Llegó el verano, y con él, nuestro merecido descanso del trabajo y rutinas de todo el año. El mercado de fichajes deportivos, tan potente como para eclipsar un golpe de estado. Las buenas cifras de paro características de dicha época, que parece que aparcan la depresión económica. Pero más allá de toda esta neblina el mundo que conocemos sigue tambaleándose.
Siguen sucediéndose las fusiones y las quiebras en lo privado, algunas tan llamativas como la de General Motors, y en lo público la caja de la seguridad social comienza a resentirse. Con este panorama son muchas las voces de los economistas que coinciden en la necesidad de cambiar el modelo. Esto ha propiciado que el partido del gobierno y el principal de la oposición, responsables de la implantación del actual, se sumaran a las voces que lo piden, con lo que salieron más que airosos de las pasadas elecciones europeas. No obstante, cuando se les preguntó explícitamente por el proyecto de cambio, los primeros contestaron con una retórica populista dirigida a los trabajadores y que va meridianamente en contra de las medidas tomadas. Los segundos, de la voz de su líder europeo, y en cuyo ámbito gobiernan, respondió que seguían apostando por lo mismo, siendo aquí la contradicción directa. Una ponzoña electoralista que se antoja, cuanto menos, peligrosa.
Los economistas continúan diciendo que nos dirigimos al colapso. El modelo no sólo no se ha tocado si no que se ha profundizado en él, y algunos grupos, como la CEOE, intentan aprovechar la tesitura para ahondar en la doctrina neoliberal. Seguimos con el principio del Trickle Down, aquél que dice que “las ayudas han de ir a los empresarios ya que esto hace que repercuta sobre las clases más bajas”. Así han vuelto a anunciarse nuevas ayudas para la banca, que tan inútiles se han demostrado anteriormente, aparte de las que ya conocemos del automóvil y motocicletas. Esto implica un fortalecimiento del actual modelo de endeudamiento legitimado bajo el fantasma del desempleo, desestimando así invertir ese dinero público en la reforma de ciertos sectores para impedir llegar de nuevo a una situación similar. Medidas como las mencionadas o el famoso plan E dejan las arcas públicas sin dinero con el único fin de mantener por un tiempo unos puestos de trabajo o crear otros, de carácter temporal, claro está. El problema en este comportamiento es fácil de deducir. En cuanto se acaben los fondos, que como ya hemos apuntado empiezan a escasear, no tendremos ni cambio de modelo ni dinero para maniobrar.
Entre tanto otros grupos políticos que defienden un cambio real se conforman con sus raquíticos resultados obtenidos en las europeas y no se atreven a denunciar la hipocresía del discurso antes mencionado, así como tampoco tienen un programa de cambio lo suficientemente claro y ambicioso como para ganar enteros cuando los fracasos del oficialismo se hacen patentes.