plangosto
08.03.10

"LA ULTRADERECHA A POR TODAS"

No voy a andar con circunloquios ni dando saltos de rama en rama, iré al grano directamente: Si el juez Garzón, de un modo u otro, es apartado de la carrera judicial, este país habrá iniciado un retroceso en el que todos seremos sospechosos por lo que pensemos, hablemos o escribamos, también por lo que callemos. Estamos ante un desafío de la ultraderecha heredera del fascismo español, un desafío que no tiene sólo en la diana al único juez que se ha atrevido a encausar a tres dictaduras genocidas, sino a todo el que piense de manera diferente a ellos. Es por eso que me permito pedir a todos el mayor de los esfuerzos para impedir este linchamiento que nadie se explica, que nadie entiende ni dentro ni fuera de nuestras fronteras. El pueblo es soberano, la soberanía reside en el pueblo y es el pueblo el que tiene que hablar en este asunto de manera inapelable, por encima de los jueces del Tribunal Supremo, por encima de todas las instituciones, no hay más voz que la del pueblo ni más soberanía que la del pueblo y un pueblo consciente no puede consentir que se los herederos del franquismo sigan impartiendo "justicia".

Del mismo modo, me opongo con todas mis fuerzas a la construcción de un monumento a los fascistas en el cementerio de Valencia, sobre las fosas comunes de quienes llucharon por defender la libertad, la democracia y la dignidad humana; me opongo radicalmente, aquí y en dónde sea menester, a la tergiversación de la historia, al robo de la memoria, a la versión oficial que se está vendiendo, y en la que colaboran muchos intelectuales conocidos instalandos ahora en la equidistancia, mediante la cual todos fueron iguales, todos mataron, todos fueron unos sádicos, poniendo en el mismo plano a los fascistas y a quienes defendían el régimen constitucional de la II República: A Millán Astray y a Unamuno, a Azaña y a Franco, a Negrín y Primo de Rivera.

La construcción de ese monolito es una vergüenza, un antentado al más elemental sentido de la justicia, a las esencias de la democracia, un atropello y un insulto a todos los que se enfrentaron por primera vez y en solitario, ante la cobardía interesada de Inglaterra y Estados Unidos, al nazi-fascismo europeo.

Mi dignidad de ciudadano consciente y amante de la libertad no me permite guardar silencio y me impele a entonar "Un yo acuso": Los franquistas, gracias a una transición no acabada, están tomando posiciones en todas las instituciones del Estado, el Poder Judicial está en sus manos; un sector de izquierda, especialmente el Partido Socialista del País valenciano si es cierto su apoyo a la construcción de esa monstruosidad, colabora con quienes, en nombre del fascismo internacional, acabaron con la democracia española hace ahora 71 años, y poco a poco los revisionistas de la historia, los hijos de Franco van imponiendo la versión edulcorada de la tiranía más curel que ha sufrido Europa Occidental durante el siglo XX, con la colaboración de medios de comunicación, editoriales, distribuidoras y distintas asociaciones que quieren obligarnos a vivir con los fantasmas de cientos de miles de desaparecidos, torturados, asesinados, exiliados, martirizados, es decir con el bochorno y la indignidad eterna. Ningún país, ninguna comunidad, ningún régimen libre que se precie, ningún ciudadano que lo sea, puede vivir ante tal ignominia, ante semejante ultraje a nuestra memoria colectiva. El franquismo, si queremos ser de una vez por todas, libres, ha de ser condenado por todas las fuerzas políticas que no lo sean; la apología del franquismo, utilizando el medio que sea, ha de ser incluida en el código penal, y las fuerzas que no condenen el franquismo declaradas, de inmediato, ilegales.

La dictadura fascista española duró cuatro décadas gracias a una represión brutal y al apoyo de Inglaterra y Estados Unidos, que prefirieron tener un gobierno pelele en España a un régimen democrático. España quedó como una reliquia del fascismo en el corazón de Europa y los españoles sumidos en las tinieblas de una tiranía espantosa. Hoy, setenta y un años después del triunfo del fascismo, treinta y tres años después de las primeras elecciones legislativas, los ciudadanos españoles no podemos consentir, salvo que aceptemos la condición de miserables, que ningún símbolo franquista siga en nuestras calles, que ningún adorador de la tiranía y el tirano ocupe un cargo público, sea el que sea. Ha llegado la hora de decir basta. De ningún modo podemos ser el único país de nuestro entorno con monumentos a criminales y genocidas fascistas, como tampoco podemos ser el único país del mundo que expulse de la Justicia a uno de los pocos jueces que se han atrevido a enfrentarse a todo tipo delitos dentro y fuera de España, incluido el más grave de todos: El de genocidio y crímenes contra la Humanidad.

Uno, como cualquier persona que no mira al cielo para ver que pasa en la tierra, piensa que la izquierda tiene un problema grave y que por ello ha de asumir la responsabilidad que le toca en lo que acontece. Y cuando digo izquierda hablo tanto de gobiernos como de personas, pero más de estas últimas que son para mí quienes, si quisieran, si tuvieran sólo un poquito de conciencia ciudadana, sabrían que el mango de la sartén está en sus manos. Ya no hablo de huelgas a la antigua usanza o a la nueva con servicios mínimos brutales, con un aparato policial tremendo, no, hay otros métodos, pero claro, es menester moverse.
Los gobiernos, incluso algunos, muy pocos, como el actual de España que llegó al poder “nominal” con buenas intenciones –la ley de dependencias pasará a la historia como una de nuestras mayores conquistas sociales, pese al boicot de las comunidades gobernadas por el Partido Popular- tienen un problema: El apoliticismo del personal, que en España en particular es hijo directo del franquismo y en Europa en general del individualismo acomodaticio, egoísta, materialista y paleto. En España no se puede hablar de política en ningún sitio, enseguida el facha de turno –los hay de diferente etiología aunque predominan abrumadoramente los hijos de Franco- alza la voz y manda parar, normalmente nadie le hace frente, pero él sigue difundiendo sus ladridos creyéndose el dueño del corral porque en realidad nadie le ha dicho todavía a las claras que el corral no es suyo y que él en este corral es un proscrito. En Europa, en la mayor parte de Europa, ocurre algo parecido, no es que el facha de turno se imponga en el bar o en la cola de la panadería, es que el único debate importante es ver quien dice más burradas sobre los inmigrantes a los que explotan y necesitan. Pero vayamos por partes.
Ningún gobierno del mundo, por muy izquierdista que sea, salvo que se apoye en militares, lo que es una contradicción esencial y una aberración, puede tomar por sí solo medidas contundentes para solucionar la crisis que vayan contra la corriente. Eso sólo tendría alguna posibilidad de éxito remoto mediante un apoyo popular inmenso, cosa de la que carece y carecerá cualquier gobierno europeo en los próximos lustros, pues la tendencia para los años venideros es la del populismo más reaccionario que se cría en los viveros del apoliticismo y del escepticismo fomentado por unos medios cada vez más controlados por los dueños del capital y una ciudadanía que no quiere saber. Si ahora mismo, el gobierno de España decidiese nacionalizar la banca, por irresponsable, los servicios públicos esenciales, controlar el movimiento de capitales o subir, mediante inspecciones fiscales exhaustivas, los impuestos directos a los que más tienen, de inmediato España sería sometida a un boicot que nos llevaría a la más absoluta ruina sin que país alguno de nuestro entorno mostrase la más mínima solidaridad. Ahí está el caso de Grecia, ahí las malditas agencias de calificación que dicen a los tiburones que manejan billones de dólares de los fondos de inversión y de pensiones que es lo que tienen que hacer con quien se desmarque.
La izquierda, hay que reconocerlo así, anda un tanto perdida. Se escriben cientos y cientos de artículos analizando la situación actual, pero sin tocar realidad, y la realidad es la que palpamos, la que pisamos, la que vivimos. Para hacer un análisis de cambio a futuro es preciso saber con los apoyos que cuentas y creo que hay que estar bastante pirado para pensar que la sociedad acomodaticia del individualismo ciego está dispuesta a sumarse a cambios drásticos que pongan en peligro lo poco o lo mucho que cada cual pueda tener.
Por el contrario, la derecha tiene muy pocos objetivos, se concentra en dos o tres cosas, tener el poder real, que es el del dinero, que lo tiene; tener el poder político para continuar la desamortización y el desvalijamiento del Estado, y mantener sus instrumentos de socialización, prensa, iglesia, semana santa, fiestas populares, cofradías, equipos de fútbol, en fin toda una serie de artilugios dirigidos por reaccionarios que han contribuido mucho al apoliticismo de la sociedad. Luego está, la política del miedo: Cuando más medios tiene el hombre para combatir crisis, plagas, hambrunas, enfermedades, entonces es cuando se inventan la teoría del miedo que parte, por poner una fecha, de lo ocurrido en las Torres Gemelas. A la derecha nunca le ha importado nada para conseguir sus tres o cuatro objetivos, ni volar edificios ni armar guerras donde haya sido menester, ni pasar por las armas a miles de personas, ni jugar con un país como Grecia al monopoli. Eso hay que tenerlo siempre claro.
La izquierda tiene la obligación ética de fijarse, al igual que la derecha, tres o cuatro objetivos inmediatos, sólo tres o cuatro, tal vez cinco, no más: Eliminar la libertad de movimiento de los capitales; recuperar un sistema impositivo proporcional y progresivo; conseguir una educación pública, única y laica, imponer un arancel a los productos que provengan de países esclavistas y lograr un sistema salarial que tenga topes por abajo y por arriba. De mil euros a cinco mil euros, por ejemplo. Debatir constantemente sobre un cambio total de sistema, que muchos deseamos con todo nuestro corazón pero que la mayoría no lo quiere ni está por hacer nada en su favor, es meterse en un callejón sin salida.
Pero incluso para conseguir los cambios antes enunciados, es preciso una cosa, y es que todos los sindicatos de clase de Europa, en ese sentido me importa un bledo lo que hagan los yanquis o lo que diga el Sr. Almunia y la UE, actúen ya y de modo urgente. Pues un movimiento que fije sus objetivos en algo parecido a lo aquí apuntado, no puede tener éxito en un sólo país de Europa porque sería vapuleado de inmediato por los mercados financieros. Europa es el primer espacio económico del mundo, simplemente una huelga de consumidores convocada por los sindicatos en todo el continente durante dos días, sólo dos días, haría dar parcialmente la vuelta a la tortilla y metería el miedo en el cuerpo a los que promueven la nueva ofensiva neoliberal que amenaza con sumirnos en la edad media para mucho tiempo.

¿Es eso imposible? En absoluto, el nivel de descontento de los “ciudadanos” europeos es creciente pero está siendo canalizado por los populistas xenófobos, demagogos y nostálgicos. En un par de meses de reuniones preparatorias, ya digo con tres o cuatro objetivos fijos, no más, los sindicatos domésticos europeos más los que no lo son tanto podrían parar la economía mundial durante dos días. Sólo es cuestión de ponerse a ello, de pedirlo, de exigirlo, de imponerlo.
Aquí, se sigue hablando mucho del gobierno, y el gobierno sin un pueblo detrás, sin una coordinación a nivel europeo, aunque quisiera tomar otras medidas, no podría hacerlo, de ninguna manera: Duraría lo que un caramelo en la puerta de un colegio. Está la otra opción, empujar, arrimar el hombro, presionar, exigir, a nivel europeo, desde luego, y ahí los sindicatos juegan un papel decisivo.

La célebre y repetida máxima de Lincoln ha pasado a la historia sin llegar a estar en ella, como tantas otras frase hermosas pronunciadas por hombres que, de un modo u otro, creían en la libertad. La democracia hoy no es el gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo, sino todo lo contrario, es el dominio de una casta oligárquica, en la que se entremezclan banqueros, grandes empresarios, especuladores financieros, intermediarios y políticos sin escrúpulos, sobre una ciudadanía apática, indolente y egoísta que no es consciente de su poder, de los riesgos que corre por su abulia, ni siquiera de que le han sido robadas muchas de las libertades arrancadas a los poderosos contra su voluntad, libertades que tenía la obligación de transmitir aumentadas a las siguientes generaciones.
Partiendo de la revolución francesa, son muchos los acontecimientos que a lo largo del proceso histórico hicieron pensar que nos acercábamos a algo parecido a la democracia. Las primeras revoluciones liberales, las revoluciones democráticas del siglo XIX, la Tercera República francesa con su programa educativo y sus leyes laicistas, la Revolución rusa, sin la que no es posible comprender las conquistas políticas, económicas y sociales de los trabajadores de “Occidente” ni su posterior degradación tras la caída del famoso muro, son destellos que iluminaron e ilusionaron a millones de ciudadanos que por primera vez en siglos vieron la posibilidad de un mundo más justo, más libre, más educado y más igualitario. Esas luminarias de épocas pasadas, esos sueños que parecían tocarse con las manos, se fueron desvaneciendo conforme el componente utópico que debe acompañar a cada sociedad según su tiempo, mutó en individualismo debido al incremento del bienestar material de las clases medias, conforme la participación activa de los ciudadanos declinó pensando que bastante tenían con sus sueños personales, privatizando, de ese modo, la cosa pública que pasó a ser gestionada casi en exclusividad por personas con vagas referencias ideológicas y muchos intereses personales y corporativos.
El pueblo, concepto difuso en la actualidad, tenía, y tiene la obligación de participar en la vida pública, pero no sólo a participar sino a cambiar el marco legal en el que ésta se desarrolla. Durante décadas y décadas de las dos pasadas centurias, nuestros padres, abuelos y bisabuelos, se jugaron la vida para mejorar la sociedad en que vivían, para acabar con la explotación, para poner los cimientos de un mundo mejor. Ellos hicieron lo que tenían que hacer, pero apenas hoy se sabe qué pasó con los catedráticos de la Institución Libre de Enseñanza expulsados de la Universidad española por defender la libertad y el progreso de todos, ni que fue el “Affaire Dreyfus o el “Yo acuso” de Zola, verdadero cañonazo en el corazón del pueblo europeo que, además, supuso la implicación directa de miles de intelectuales, burgueses y obreros de todo el mundo en los asuntos públicos que a todos concernían. Se desconoce quienes fueron Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, por qué lucharon y por qué los asesinaron; quien fue Jules Guesde, por qué mataron a Jean Jaures cuando lideraba a la izquierda francesa y predicaba contra la primera guerra mundial y el colonialismo; por no saber, pese a lo que nos atañe y a los muchos libros escritos, no sabemos siquiera que lo único que pretendía la II República española era acabar con los privilegios de siglos, dar educación al pueblo, disminuir a su mínima expresión los poderes medievales de la iglesia, el ejército y la oligarquía tradicional y crear un Estado social de Derecho al más puro estilo burgués. Nada más, y nada menos.
España es caso aparte porque fue sometida a una de las peores y más sangrientas dictaduras que ha sufrido país alguno de Europa y aunque muchos no lo quieran ver, aquellos malditos cuarenta años siguen marcando buena parte de nuestro devenir político, económico y cultural: Muchos de los actuales políticos son hijos de prebostes del franquismo, por tanto incapaces de condenar al régimen en que se alimentaron, de comprender que es la vocación de servicio público y mucho menos saber que es tener una ética personal y pública irreprochable, anteponiendo siempre y en cada momento el medro y el interés personal al de la colectividad; el modelo económico español sigue teniendo la impronta de aquellos años y muchos de los actuales dueños del dinero forjaron entonces sus vergonzosas fortunas acrecentadas al calor de la democracia neoconservadora; no existe, hay raras excepciones, prensa de izquierdas y las televisiones privadas, verdaderas educadoras de nuestros hijos, pertenecen a corporaciones económicas de ultraderecha españolas o extranjeras; la retrógrada, terrenal y paleta iglesia católica, que muchos dicen muerta porque ha perdido clientela directa, sigue inmiscuyéndose en la cosa pública con el mayor descaro, demostrando a cada paso que su reino es de este mundo y sus intereses tienen mucho que ver con los de aquellos que manejan los dineros, no cortándose un pelo en recibir miles de millones de euros de las distintas comunidades autónomas para pervertir a los niños cuyos padres han abdicado de la civilidad y la civilización. La tarea que hay por delante es ingente y difícil, nuestra herencia es pesada y brutal, pero, y en Europa, ¿qué pasa en la Vieja Europa?
Lo primero que tendríamos que valorar es hasta que punto los ciudadanos europeos, incluidos los del sur de los Pirineos, valoran la democracia o saben de lo que están hablando cuando apelan a ella. Después de oír a tiburones financieros, políticos reaccionarios, curas, empresarios y militares de alta graduación o sin ella hablar de democracia con la boca llena, hay algo que falla, pues, por esencia, a ninguno de ellos conviene ese sistema político que consiste en que todos se sometan sin rechistar al poder del pueblo, a la soberanía popular para lograr una sociedad progresivamente más justa, incluido el poder real que no es otro que el detentado por quienes tienen y manejan el dinero. En las últimas décadas hemos asistido a un proceso de despolitización de la sociedad que ha permitido que el término democracia haya ido perdiendo contenidos hasta llegar a ser lo contrario que indica etimológicamente. Al pueblo se le permite votar periódicamente, manifestarse ordenadamente y con previo aviso, reclamar sin derecho a contestación, oír a los tertulianos de aquí y de allí y, sobre todo, pagar, pagar por comprar lo que no necesita, por servicios que no le dan, pagar la guerra, pagar las estafas planetarias, pagar los sueldos millonarios de la oligarquía que le roba, pagar las crisis que provocan los descabezados malnacidos que manejan a su antojo la única libertad intocable y verdadera: La del movimiento del dinero. Al pueblo –hay que reconocer que lo han hecho bien- le han matado la utopía y un pueblo sin utopía deja de serlo para pasar a convertirse en aliado de sus enemigos. Sólo de ese modo, podemos comprender que Italia, el país que parió a Leonardo, Palladio, Pico Della Mirandola, Galileo, Gramsci, Sciacia, Visconti o Dario Fo tenga como primer dirigente a un cateto millonario que en un mundo civilizado no habría pasado de cabo segundo de Carabineros; que la Francia de la revolución, de Voltaire, Pascal, Rousseau o Renán este presidida por un arribista palurdo que habría sido un estupendo jefe de la sección de calcetines y gayumbos en las galerías Lafayette; que el Reino Unido, dónde vivieron Marx y Engels, Lawrence Sterne, Robert Stevenson o Pinter, sea la cueva de Alí Babá en la que se esconden los paraísos fiscales; que Holanda y Dinamarca, paradigmas otrora de la libertad, lo sean ahora del racismo; que la mayoría de los países del Este estén ahora gobernados por políticos esperpénticos, en fin, que la clase política europea se haya convertido en una casta hermética, cerrada, ajena a los intereses del pueblo; que el pueblo europeo, se haya transformado en una masa apolítica que no sabe ni dónde está su propio norte.
Pero de todo esto, habló hace ya mucho tiempo uno de lo más grandes genios de la literatura mundial del siglo XX, el hoy casi proscrito Bertolt Brecht: "El peor analfabeto –escribió Brecht- es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, el precio de los frijoles, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios, dependen de decisiones políticas. El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia política nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales". No hay democracia cuando quienes tienen el deber de involucrarse activamente en ella declinan su responsabilidad y presumen de su analfabetismo, dejando el camino libre a logreros, trepas y desaprensivos, permitiendo, de ese modo, que la democracia se convierta en el gobierno de las grandes corporaciones, por las grandes corporaciones y para las grandes corporaciones.

Como autor de manifiesto que está circulando por la red y que figura a continuación, me permito añadir unas reflexiones que me estimo necesarias. El posible procesamiento del Juez Garzón responde principalmente a dos causas: Una su implicación en el descubrimiento de la trama Gurtel, otra, la causa abierta contra el franquismo. Una parte considerable de los jueces españoles son franquistas, lo que quiere decir que uno de los poderes esenciales de toda democracia que lo sea de verdad está en manos de personas que admiran a un genocida. ¿Qué justicia podemos esperar de jueces que quieren procesar al único juez que ha intentado esclarecer los crímenes de régimen más sangriento que ha habido en España? Como ciudadanos conscientes, amantes de la libertad y la justicia social, tenemos la obligación de mostra nuestra indignación contra el acoso al que está sometido un juez que goza de un enorme prestigio en todos los países por sus actuaciones contra las tiranías y por la defensa de los derechos humanos. No debemos sólo pedir que cese el acoso contra Garzón, tenemos la obligación de manifestarnos, salir a las calles, y exigir una depuración en toda regla de aquellos jueces que juraron fidelidad eterna al tirano. Podemos estar, si actuamos, ante un caso parecido al "Affaire Dreyfus" y el "Yo Acuso" de Zola en la Francia de principios del siglo XX, un caso que supuso una verdadera revolución en la conciencia de los ciudadanos franceses de la Tercera República:

Ciudadanos Francisco Caamaño, ministro de Justicia y Carlos Dívar, Presidente del Consejo General del Poder Judicial:

El magistrado Baltasar Garzón ha demostrado ser un juez preparado, demócrata, valiente y capaz de rectificar, de emprender las tareas más arriesgadas y de no arredrarse ante peligros ni amenazas. En este sentido, su actuación para aclarar el genocidio franquista no puede merecer más que elogios, sin embargo, algunos jueces españoles, a instancias de la extrema derecha con la que muchos comparten ideales, han decidido actuar contra él por diversos motivos, todos ellos, en nuestra opinión, injustificados.

Ante su hipotética suspensión y procesamiento, los ciudadanos que creemos en la libertad, el progreso social y la justicia tenemos la obligación de hacer patente nuestra protesta por lo que consideramos un insulto a las esencias democráticas y a la dignidad de los cientos de miles de españoles que se enfrentaron en solitario y por primera vez al nazi-fascismo, obteniendo como pago por ello, el asesinato, la tortura, la desaparición, el exilio y la falta de libertad durante más de cuatro décadas, delitos que después de lustros siguen sin ser juzgados. El posible procesamiento del magistrado Baltasar Garzón por querer poner al descubierto la brutal represión franquista de una vez por todas y desagraviar a las víctimas y sus familiares, es sencillamente imposible de asumir por cualquier demócrata que se precie de tal.

Es por ello que pedimos tomen las medidas necesarias para evitar lo que podría ser un atropello jurídico mediante el cual se procesa o se sanciona administrativamente a quien quiere impartir Justicia y se deja en la más absoluta impunidad a quienes perpetraron crímenes de Lesa Humanidad, subvirtieron el Orden Constitucional y sometieron a todo un país a la tiranía más criminal de su historia.

plangosto
04.02.10

"China, poderoso continente".

Ningún imperio ha sido eterno, ni siquiera aquellos míticos de la antigüedad que creyeron haber nacido para no morir nunca y de los que hoy sólo queda el vestigio del esplendor perdido. Sin embargo, hay algo en común a todos ellos, algo que apenas ha variado desde que el mundo es mundo y los imperios, imperios: Antes, mucho antes de que los fisiócratas franceses formulasen su célebre “laissez faire, laissez passer”, de que Adam Smith y sus seguidores hablasen del libre mercado y la mano invisible que lo mueve, los desalmados que conducían países con pretensiones imperiales habían puesto en práctica los verdaderos principios que desde siglos, como si de una ley física se tratara, han regido la dinámica de los campeones del capitalismo: “Yo a usted no le compro nada, me lo llevo; usted me lo tiene que comprar todo a mí, de buena gana o por la fuerza de mis cañones”. Todas las leyes, normas, pensamientos y doctrinas que a lo largo de la historia han servido de fundamento al liberalismo económico, se fundan en esa sencilla y despótica frase que nada tiene que ver con la libertad y sí, por el contrario, con el derecho de los más poderosos a vivir de y sobre los que no lo son tanto.
Se habla últimamente mucho de Haití debido al devastador terremoto que ha llenado sus ciudades y campos de sangre y escombros. Nos sentimos solidarios, estremecidos ante las imágenes que muestran los informativos, como si ese país, uno de los más pobres del planeta, no hubiese vivido terremotos peor que este desde que, como dice el maestro Galeano, decidió optar por la libertad allá por 1804. Fue Francia, la antigua metrópoli, la patria de la revolución burguesa, el asilo de perseguidos, quien impuso al pequeño país caribeño tras su independencia el pago de una compensación por daños de ciento cincuenta millones de francos, pago que los haitianos no pudieron cancelar hasta la tercera década del siglo XX, cuando ya los norteamericanos habían ocupado el país, lo habían convertido al monocultivo azucarero abocándolo a la ruina y habían expoliado hasta el último rincón de la última casa de los negros libres. Haití es un ejemplo clarísimo de hasta que punto puede llegar el capitalismo en su codicia, en su avaricia, en su desprecio hacia la vida: Desde hace mucho tiempo, los haitianos, de cuya pobre dieta es parte fundamental el arroz que antes cultivaban y ahora no, han de comprar ese alimento al amigo americano, siempre dispuesto a enviar al séptimo de caballería dónde sea menester. Es la ley del más fuerte, la ley del sistema en el que vivimos desde que el mundo es mundo, poco más o menos. Y no es que los haitianos sean más tontos, más peleones, más idiotas que los que habitan en la parte norte del continente, no, es que cometieron el tremendo error de ser el primer país de América Latina, encima un país habitado por esclavos negros, que decidió ser libre. Desde entonces, con especial empeño, Francia primero, Estados Unidos después, como en tanto lugares del mundo, no han parado de castigar a sus habitantes con terremotos de mucha mayor intensidad que el actual.
Pero todo, tiene su cara y su cruz. Como decíamos al principio, no hay imperio eterno, todos tienen su principio, su apogeo y su periodo de decadencia mientras nace otro sustituto que aplica con más ventaja las normas de la casa. Si durante más de setenta años nos ha tocado sufrir el imperialismo yanqui –me gustaría que alguna vez alguien fuese capaz de evaluar las víctimas de esa hegemonía porque estoy seguro superarán a las de la Segunda Guerra Mundial-, ahora, cuando el capitalismo y los capitalistas campean ufanos y a la velocidad de la luz por todo el orbe, ya sabemos quien tomará el relevo si es que no lo ha tomado ya. Se dice que el capitalismo es un sistema perfecto porque es el que más ha durado y no se atisba competidor. Puede ser, pero también lo es que no tiene patria y que, teniendo a la codicia y la ambición humana como únicos motores, hace caer a los triunfadores del momento en la ceguera de la soberbia. Me explico, no se trata de que el capitalismo se esté derrumbado debido a la actual crisis, lo que sí está haciendo es cambiar su lugar de ubicación. Con los ojos cerrados en su afán por disminuir costes (derechos) y maximizar beneficios, los países desarrollados, y dentro de ellos sus poderosos oligarcas, han ido desplazando sus centros de producción hacia una nación pobre y atrasada como China. Primero fabricaban baratijas, luego cachivaches, más tarde algún juguete, después televisiones, ordenadores, componentes electrónicos de todo tipo, hasta llegar al día de hoy en que lo fabrican absolutamente todo, hasta tal extremo de que en plena crisis China se permite crecer un 8,7 por ciento tal como habían previsto las autoridades económicas del país.
¿Es que esa civilización milenaria durante siglos despreciada por Occidente, de repente ha regresado al antiguo esplendor imperial? ¿Tal vez, por arte de magia, los chinos, que han sufrido siglos de miseria y explotación castrante, se han tornado diestros en todas las áreas del saber y la producción? No niego, porque no lo sé con certeza, que los chinos comiencen a vivir mejor que en tiempos pasados o que estén más preparados que hace décadas, pero lo que si puedo afirmar es que China es hoy por hoy el foco al que acuden los capitalistas de todo el mundo para sacar más rendimiento a sus inversiones, que el modo de producción chino se aproxima mucho al esclavista, que no hay otro país en el mundo que pueda ofrecer tanta mano de obra barata, que aunque nominalmente sea un país comunista, sus trabajadores apenas tienen derecho a otra cosa que al trabajo, que los dueños del dinero -sin saber o a sabiendas de las consecuencias funestas de su avaricia: Corren el riesgo de quedarse sin consumidores, de provocar una retracción del consumo como nunca se ha conocido-, han decidido que la única manera de competir con China es imitándola en todo, por supuesto también en salarios y derechos sociales, que estamos asistiendo a un relevo y que sólo subsistirán al terremoto asiático aquellos países que sean sede de muchas grandes transnacionales.
Europa y Estados Unidos se enriquecieron sometiendo a la pobreza a países como Haití, a continentes como África, hoy, en la era de la globalización, cuando la única libertad global garantizada es la del movimiento de capitales, pueden haber dado los primeros pasos hacia su declive histórico: La actual crisis económica, que partió de una sensacional estafa planetaria, puede no ser una enfermedad pasajera, sino el síntoma que avisa de otra mucho más grave: La decadencia. El dinero, como la Inglaterra de Lord Palmerston, no tiene amigos ni enemigos, sólo intereses. China, tampoco.

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