Son días de 20N y aniversarios varios. La Memoria Histórica cobra cada año más protagonismo y en especial la aplicación de su Ley, a pesar de las insuficiencias y de lo injusta que se mantiene en relación a las penas del franquismo, manteniendo a sus víctimas como culpables a falta de una anulación colectiva de las condenas. La Ley de Memoria Histórica marca un antes y un después en nuestro país. El antes de la vergüenza, del silencio institucional de una izquierda que no supo enfrentar los crímenes del franquismo y que calló y por tanto colaboró en el mantenimiento de la mentira. Mientras unos lo hicieron, supuestamente, en mor de la Democracia, otros lo hicieron para evitar tener lastres en su ascenso al poder (que no a los cielos). Entretanto, buena parte de las víctimas callaban, imbuidas de un profundo y tenebroso miedo que la Dictadura propagó durante 40 años.
Nuestro modelo de Transición sin Verdad se exportó como idóneo al Mundo y fue precursor de las leyes de punto final en Latinoamérica, como bien argumenta el Equipo Nizkor.
Resultado, para los fachas y no tan fachas la mentira repetida se convirtió en verdad y en la conciencia colectiva de muchos Franco era y es el heroico pacificador que hizo frente a unos rojos sedientos de sangre. Todavía hoy para muchos, las víctimas de esa ficticia gesta, continúan siendo las de por Dios y por España, desconociéndose la realidad de lo ocurrido. De esa forma, cualquier joven de los años 80 y 90 sabía mejor lo sucedido en Argentina y Chile que en España. La magnitud de las aberraciones y crímenes fascistas en España, no sólo durante la Guerra Civil, sino también a lo largo de toda la Dictadura es tal que su ocultación supone el último y bien atado crimen de Franco.
Con retraso e insatisfactoriamente, el nuevo ciclo abre otro periodo de recopilación de la verdad y reconocimiento a las víctimas. Queda mucho trabajo por hacer y es urgente por la avanzada edad de los y las protagonistas. Por eso sorprende aún más la indolencia de ciertas instituciones y las medias tintas de otras. Si la Ley de Memoria es insuficiente porque no se modifica desde un gobierno supuestamente de izquierdas, ¿por qué no se acomete en cada Comunidad Autónoma su desarrollo y, cómo no, en los ayuntamientos? Mientras, la Ley convive con los incumplimientos más fragrantes. Valgan dos ejemplos de este fin de semana en Asturias:
La celebración de la tradicional misa a Franco en el centro de Avilés bajo la protección de la policía, que incluso les permitió que cantasen en la calle el Cara Al Sol. En la prensa del día siguiente se hablaba de los antifascistas como extrema izquierda y se igualaba la bandera del pollo y la republicana como preconstitucionales.
La Iglesiona de Gijón, inaugurada tras una rehabilitación total que incluía la desaparición de su entrada de la placa a los caídos por Dios y por España. Ya no está, pero la sustituye una nueva y moderna placa de metacrilato en el interior, en las cercanías del ábside. Eso en una iglesia que fue centro de confinamiento para los fascistas en la Guerra Civil, pero que es antes ya lo había sido para revolucionarios de octubre del 34 a los que, por supuesto, no se les hace mención.
En ambos casos sorprende el uso de recursos y dineros públicos para proteger o mantener proclamas fascistas, así como la visión mediática y la falta de respuesta institucional.
Este país de mentiras y medias tintas, seguirá siendo el país de la vergüenza que sigue sin reconocer y proteger a las víctimas y que por tanto les sigue condenando por segunda e indefinida vez. No dignificando a quienes sufrieron cárcel, tortura o la muerte o simplemente a aquellos y aquellas que dieron sus vidas por la Libertad.
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