Escuché esta frase que una chica decía a otra mientras buscaba en su bolso de una manera poco afanosa mientras esperaban para coger el ascensor y concluí que ilustraba perfectamente el acomodo de la actual sociedad. Y es que ¿para qué buscarlo si alguien puede llamarte? ¿A quien no le ha pasado alguna vez estar en un ascensor a punto de cerrarse las puertas y entrar alguien corriendo para posteriormente pulsar el botón del primer piso? ¿Cuantas veces yendo en autobús no hemos visto a alguien subirse para una sola parada? O coger el coche para ir un par de calles más allá… A poco que uno se fija, el día a día está lleno de estas situaciones que rozan el colmo de la vaguería. Pero no es esto lo realmente preocupante, puesto que estos casos sólo muestran el aspecto físico del problema.
Su aspecto mental es el realmente peligroso. Y es que ya escasea mucho la gente de mentalidad crítica, la que piensa por sí misma y tiene capacidad de análisis. Fijémonos por ejemplo en las opiniones que se tienen a cerca de los temas de actualidad. Antes convendría apuntar que dichos temas se asumen por la cobertura que los medios den al caso, lo cual no implica que sea un tema realmente importante para el ciudadano medio, pero que tras mostrarse en los mismos acaba siendo de preocupación general. Nos encontramos con que las opiniones que se defienden en la calle se corresponden de forma fidedigna con la que tal político o cual artista ha sostenido ante las cámaras o los micrófonos de los mencionados medios. Así uno se queda con una opinión del abanico disponible y se evita tener que formar la suya propia.
Cuando se trata de comprar algún producto, de elegir un banco, de comprar un vehículo la decisión sí es enteramente nuestra, eso sí, aplicando el concepto de calidad que tenemos de la marca X o el de fiabilidad de la marca Y, que no nos cuestionamos de dónde procede pero que los publicistas sí tienen una ligera idea.
Cuantas veces no hemos oído frases como: Así ha sido siempre. Los políticos son todos unos ladrones y unos mentirosos. Es lo que hay. Etc. etc. Todas ellas con el denominador común de evitar al que la dice la molestia de tomar una decisión.
Quien no se ha sorprendido al conocer el número de horas que se invierten en programas o prensa del corazón, en sucesos, deportes…
Son algunos ejemplos de muchos que podríamos escribir de un problema que se extiende más cada día. El abotargamiento mental crece, y lo hace espoleado por artefactos como la televisión. Nos estamos volviendo muy vulnerables a charlatanes políticos, a anuncios publicitarios, a intereses de medios de comunicación… y lo peligroso es que se produce sin darnos cuenta. Que si escuchamos el fenómeno o lo leemos en alguna parte nuestro amor propio nos dice que no puede ser así, que hay mucho catastrofista por ahí suelto. Pero invito a hacer una reflexión, a fijarse en la gente que tenemos en nuestro alrededor y en nosotros mismos, a revisar nuestros conceptos y buscar su origen, a analizar las noticias que nos llegan e intentar aplicar diferentes enfoques. Si nunca se había planteado este fenómeno haga usted la prueba. Apuesto a que se sorprende.