
Ayer, en Madrid, no hubo una "mani" más. Tampoco una mani cualquiera. Confieso que no me esperaba lo que, felizmente, aconteció en la capital de nuestro Estado, la ciudad que yo, como barcelonés, debería ver mal y que, sin embargo, veo bien: Madrid es uno de los grandes referentes históricos para las luchas y victorias obreras y de clase, una ciudad que hoy todavía bulle sin complejos en ese sentido. Madrid es el pueblo español.
Con esa imagen en la cabeza, me dediqué a lo que en antropología se suele llamar "observación participante": Delante mío vi pasar a miles de trabajadores --no todos sindicalistas, pero sí muchos organizados y con conciencia de clase-- que, como yo, estaban allí para manifestar su rechazo frontal ante la tremebunda situación laboral que estamos viviendo. Apostado a un lado en el paseo del Prado, ví pasar durante una hora larga a mucha gente: mi cálculo es de entre 100 y 200.000. ¿Pero qué importa eso?
Lo importante es que no fue una mani para el diálogo, ni tampoco una fiesta de obreros quejumbrosos, como se suele expresar frecuentemente desde el pensamiento derechista. Fue un rechazo masivo y muy serio que crecerá en los próximos meses, si no se corrige drásticamente la situación, que no se corregirá porque el Gobierno es cobarde ante la posibilidad de regular pública y democráticamente la economía. Todo ello, en plena Navidad cuando se suponía que --según reza la santa tradición-- protestar era feo.
Quise ver, como periodista independiente, si todo ello lo podía reducir a un alegre titular del tipo "los sindicatos llaman al diálogo social" o "miles de trabajadores por el diálogo" u otros epítetos con los que se suelen infantilizar las concentraciones de protesta de la clase obrera. No hubo más que enchufar cualquier tele-informativo nocturno para enterarse de que según Cuatro, CNN+, Tele5 o La Sexta sí fue una "mani pacífica y festiva" o bien un "fracaso" (así lo cree la extrema derecha, también la izquierda más marginal y dudosa). Malas prácticas periodísticas que esconden una ceguera espectacular.
Lejos de sacar esa conclusión, sí se pudieron ver nutridos grupos familiares, englobados por territorios por los sindicatos --vinieron miles desde sus ciudades y pueblos--, con la palabra lucha en la frente. Lucha frente al goteo de cierres, impagos y despidos, lucha por la violencia infrasalarial, lucha por la desigualdad, lucha por ver cómo tus pensiones decaen o tus hijos no pueden salir adelante.
Las muchas consignas en contra de Díaz Ferrán, Zapatero y Rajoy, el "trío mágico" a quien hay que responsabilizar de la crisis, dieron fe de que la gente de a pie sabe perfectamente quiénes són los culpables de exponer al pueblo a los vaivenes de las crisis financieras. De sobras son conocidas sus recetas liberales, que siguen desmontando el concepto de empresa pública, así como los falsos debates políticos que pretenden desincentivar la participación política de los de abajo.
La clase trabajadora española --multinacional, procedente de los cuatro rincones del mundo-- participó ayer en política. A su manera, con sus armas: las de la protesta callejera.
La preocupación de los obreros no es la de los banqueros o los empresarios, tal y cómo pretenden hacernos creer desde atalayas de poder. El mundo del trabajo ve peligrar sus ingresos por cuanto el del capital aprovecha las crisis para cerrar grifos y abrir otros a su antojo, con el fin de maximizar ganancias, evitar costes y optimizar recursos.
Esa desprotección ante la vorágine es lo que temen, desde siempre, las mayorías trabajadoras, temerosas ante un panorama que destapa la ineficacia y la precariedad de las empresas de tipo capitalista. Necesarios reclamadores de múltiples derechos, en permanente peligro por la cultura egoista del empresariado, los trabajadores en España van a protegerse con movilización.
Esa desprotección objetiva ha sido motor de diversas revoluciones a lo largo de los últimos 200 años: muchas de ellas vinieron con combinaciones de manifestaciones y huelgas (éstas últimas no de forma apriorística). Corolario: tan significativas e importantes como la de éste 12-D, pocas. Con la que está cayendo, se esperan unas cuantas más con semejante nivel de organización y reivindicación.