Con el transcurso de los nuevos tiempos y avances, y en el contexto del devenir histórico en el que nos movemos socialmente como seres, el concepto de muerte se aleja del oscurantismo propio de la mentalidad tradicional oficiada por instituciones privadas y sectarias; sin embargo no se posiciona en posturas más abiertas a la necesidad de la actualidad, sino que se tiende a tipificarlo como algo de igual relevancia que la vida misma.
Hoy la muerte, al igual que días atrás tiene el mismo significado desde la perspectiva vital: fin de una presencia social relacionada con los seres que rodean ese fenómeno y el entorno en el cual se desarrollan (eludo desde mi punto de vista cualquier concepción psicorreligiosa). El cuerpo muerto no tiene utilidad, en este sentido, no aguarda nada; es por ello por lo que se haya muerto. Su única finalidad es alimentar el dolor de una pérdida (incluyo casos desgraciados como el hecho de sobrevivir a la muerte de un hijo, enterrar a unos progenitores en su flor naciente, entre otras non gratas visitas puntuales).
Pero la eterna y dolorosa pregunta es ¿qué hacer con el motivo de ese dolor? Al 90% de las personas a las que se les planteara esta cuestión contestarían darle sepultura y oficiar un duelo público y personal. Otras tantas confesarían su deseo de donar sus órganos si las circunstancias procediensen. Y por último un pequeño reducto asumiría otra mal conocida alternativa: donarlo a la ciencia.
A partir de este momento, ciertos afanados lectores comenzarán a imaginar en sus mentes el desaforado crimen, la cruel tortura, el miedo a… ¿a qué? A que ese cuerpo nos espere en la otra vida con un mazo por el error cometido, miedo a la necesidad impune de que note nuestra presencia en un cementerio, pánico a que el cadáver tenga una prevalencia fuera de la dignidad…y una multitud de pavorosas imaginaciones caracterizadas por una jerarquía de pensamiento o mentalidad.
Volviendo a la dignidad, tal inalienable virtud sólo ofrece sus cauces dentro del marco de la vida, o en su defecto en el momento en el que ésta comienza a desaparecer (pero instante en el cual se sigue viviendo). Una vez finalizado el transcurso por el proceso vital, la liturgia ofrecida al cuerpo yacente varía. Y es diferente por y para los que velan ese cuerpo, por el que sienten algo por aquello que descansa pálido delante de sus cabezas. Aún acabada su existencia, y su permanencia en un lugar social destacado y particular, el cadáver presenta una función irrenunciable y aprovechable: permite conocer.
El hecho de que permita conocer, no es comprensible del todo en la sociedad en la que configuramos nuestra existencia. Es necesario mencionar por ejemplo, la efemérides de que hace 20 años, cuando surgió la posibilidad de realizar transplantes de forma sistematizada, la sociedad (agazapada por aquél entonces en la incultura mayoritaria) reaccionó violentamente y con escepticismo. Pues bien años vista a ese acontecimiento, un porcentaje muy elevado de las familias de pacientes potencialmente donantes aceptan tal propuesta. El cambio de mentalidad ha sido apabullante en estos pocos años; es por ello que el hecho en sí no es grave, aunque doloroso, sino la concepción que se posee de él. El punto de cambio de una opción a otra es el lugar donde se ha de atacar sin más dilación.
Hoy por hoy, la utilización del cadáver humano en el aprendizaje preclínico está casi mal visto por quienes desconocen la importancia de su utilidad. Se piensa que tan sagrado cómputo visceral y musculoesquelético es un mito presente en casa sala de disección que está humedecido por el olor impregnante del formol capaz de deslumbrar la emoción de estudiante más novel o al visitante más puntual y espontáneo.
Pues no, la presencia de estas majestuosas figuras non vivo son tan útiles como el más lujoso de los estetoscopios o la más simple radiografía.
La ruptura de su fría y curtida piel desentraña un mundo perfecto de aponeurosis, vasos, nervios, músculos, huesos y órganos; imposibles de concebir en la dimensión pictográfica de los magníficos atlas de Anatomía.
La Medicina se dedica a la salvaguardia de la Salud del humano, qué mejor que un cuerpo humano inmóvil, otorgado altruistamente a una institución pública que velará porque sus alumnos cuiden todas sus estructuras, con la visión futura de que tras finalizada su formación previa, podrán entregar dicha Salud en la medida de lo posible y de sus posibilidades a aquellos benefactores (los que ofrecen su cuerpo en vida) de su propio conocimiento como ser morfológico.
Llegar a esta conclusión feliz, tras un proceso trágico, es reconfortante al caer en la cuenta de que el saber sobre el ser humano parte de un ente inerte, que no volverá llenar las calles con sus pasos, y que remoza el fulgor en forma de vida de aquellos pacientes sanados por las manos y las cabezas galenas de cientos de estudiantes de esa Anatomía lejana de primero y segundo de carrera.
Es por esto que, es necesario aumentar estas aportaciones, desde el punto de vista personal y consciente de ofrecer generosamente nuestro cuerpo inservible vitalmente, tanto para los que fenecen como para los que pueden ser salvados con partes de ese cuerpo casi amortajado por la enfermedad, a una Universidad para que con su estudio, el estudio del cuerpo humano (insisto) sea posible poner en marcha las nociones básicas del más bello arte de la existencia: la Medicina.
Además sería bueno incidir en la legislación, actuar legalmente en este asunto, desde diversos puntos de vista que permitan disponer de cuerpos no reclamados por familiares y con una antigüedad suficiente como para disponer docentemente de ellos.
Pero todo no resulta ser tan fácil, el miedo a la muerte, al Juicio Final, al Más allá, al cielo o al infierno se impone a la solución de muchos problemas patológicos de la vida…Sí la vida, la que vivimos sólo una vez, la que se acaba con la muerte y la que no tiene vuelta atrás una vez llegada la definitiva hora. Una vez acomodados a ese último momento, no existe utilidad cotidiana alguna que realizar. Pero nos guste o no, a los defensores del ofrecimiento del cuerpo sin vida a la ciencia, siempre nos queda nuestro gesto propio de gratitud a los que nos sanan en el momento preciso, y un gesto también de respeto para los que no optan por nuestra actitud. Aún así recurro a la lengua latina para identificar esta innegable necesidad y para sentenciar con lo que debería presidir cualquier entrada a una sala de disección: hic locus est ubi mors vital docet (este es el lugar donde la muerte enseña vida).
