En 1930 existían, en efecto, dos Españas. Una formada por plutócratas, clases medias tradicionalistas, militares y clérigos, que tenía todos los privilegios del dinero, la alcurnia y el poder, y otra, inmensamente mayoritaria, analfabeta, pobre, humillada, amedrentada, resignada y sin apenas posibilidades de prosperar. Aunque sorprenda, las dos Españas nos se relacionaban entre si más que obedeciendo a estructuras muy jerarquizadas y era –como en La India- muy difícil pasar de la una a la otra. Tan sólo algunos burgueses arrimados a las
gentes de bien, traicionando a su clase, podían terminar matrimoniando con algún “pollo” venido a menos y situarse, no sin recelos, entre los elegidos.
Fueron burgueses ilustrados quienes formaron los primeros gobiernos republicanos, burgueses con un programa de reformas moderadas ya aplicadas en buena parte de nuestro entorno; burgueses que se verían obligados a combatir a las masas populares hartas de siglos de atropellos y abusos, pero decepcionadas por el lento avanzar de los cambios liberadores alimentados por el sueño republicano. Los proletarios creyeron que la República acabaría de un plumazo con todo el entramado caciquil que los subyugaba y oprimía, lanzándose, generalmente dirigidos por la CNT, a huelgas y conflictos que los sucesivos gobiernos hubieron de reprimir con los medios a su alcance, que no eran muchos, sobre todo si pensamos que una parte del Ejército conspiraba contra el nuevo régimen desde el mismo día de su instauración. La obra reformista de la República, desarrollada en tan sólo dos años, quiso primero dar escuela a quienes carecían de ella, esperando como fruto ciudadanos libres y conscientes; elevó los salarios de los jornaleros; admitió el divorcio, el voto de la mujer, emprendió obras públicas para mitigar el paro, puso en marcha una tímida reforma agraria y quiso la separación –condición sin ecua non para avanzar en el progreso social- de la Iglesia y del Estado. La pobreza impulsó a muchos jornaleros y obreros a luchar por mejorar su situación, enfrentándose abiertamente con los gobiernos republicanos y cometiendo, en ocasiones, desmanes sólo justificables por su terrible situación; la defensa del privilegio, animó a la minoría que todo lo tenía a empuñar las armas del Estado contra el Gobierno y
contra los pobres, provocando una de las etapas más desdichadas y trágicas de nuestra historia. Sí, había entonces varias Españas -puede que tres, o que cuatro-, pero fundamentalmente dos: La de los que dieron rienda suelta a los cuatro jinetes del Apocalipsis movidos por un egoísmo brutal; y la que, desde el analfabetismo y la opresión secular, quiso romper la armadura obscena que les oprimía.
Hoy no hay dos Españas, en ningún caso. El franquismo, mediante el terror, creó, al calor del turismo y de las remesas de los emigrantes, una clase media tirmorata e indolente, generalmente poco ilustrada y ajena a la cosa pública, salvo para maldecir a quienes en ella se involucraban, fuesen honrados o lo contrario. Esa clase social, que hoy abarca desde obreros manuales en precario a profesionales con alta remuneración, trabaja sin descanso, paga sus impuestos, consume en la medida de sus posibilidades, es dócil y comprende a la inmensa mayoría de habitantes de este país. De sus entretelas salen dos apéndices minoritarios, uno reaccionario que tiene la mirada puesta siempre en el pasado y en las “nuevas” políticas ultraconservadoras; otra, reformista que, desnutrida en sus filas por el avance del descreimiento y “el desencanto” acomodaticio, pretende solucionar, con mayor o menor destreza, los problemas que nos acucian desde antiguo.
Sin embargo, pese a su implantación minoritaria, la influencia social de los apéndices es grande y todavía son muchos quienes siguen hablando de las dos Españas, de "guerravicilismo”, de balcanización del país. Nada más falso. Lamentablemente, nuestra actual democracia no quiso que de las escuelas saliesen ciudadanos conscientes y libres, a los jóvenes se les ocultó el pasado como si no hubiese existido y hoy, para algunos, aunque parezca mentira, resulta una provocación que una persona quiera saber donde yacen los restos de su padre fusilado y torturado; que se intenten fórmulas para que los nacionalismos periféricos se integren placenteramente dentro del Estado; que se llame genocidas a quienes cubrieron España de sangre y terror una vez acabada la contienda civil.
No, hoy no existen dos España, pero sí una minoría recalcitrante que hace mucho ruido y tiene pocas nueces que vender, que está al acecho, que ha multiplicado su hacienda por mil al calor de la especulación y de la destrucción, hormigonera en mano, física de España, que sigue sin estar dispuesta a perder ni uno solo de sus privilegios “innatos”. La inmensa mayoría, como antaño, calla y contempla el panorama desde un puente, ajena a su historia.
Ciento cincuenta años después de que Darwin expusiera su teoría sobre la evolución de las especies, nos encontramos con una paradoja en la ideología de los sectores más retardatarios de la sociedad, que no son otros que aquellos que siempre se han mostrado unidos frente a cualquier cambio, frente a cualquier atisbo de progreso, frente a las mejoras que pudieran afectar al conjunto de la especie humana.
Aceptadas por la mayoría de los mortales como paradigmas, como verdades difícilmente refutables, las teorías de Darwin han sido mejoradas y complementadas por estudios científicos posteriores que han arrojado mucha luz sobre nuestros orígenes y nuestro futuro. Sin embargo, desde hace unos lustros, como si se tratase del eterno retorno del que hablaba Mircea Eliade, han vuelto a aparecer las mágicas tesis que atribuyen a un ser divino la creación de la vida en la tierra y el impulso para que esta evolucionase, dando por sentado que el motor del cambio, de la evolución, no es consecuencia de mutaciones ni adaptaciones, sino del capricho de un sumo hacedor que tiene nombre y representante diferente dependiendo del lugar del planeta del que hablemos. Son los llamados creacionistas, individuos que se multiplican como los roedores –no suelen usar métodos anticonceptivos-, que en España se agrupan dentro de estrafalarias y anacrónicas asociaciones católicas y que en Estados Unidos, protegidos y aupados por el insigne intelectual y pacifista cristiano Georges W. Bush, siguen empeñados en meter el Génesis a puñetazos en las mentes de los escolares. Aunque parezca mentira, los nuevos mentores del creacionismo no han salido de las clases más pobres de la sociedad, sino que surgieron del seno de las clases pudientes más conservadoras, comprendiendo entre ellos a militares de alta graduación, insignes catedráticos, ministros, presidentes, banqueros y fabricantes de quincalla.
Pero no queda ahí la cosa, puesto que la mayoría de los inspiradores de la guerra preventiva –que se ha cobrado millones de vidas en todo el mundo-, de la especulación económica que tiene a media Humanidad de rodillas y del neoliberalismo que amenaza con dejar sin derechos de ningún tipo a los trabajadores de todo el planeta, surgen del mismo estrato social, político y religioso y, por increíble que parezca, se informan en una particular versión del darwinismo social según la cual el Estado debe de dejar de intervenir en la economía y de proteger a los más débiles, confiando a los más fuertes y poderosos –en este caso los más canallas, los más desaprensivos y crueles- la gobernanza del mundo porque sólo ellos, lo mejor de cada casa, están preparados para limpiar al mundo de tullidos, holgazanes, subsidiados, enfermos, viejos y demás parásitos que son los verdaderos culpables de que las cosas no vayan como deben de ir.
Pues bien, estos señores que dicen fue dios –el dios de la guerra y la explotación- quien creó la vida y al hombre, que tienen una biblia a su medida en las menguadas y poco frecuentadas estanterías de las bibliotecas de sus mansiones, que hablan del hombre como de un ente superior y abstracto pero que desprecian al ser humano real con todas sus fuerzas, no hacen otra cosa que dar la razón a Darwin y a sus seguidores: El Homo Sapiens nació en África hace ciento cincuenta mil años, es decir que es un recién nacido si lo comparamos con los cuatro mil cuatrocientos años transcurridos desde que apareció la vida en el planeta Tierra. El hombre, así lo defienden los ultraconservadores de todo lo malo, es superior a las demás especies y por tanto diferente. Y es cierto, es distinto, por eso evoluciona de otra manera y tiene tendencia a conservar a aquellos individuos que no han sabido o no ha podido adaptarse adecuadamente al medio, también a los malnacidos. Empero, los malnacidos, los canallas, los depredadores, esto es, aquellos individuos que viven del medro, de la explotación, del engaño, del robo, de la infelicidad de los demás, tienen una característica genética común que les hace candidatos a desaparecer en cuanto el Homo Sapiens de unos pasos más: El egoísmo.
En la escala evolutiva del Sapiens, el Homo “Egoistus” muestra las formas más primitivas. Se mueve sólo por el interés personal, es ajeno al dolor y el sufrimiento de los demás, es capaz de matar a sus semejantes sin que estos supongan amenaza, gusta de la guerra y las religiones, acapara riquezas sin fin aunque esto suponga la muerte de miles de personas que carecen de lo más elemental, en fin, que se comporta exactamente igual que cualquier homínido anterior al Sapiens pues cree que la fuerza y la violencia son las formas más contundentes de imponer su falsa supremacía. Este tipo de ser cree que ocupa el vértice de la pirámide, que el hombre ha llegado a un desarrollo tal que le permite hacer todo aquello que le pase por la cabeza para conseguir sus objetivos. Piensa que los ordenadores, internet, la blackberri, la ingeniería contable y las bombas de racimo son conquistas insuperables de la Humanidad que dios ha puesto a su servicio para cumplir mejor la misión divina que le fue encomendada: Ser el primero, pisar a los demás y conservar el orden establecido desde la noche de los tiempos. En su ignorancia, no sabe, como tantas otras cosas, que desaparecerá, que tiene los días contados porque lleva dentro de sí el arma de su autodestrucción: El egoísmo.
Hace siete años, en marzo de 2003, un “bulldozer” israelí aplastó a Rachel Corrie, una joven pacifista norteamericana que había viajado a Palestina para ayudar a los sufridos habitantes de ese increíble campo de concentración. La máquina iba conducida por un “homo egoistus” que obedecía a otros de más rango. Impasiblemente pasó por encima del cuerpo de una joven indefensa que sólo pedía justicia. Rachel Corrie representa una forma avanzada de Homo Sapiens, la mataron pero no murió porque Raquel es la evolución de la especie. En un futuro no muy lejano, los científicos que investigan para matar de forma más eficaz, los especuladores, los asesinos, los tiranos, los canallas, los malnacidos, desaparecerán. Sus huesos y sus imágenes serán estudiadas con estupor por las generaciones venideras: Rachel Corrie y otras muchas personas que a lo largo de los siglos lucharon por la dignidad y el progreso humanos, constituirán un nuevo santoral laico que sustituirá al de las religiones actuales. El Homo "Egoistus” será sólo una pesadilla que no impedirá que los seres humanos cumplan con sus obligaciones por satisfacción y no por medro o búsqueda del interés personal.
A lo largo de su historia, los alemanes han pasado por periodos críticos en los que ha peligrado no sólo su supervivencia sino la de sus vecinos. No viene ahora a cuento enumerarlos porque, sin duda alguna, todos somos conscientes de que sus peores años correspondieron a los de la dictadura hitleriana. Durante doce años Alemania vivió una locura a la que no fue ajena el pueblo, pues como bien dice Frederic Rossif en uno de los mejores documentales que se han hecho sobre la barbarie nazi, para que las órdenes del alto mando alemán fuesen cumplidas necesitaban de la complicidad de los mandos medios, telegrafistas, empleados de correos, abogados, profesores, ferroviarios, funcionarios de los ministerios, obreros de las fábricas de armas, empresarios, ingenieros, médicos, policías, de tantas y tantas personas que es difícil responsabilizar de aquella carnicería sólo a los que ocupaban el Reichtag. Alemania, por diversos factores, enloqueció de megalomanía, demostrando al mundo como un país culto, en teoría civilizado y desarrollado, puede ser capaz de cometer las mayores fechorías. Sin embargo, acabada la guerra, Alemania hizo examen de conciencia y asistió horrorizada a los resultados de su demencia, pidió perdón y se rehízo sobre las ruinas y los escombros después de reconocer angustiada su culpabilidad histórica. No todos los alemanes que colaboraron con el nazismo fueron a la cárcel, habrían hecho falta de nuevo inmensos campos de concentración, pero en Nuremberg, con todos los peros que se le quiera poner, se condenó al nazismo y a sus principales dirigentes vivos.
Nada de eso ocurrió en España, donde los fascistas, apoyados por Alemania, Gran Bretaña, El Vaticano y Estados Unidos, ganaron la guerra y convirtieron al país durante décadas en un inmenso campo de concentración, en una nación muda, atrasada, aterrorizada y acostumbrada a decir que sí a todo. Durante el primer tercio del siglo XX, pese al nefasto reinado de Alfonso XIII, España intentaba coger el rumbo de otros países europeos. La España vital antimonárquica, criada en los faldones de la Institución Libre de Enseñanza, la Junta de Ampliación de Estudios, la Liga para la Educación política, las Casas del Pueblo, los círculos republicanos, la revista España, los periódicos El Sol, La Voz, La Libertad, La Publicitat, El Heraldo, había parido varias generaciones comprometidas, conocedoras de los problemas seculares que nos estrangulaban y dispuestas a tomar las riendas de los asuntos públicos. Esas generaciones no cabían en el estrecho sistema político creado por Cánovas del Castillo, un sistema que basado en el caciquismo garantizaba el turno en el poder de dos partidos podridos en los que se refugiaba la oligarquía plutocrática del país. Crecieron contra el régimen y tras la dictadura de Primo de Rivera llegaron al poder un 14 de abril de 1931 con un programa eminentemente regeneracionista y reformista. Todos se sacrificaron, todos cedieron y durante dos años y medio –Abril de 1931 a noviembre de 1933- construyeron muchas más escuelas que Alfonso XII y Alfonso XIII juntos en cincuenta años. Sin embargo, aquel proyecto ilusionante y esperanzador nació con las alas cargadas de plomo: A la grave situación económica mundial derivada de la quiebra de 1929 había que añadir la intransigencia, mezquindad y crueldad insaciable de quienes habían detentado el poder político y el real desde siglos, gentes menudas, pacatas y cerriles que habían decidido la muerte de la República aún antes de que esta fuese una realidad. Después vino la guerra. España se enfrentó en solitario al nazi-fascismo mundial mientras las democracias miraban a otro lado o ayudaban descaradamente a los fascistas, como fue el caso de Gran Bretaña.
Muchos republicanos españoles siguieron combatiendo contra los nazis en los campos de batalla de toda Europa, siendo los primeros en liberar París. En sus corazones albergaban la esperanza, como tantos y tantos exiliados de dentro y de fuera, de que los aliados jamás dejarían, tras la victoria, a Franco en el poder. Un solo estornudo de Gran Bretaña o Estados Unidos habría servido en 1945 para que la dictadura española desapareciese, pero nadie estornudó, nadie movió un dedo, todo lo contrario, la guerra fría se cocinó en los fogones de Churchill y para ese nuevo escenario venía mucho mejor una dictadura criminal pero sumisa a los vencedores, que un régimen democrático verdadero. Nos apartaron de la Historia durante cuarenta años de crímenes. Regresados a la democracia en 1977, hace 33 años, nadie fue capaz de contar y sancionar las atrocidades fascistas, de modo que hoy la mayoría de los ciudadanos de este país desconocen completamente qué ocurrió durante ese terrorífico periodo y los franquistas siguen disfrutando de sus botines de guerra instalados cómodamente en los centros donde de verdad está el poder político y económico.
A modo de ejemplo, hablaremos un poco de la vida de Enrique Fajardo, más conocido por Fabián Vidal, de quien hoy apenas sabemos nada. Nacido en Granada en 1883, Enrique Fajardo comenzó a trabajar a los quince años en diversos periódicos provinciales. Trasladado a Madrid, escribe para diversos medios sobre la guerra de Marruecos, llegándole el éxito en 1919 cuando el gobierno francés le concedió la Legión de Honor por sus crónicas aliadófilas sobre la Primera Guerra Mundial. Desde 1920 a 1936 fue director de La Voz, un periódico que bajo su mandato llegó a ser el de más tirada de España. Fabián Vidal, como se le conoció desde que con eses nombre comenzó a firmar sus crónicas de guerra, era un periodista de enorme prestigio, un hombre querido y admirado por todos aquellos que ansiaban ver realizado el sueño republicano, que no era otro que el sueño democrático. No cometió ningún delito, sólo utilizar la pluma para decir lo que pensaba. Al acabar la guerra fue condenado y se exilió en México, dónde supo del fusilamiento de uno de sus hijos y de su hermano. Siguió escribiendo para los mejores periódicos del mundo, y sus crónicas sobre la Segunda Guerra Mundial recibieron elogios de los más destacados periodistas y escritores. Esperó, como tantos exiliados, el final liberador de la Segunda Guerra Mundial, dando con el dedo en la mesa: Este año volvemos. Terminó la guerra, vinieron las conferencias de Yalta, San Francisco y Postdam. Quiso soñar con su regreso y el de la democracia, hasta que un día el sueño se convirtió en pesadilla. En 1948, en plena guerra fría, levantadas las sanciones al régimen fascista español, no había lugar para la esperanza. Se despertó temprano, desayunó y se fumó un cigarro, lentamente, mirando los tejados de la capital azteca. Como cualquier otro día, se sentó en el escritorio y comenzó a escribir. Lo dejó y salió a la calle. Encontró a un repartidor de cartas y le dijo que cuando pasase una hora entregase una carta a Carlos Esplá, su mejor amigo. Dentro de ella iba otra para Indalecio Prieto. Regresó a su casa y sin pensarlo dos veces se tiró por la ventana del séptimo piso.
En la carta, escrita con una caligrafía casi ilegible, con caracteres muy grandes, Fabián Vidal decía a Esplá que todo estaba perdido, que nunca volvería a ver la democracia, que jamás podría hablar con su familia. Le pedía comprensión con un enorme y sentido abrazo de despedida.
Fabián Vidal, de no haber irrumpido la bestialidad fascista, habría seguido siendo uno de los mejores periodistas de España, un hombre bueno, un magnífico escritor. Resistió mientras tuvo un aliento de esperanza, y se fue cuando esta se esfumó definitivamente gracias al apoyo de Estados Unidos a Franco. La vida de Fabián Vidal se truncó en 1948, como la vida de España, por eso cuando dicen que ya está bien de mirar al pasado, que hay que pasar página a uno no se le ocurre otra cosa que eso, que para pasar página hay que haber leído la anterior.
Desde su exilio mexicano, Luis Cernuda, abierta el alma en canal, gastada la vista de tanto mirar el horizonte marino, escribió uno de los poemas más hermosos y desgarrados de la literatura universal. Para el exiliado que no se había perdido en los espejismos del destierro, que no seguía imaginando milagros, que conocía la piel de su patria, y de otras patrias “amigas”, sólo existía realidad y deseo, añoranza perpetua:
“Acaso allí estará, cuatro costados
Bañados en los mares, al centro la meseta
Ardiente y andrajosa. Es ella, la madrastra
Original de tantos, como tú, dolidos
De ella y por ella dolientes…
La nobleza plebeya, el populacho noble,
La pueblan; dando terratenientes y toreros,
Curas y caballistas, vagos y visionarios,
Guapos y guerrilleros. Tu compatriota,
Bien que ello te repugne, de su fauna.
Las cosas tienen un precio. Lo es del poderío
La corrupción, del amor, la no correspondencia;
Y ser de aquella tierra lo pagas con no serlo
De ninguna: deambular, vacuo y nulo,
Por el mundo, que a Sansueña y sus hijos desconoce…
Cernuda describía, hecho sentimiento, la España madrastra del dolor, de la historia cien veces repetida y nunca escarmentada del Ave Fénix que alumbra y oscurece en medio del tormentoso existir de sus hijos. Para él España era un sueño tal vez perdido para siempre.
Unos años antes, veinticuatro días después de acabar la guerra civil, un Azaña enfermo y herido en lo más hondo de su alma escribía a Carlos Esplá una carta en la que le anunciaba que no estaba dispuesto a firmar un manifiesto en defensa de la República en el que figuraran él, como Presidente de España, Companys como Presidente de Cataluña y Aguirre como Presidente de Euskadi. “Le he dicho a Barcia –explicaba Azaña- que yo no paso por eso, y aunque no tuviera otras razones (que las tengo), para abstenerme, me bastaría esas división inadmisible para negarme a firmar. Si catalanes y vascos quieren continuar en la emigración los costosísimos dislates que han cometido durante la guerra, allá ellos…”.
Hablaba así Azaña, una vez dueño de su palabra y desposeído de cualquier responsabilidad política, después de haber sido el inventor de la España de las autonomías, después de haber ensalzado a Cataluña como motor de la República, después de haber visto perder a un pueblo valiente y desorganizado una guerra contra un ejército centralizado y feroz, después de vislumbrar que la posguerra también la iban a perder debido al individualismo hispano, a la división de los demócratas republicanos que no habían sido capaces de unirse y olvidar sus diferencias para recuperar la libertad de su pueblo (las derrotas, decía Esplá, suelen tener siempre los mismos resultados, iguales actitudes), después de la traición de las grandes democracias.
Hoy, tras varios años de absurdos e irresponsables debates en el seno de un Tribunal Constitucional que va perdiendo legitimidad conforme se prolonga la agonía de sus miembros caducados, los neocentralistas castizos de traje viejo -que identifican España con su bolsillo, su irracionalidad secular y su desprecio absoluto hacia un país que aborrecen si no está sometido- y algunos nacionalistas periféricos –que piensan que esa España odiosa, cateta y zafia es más madrastra para ellos que para un ciudadano de cualquier otra parte más pobre del Estado-, vuelven a agitar el fantasma del desmembramiento sin dejar sitio a quienes nada tenemos que ver con Pelayo, la Inquisición, las rutas imperiales, las montañas nevadas, ni con los salvajes generales africanistas, ni con los plutócratas de cualquier territorio, ni con Cambó ni con Vázquez de Mella, ni con Prat de la Riba ni con Fraga y su viva España ni con el Cordobés ni con Bisbal, a quienes creemos que el catalán es parte de nuestra cultura, que Lluis Llach, Fonollosa, Martí i Pol y Salvador Espriu, son parte de nuestra alma y nuestras emociones.
Dicho esto, es preciso aclarar unas cuantas cosas: España es un conglomerado de culturas diferentes, de países diferentes cuya personalidad es preciso reconocer de una vez por todas para acabar con un cuento que parece no tener fin; también que esas culturas diferenciadas que componen el ser de España no son uniformes, sino variadas, plurilingües y multirraciales, no sólo ahora, sino desde la noche de los tiempos: No es posible imponer formas de ser, comportamientos por decreto-ley. Tampoco se puede ignorar, no es bueno ese verbo para nadie, que junto a las diferencias marcadas y respetadas, existen rasgos comunes a todos los pueblos de España: No se debe olvidar que compartimos el mismo suelo, la misma historia, los mismos dolores y gozos desde hace muchos siglos.
Por último, en la creencia de que el nombre de España dejará alguna vez de estar en manos de quienes lo han pervertido y desnaturalizado, de que el Estado irá progresando en su vertebración para bien de todos, es necesario decir a quienes hablan de España, Euzkadi o Catalunya, que esa división es ahistórica, absurda e incomprensible. España es el resultado de un conglomerado de pueblos y naciones, si por cualquier causa mañana algunas partes de España se segregaran, ésta dejaría irremediablemente de existir, pues nos encontraríamos ante un mapa debajo de los Pirineos en el que inexorablemente pondría: Portugal, Galicia, Castilla, ¿Andalucía?, Catalunya y Euzkadi. No se le puede llamar España al resto de lo que quede, a Castilla, pues Castilla es uno más de los pueblos que la componen; del mismo modo que si fuese Castilla la que se separase, tampoco al conjunto de los demás pueblos se les podría llamar España. No es que España sea “una unidad de destino en lo universal” –frase pedante y vacua-, es una realidad histórica de la que hace siglos intentaron apropiarse quienes sólo creen en la uniformidad, en la suya. Confundir España con el “pensamiento” de esas gentes sería algo parecido a darles la razón, incurriendo, además, en un verdadero dislate intelectual.
P.D.: En los años ochenta uno, que estudiaba en Madrid, tuvo la suerte de asistir a los primeros conciertos que Lluis Llach dio en el Teatro Salamanca. Vino para dos o tres días y se tuvo que quedar otros tantos. Nunca, y he visto muchos conciertos, he visto a tanta gente extasiada, entusiasmada y entregada a un músico, a una música que todos considerábamos nuestra. Nunca he visto tantas flores caer sobre un escenario, tantos llantos, tantas emociones, tanta felicidad, tanta euforia: Madrid era una ciudad abierta, seguía siendo el rompeolas de todas las Españas. Hoy, no sé muy bien que queda de aquello con tanto pueblerino en los altares. Terminados los estudios y tras un largo periodo de paro, me instalé en Alicante. Al poco de llegar encontré un bar maravilloso dónde sólo se ponía música de Lluis Llach y flamenco de verdad. Fue, hasta que lo cerraron hace unos años, un lugar único de encuentro para muchos que seguíamos, y seguimos, considerando a Llach parte indisoluble de nuestra crianza: Treinta y cinco años oyéndolo con lágrimas en los ojos y el pelo erizado, no caen en saco roto. Lo diga quien lo diga, la cultura catalana está dentro de mí, me pertenece y nadie me la va a quitar. La España madrastra no quiere a Llach, ni a Espriu, ni a Verdaguer, ni a Almirall, ni a Maragall. A mí tampoco, ni yo a ella: Pero existe otra.
http://www.youtube.com/watch?v=DGlD0fZHsuo
Pedro L. Angosto
En el capítulo II del Manifiesto Comunista, Marx y Engels exponían la necesidad de que los partidos obreros luchasen para imponer, entre otras cosas, impuestos fuertemente progresivos y la creación de un banco estatal que centralizase el crédito. Cuando estalló la gran estafa capitalista que ha dado lugar a esta crisis, muchos creyeron llegada, por fin, la hora de enterrar para siempre las políticas económicas neoconservadoras y retomar otras que apartasen al hombre del camino de la jungla y lo recondujeran al de la justicia social, un camino dónde nadie necesitase ni fuese capaz de pisar a nadie para ser alguien, para sobrevivir con dignidad. El sueño del eterno retorno a la senda del progreso, entendido tal como se hacía hace un siglo, habitó de nuevo entre nosotros por unos meses cuando todo parecía irse al carajo y los Estados enterraban billones de euros en las criptas de los bancos de todo el mundo para evitar el colapso total y conseguir que todo siguiese el rumbo que Dios, que es todopoderoso y el más listo de la clase, tiene señalado en ese cuaderno de bitácora que algunos dicen inescrutable y escrito sobre renglones torcidos, pero que es el más diáfano y comprensible de cuantos ser humano o divino haya escrito: El rumbo de la explotación creciente.
Cuando se llevan años andando por el desierto, los espejismos se hacen cada vez más evidentes, más claros, más reales, y aquellos deseos, aquella furia por volver a leer a Marx y Engels, a Bakunin y Kropotkin, han quedado en eso solamente, en un deseo evanescido al contacto con la realidad que imponen los incontestados dueños del mundo. Era un sueño, un anhelo, una necesidad que latía en el pensamiento de cuantos ansiamos ver desaparecer un sistema esencialmente injusto, cruel y despótico, un sistema basado, sin eufemismos de ningún tipo, en la explotación de la inmensa mayoría de los hombres por una minoría de homínidos desalmados. Hoy, cuando algunos hablan de recuperación económica, de salida del túnel, de brotes verdes, son de nuevo legión los políticos, periodistas y teóricos de la economía que vuelven a hablar de las recetas antiguas, de aquellas recetas que inventó el hombre de Atapuerca y que cobran de nuevo vigor al calor de la indiferencia de los trabajadores, divididos en castas irreconciliables según el nivel de sus ingresos o su posición social, y de la credibilidad que le otorgan los grandes medios de comunicación. Después de lo ocurrido, escuchar a determinados doctores de la iglesia neoconservadora asegurar que la política del actual gobierno es un desastre y que existen otras mucho más modernas y eficaces como las que predican la desregularización total del mercado laboral, la reducción del papel del Estado a la mínima expresión, es decir la del Estado policía al servicio de los más pudientes, o la bajada de impuestos que inevitablemente conlleva privatizaciones y drásticos recortes en las prestaciones sociales básicas, es para liarse a montar barricadas en la Cibeles, en Canaletas o en la calle Mayor de mi pueblo, que se llama Caravaca y tiene por patrona a la Santísima Cruz del Castillo. Yo estaría dispuesto a ir con mis maderos, mis sacos terreros y mis adoquines, pero mucho me temo que nos veríamos unos cuantos, como siempre ocurre, contra las fuerzas del orden y la ley vieja, deseosas de acabar con su trabajo cuanto antes para hacer lo que hace la buena gente: Ver el furbó nuestro de cada día, que es una de las pocas cosas que une a los trabajadores de todas las clases y territorios. De modo que mientras unos cuantos estaríamos a merced de las porras y las armas reglamentarias de la pasma por aquello de la revolución social, los otros, que son los más y, como decía Cervantes, saben que Dios ayuda a los buenos cuando son más que los malos, acallarían nuestros gritos indignados con la euforia inconteniblemente exteriorizada que provocan los goles de Messi, Kaká, Ribery o Fabiano, verdaderas nuevas divinidades de un mundo ateo-confesional.
Y no es que uno sea pesimista respecto al proceso histórico, quiá, ni mucho menos, todo lo contrario. Lo mismo que las especies evolucionan contrariando a Ratzinger, Georges W. Bush, Emilio Botín, José Manuel Lara, Aznar o Kiko Argüello, también lo hacen las sociedades y aunque se pasen periodos abúlicos como el actual, es indudable que dentro de unos años todo esto parecerá un mal sueño y esta etapa todavía primitiva y salvaje de la historia del hombre se verá superada por otra mucho más justa, libre y generosa. No quita esta reflexión para que uno se niegue a ver la realidad en la que vive y afirme, sin ningún género de dudas, que no estamos, ni mucho menos, en vísperas revolucionarias sino todo lo contrario: Pasados los primeros meses del huracán que barrió el mundo esparciendo los depósitos de las letrinas del capital entre todos nosotros, después de haber leído a tanto cándido, bienintencionados unos y malintencionados otros, anunciando el comienzo de una nueva era, de un modelo de sociedad más justa, las cosas han vuelto a su cauce, pero a un cauce diseñado de nuevo por los neoconservadores con los márgenes mucho más estrechos y limitados, un cauce que pretende que cada país tome las medidas que le vengan en gana y saque delantera a los demás aplicando recetas que supongan el traspaso masivo de rentas del trabajo a las del capital, es decir que permitan un aumento exponencial de la explotación de los trabajadores. Así las cosas, y sin dejar de escribir, mientras tenga un sitio dónde hacerlo, ni de luchar por conseguir un mundo más justo, pienso que es preciso poner los pies en la tierra y como decía en otro artículo, centrar los objetivos de quienes defendemos un cambio radical de sistema político, económico, social y cultural en unos cuantos puntos. El primero de ellos, que duda cabe, es el de la educación: No hay cambio si el pueblo no lo quiere y un pueblo analfabeto, como en buena parte lo es el europeo de hoy por muchos títulos universitarios que posea, no quiere cambios de ningún tipo ni saber nada de sus semejantes; el segundo sería, pelear por conseguir un sistema impositivo verdaderamente proporcional y progresivo que acabe con los paraísos fiscales, con las SICAV, con el inmenso fraude provocado por profesionales, empresarios y autónomos, colectivos que declaran unos ingresos medios ridículos que nada tienen que ver con la realidad, y que transforme el IVA en un impuesto también progresivo sobre el valor añadido, es decir sobre el precio que se va añadiendo a las cosas en los diferentes tramos de las cadenas de producción y distribución, consiguiendo de ese modo que deje de ser una alcabala, una sisa, un impuesto regresivo y se transforme en un instrumento útil para la redistribución de la riqueza. Sinceramente les digo que con el cumplimiento de esos tres objetivos en los próximos quince años, uno se daría con un canto en los dientes. Sería una verdadera revolución. Luchemos por ello y no nos dejemos llevar nunca por el desistimiento ni los castillos en el aire que permiten que señores como Goirigolzarri, del BBVA, se lleve, con la ayuda de dios y de los hombres sumisos, una pensión de 30 millones de euros.