Complicado saber de dónde viene. Puede ser por no haber vencido a la dictadura franquista y tener que haber esperado que muriera el susodicho, tal vez de tampoco haber vencido a anteriores monarquías y ver acrecentarse las diferencias con los países europeos y soportar frases del tipo “África empieza en los Pirineos” o tal vez hay que remontarse más todavía a las épocas en las que la armada británica nos humillaba una vez tras otra de la mano de Nelson. A otros corresponde esta tarea de encontrar el origen, pero nadie puede negar que lo tenemos, es algo que está muy presente. Podemos comprobarlo principalmente en dos sectores que son en los que se manifiesta de una forma más notoria; éstos son el publicitario y el político.
En el primero todos hemos visto anuncios de televisión al estilo de los que un extranjero nos vende un producto revolucionario, haciendo valer el mensaje de que tenemos que comprarlo porque ellos que son más listos que nosotros lo consideran bueno.
En en ámbito político, que es el que más nos interesa, no es muy diferente, supeditamos nuestros avances al resto de Europa o los Estados Unidos, países estos que consideramos avanzados. Si aplicamos una determinada medida o política siempre es porque antes lo ha hecho alguno de ellos, así como las propuestas que se lanzan desde determinados partidos o coaliciones, con una lucidez suficiente para no dejarse influir por complejos, son ninguneadas cuando ellos no las aplican.
Nuestros gobernantes, lejos de intentar ocultarlo para ganar credibilidad, lo llevan a su máximo exponente, bien porque están afectados por él o porque lo utilizan como arma electoral, mostrando así su inoperancia, aunque esta no les pasa factura debido a lo extendido y lo aceptado que se encuentra el mencionado complejo.
Nos estamos autolimitando la capacidad de movimiento y por ende de iniciativa, quedándonos así en un cómodo anquilosamiento, y es que parece que nos encontramos seguros con las medidas de siempre aunque a veces se manifiesten sus carencias, pero como se aplican en los países anteriormente mencionados las damos por válidas.
Berlanga nos lo advirtió en “Bienvenido mister Marshall” pero parece que, aunque se comprendió, el mensaje no llegó a calar.