La intervención internacional en Libia es una forma eufemística de referirse a un ataque que tiene poco de humanitario y mucho de interesado. No es creíble por parte de la misma comunidad internacional que mira para otro lado con los saharauis o los palestinos, por mencionar dos pueblos oprimidos en la misma zona, pese a las resoluciones de la ONU. Dar rienda suelta a la industria de guerra como método de democratización no es más que una falacia que nuevamente plantea el debate entre belicistas y pacifistas. El No a la Guerra fue para unos un instrumento electoral pero para la izquierda debe ser y es un concepto estratégico fundamental. La justificación de la intervención en Libia es la misma que se ha usado en cada guerra del capital: la propaganda hace su trabajo y la opinión pública asume el mal menor, y se dirá que hay que parar matanzas del mismo modo que posteriormente se callaran los mal llamados daños colaterales.
Se habla de libertades, cuando realmente donde nos encontramos es nuevamente ante una nueva agresión de occidente al mundo árabe, que sembrará aún más el odio entre los pueblos. No se trata de llevar la democracia, el objetivo es múltiple pero más espurio. Gadafi ya no cumple con su función y hay que sustituirlo. Bajo un supuesto interés democratizador se esconde la necesidad de mantener controlada la frontera sur de la UE, con respecto a la inmigración subsahariana y asegurar el suministro energético. Respecto a los costes de la operación, serán costeados con los recursos naturales de la propia Libia, como ya se hizo en Kuwait y en Irak. Derrocado el dictador el nuevo gobierno democrático, al estilo de Afganistán, cumplirá sus funciones y pagará las deudas. Mientras, Sarkozy jugará a ser Napoleón y tapará sus propias vergüenzas internas jugando a ser emperador con el visto bueno de Obama. Para los EEUU la subsistencia de Gadafi con el beneplácito de Berlusconi, Aznar, Sarkozy, Blair, etc.. representaba una humillación histórica que asumían como mal menor por la alianza de Gadafi con los gobiernos de la UE. Llega ahora el momento de ajustar cuentas y a acabar lo que Reagan empezó.
Cierto es que Libia es un estado rico, donde a diferencia de los estados petroleros del golfo, se mantiene niveles de protección social y un discurso más nacionalista que religioso. Gadafi fue antiimperialista, luego terrorista, para terminar convertido en aliado contra Al Qaeda, con amigos a izquierda y a derecha. Gadafi no es referente a seguir, al igual que no lo era Saddam Hussein. Pero comparten las mismas fotos de amistades con los mismos que ahora le repudian y repiten el mismo discurso democratizador para justificar la intervención y la “liberación” del Pueblo. El resultado será nuevamente llevar a un país a la edad de piedra, destruyendo sus estructuras sociopolíticas e infraestructuras. Es cuestión de horas o días. Si Gadafi no cae desde dentro se le eliminará desde fuera. En cierta medida bastaría una bala o un misil para acabar con él, pero hacen falta muchas bombas para dejar claro quiénes mandan y enviar un mensaje claro, queremos vuestro petróleo y no estamos dispuestos a que nadie o nada ponga en riesgo dicho suministro, cumplir vuestra parte o ateneros a las consecuencias. Otra vez el fin justificará los medios y por el camino se olvidará el supuesto fin, como bien saben las mujeres afganas. Entretanto, el integrismo islámico encontrará un nuevo coladero político y ganará terreno en la zona. Pero eso sí, Gadafi no existirá, la democracia en Libia tampoco y la próxima vez que Israel bombardee Gaza se nos explicará que no es lo mismo, que Libia era una dictadura y Israel es una democracia.
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