sistema de asignación de los mismos mediante la compleja ley D’Hont. Este complicado sistema se implantó en la constitución de 1979, según han reconocido sus creadores, para perjudicar, en la proporción votos – escaños, a los partidos con menor electorado y evitar así que algún partido de un marcado signo político llegara al poder puesto que, en esos años de transición, se tenía miedo de que un nuevo golpe de estado pudiera producirse.
De esta manera la situación bipartidista viene también forzada por la ley electoral, que sobrerreprepresenta a los partidos más grandes y perjudica a los demás partidos nacionales con menor electorado. Lo hace por partida doble, ya que además de la consecuente pérdida de escaños, hace que sus votantes tengan cierta desidia a la hora de votar ya que los votos emitidos a estos partidos tienen un menor peso específico, llegando a ser en algunos casos de una proporción de hasta 1-7.
Se produce además un desequilibrio residual, con el que aparentemente no se contó en su día, por el cual también se sobrerrepresentan partidos con un electorado concentrado en una determinada circunscripción, como es el caso de algún partido nacionalista, si bien es cierto que es un desequilibrio menor que el anteriormente mencionado.
Otra circunstancia que se ha de tener en cuenta, que también está relacionada con la actual ley electoral, y volviendo sobre el asunto de la abstención, es el desconocimiento, podría decirse que bastante generalizado, de la representación que tienen el voto en blanco, el nulo y la abstención.
Se encuentra muy extendida la creencia entre los electores abstencionistas, que al no depositar su voto ningún partido podrá beneficiarse de él, siendo este un error común, ya que la asignación de escaños se realiza con el porcentaje de votos emitidos -se entiende que la abstención no se encuentra dentro de éstos- con lo cual, lo que produce es que los votos emitidos cobran un mayor peso específico, produciéndose así una mayor diferencia entre los resultados de los partidos, de lo que se infiere que el ganador será el que más beneficiado salga.
Se produce con esto una clara confusión que lleva al abstencionista a pensar que su voto se computa de la manera que lo hacen los votos en blanco, que a diferencia de la abstención, sí son votos emitidos pero cuyo porcentaje no irá asignado a partido alguno.
Son, pues, estas algunas de las causas, y a riesgo de simplificar demasiado, que influyen de manera notable sobre el paisaje electoral español, y las que, por el bien de la representación y el pluralismo político, deberíamos tener en consideración.