No tengo empacho alguno en declararme ateo, materialista y anticlerical. Soy ateo no por decepción, sino por convicción. Jamás esperé nada del mito, nunca creí en milagros, ni siquiera en algunos tan festivos y jocosos como ese que dicen obró Jesús de Galilea en una boda convirtiendo el agua en vino para regocijo de todos sin que el Espíritu Santo recibiese el preceptivo aviso: Ojalá él y sus seguidores se hubiesen dedicado exclusivamente a eso, a convertir el agua en vino, las balas en besos, la ambición en solidaridad, al menos en los cuentos, en los propósitos, en sus prédicas. No creo en Dios, ni creo que los hombres necesiten a Dios para nada, salvo los medrosos, los apocados, los que nada esperan de esta vida o los que sufren desgracia tras desgracia y en su desesperación se entregan al cielo con la esperanza del consuelo o de una vida mejor después de la muerte. A estos los respeto, los comprendo y los quiero. Nadie nace ciego por voluntad propia.
Sin embargo, estoy convencido de que Dios y sus amigos si necesitan a los hombres, desde el principio, desde que el Verbo se hizo carne, incluso desde antes, cuando el hombre desnudo veía salir el sol y llegar la noche, cuando contemplaba el furor de las tormentas y los vendavales, el desbordamiento de los ríos, el rugir de los volcanes, los deshielos y las sequías pertinaces, cuando el más fuerte, no el más evolucionado ni el mejor ni el más bueno, cambió el miedo humano a las leyes de la física, por el miedo a las fábulas imponiendo castigos y recompensas a capricho. No, no creo en Dios, me importa un bledo su existencia, inexistencia o evanescencia, su poder omnímodo, su maldad o su bondad, su infierno y su cielo, sus vírgenes y sus santos, sus iglesias, sus predicadores, su forma líquida, etérea, sólida, gaseosa, antropomorfa o mineral, lo que dicen que dijo a Moisés, a Abraham, a Mahoma o a Monseñor Escribá de Balaguer antes de subir a los altares o tener calle en Zaragoza: Si los hombres –unos pocos, quienes lo hicieron del barro- no lo hubiesen querido, Dios no habría nacido, ni las guerras, ni los cruzados, ni los alcabaleros, ni los diezmos, ni las tercias, ni las conquistas, ni los cristianos, ni los católicos, ni los presbiterianos, ni los taoístas, ni los budistas, ni los musulmanes, ni los judíos, ni la inquisición, ni los talibanes, ni la Santa Cruzada española, ni los adoradores del dinero, ni los gudaris sanguinarios, ni los torturadores de toda laya, ni los legionarios de Cristo, ni el Opus Dei, ni la madre que los parió.
Todo es obra del hombre, del hombre perverso, del hombre en estado de corrupción pura, que no es otro que aquel que promueve y otorga carácter inmutable a un sistema que se basa en la explotación del hombre por el hombre, que esparce la muerte por toda la faz del planeta con una sonrisa en los labios, que destruye la naturaleza a sabiendas de que no le pertenece, que inventa espejismos para dormir a los que han sido dormidos con tantos cuentos que ya no tienen resuello ni siquiera para bostezar y encuentran placer y consuelo en el sueño eterno de los espejismos inacabables, inabarcables, inaprensibles.
¿Qué aporta la idea de Dios a los seres vivos, inteligentes o no, racionales o no? ¿Qué les ha aportado además del miedo, de la esclavitud, de la explotación, de la guerra, de la muerte, de la extinción, del odio, de la intransigencia, de la violencia, del fuego, de la mentira esencial, de la castración mental, del arriba y abajo, del capitalismo salvaje y destructor, de la ceguera y la resignación? Nada, absolutamente nada. Cuando el hombre inventó a Dios, no lo hizo pensando en el bien de sus semejantes, sino en dominarlos, en ponerlos a su servicio, en atemorizarlos hasta extremo tal que difícilmente osaran contestar, desobedecer, rebelarse. Los hombres esclavos, los hombres castrados por siglos de terror, cegados por el invento divino y dirigidos por quienes llevaban a Dios en una mano y en otra la espada, construyeron pirámides descomunales en vez de casas decentes; saquearon campos infinitos cultivados por seres resignados para levantar templos inmensos que acrecentaran aún más el miedo a lo sobrenatural, a lo desconocido, a lo incierto; invadieron países, crearon imperios, saquearon suelos y subsuelos, blandieron la espada y la maza, el cañón y el misil, para defender los privilegios de los que eran enterrados bajo los altares; se batieron contra el liberalismo, contra la democracia, contra el socialismo, contra la emancipación del hombre, contra la libertad, contra la justicia, contra la igualdad, contra la fraternidad, contra la Razón.
No, Dios no existe, pero ha sido, es muy rentable para la “buena gente”, para los que no tuvieron ni tienen reparo alguno a la hora de clavar mil puñales en la espalda del prójimo, y del mundo entero, con tal de quedarse con la hacienda, con tal de que los otros aprendan como fueron, son y serán las cosas. Dios no existe, pero de su nombre y en su nombre viven miles de cuervos negros y de todos los colores, cuervos con tirabuzones, cuervos tonsurados, cuervos rapados, cuervos con turbante, elegantes cuervos con traje de Armani, cuervos que disponen la vida y la muerte, que juegan con la enfermedad, que reparten el pastel quedándose con la mayor parte de él. Y por eso, y por otras muchas cosas que contar no quiero, soy materialista, porque creo que ningún hombre debe ser menos que otro, que todo ser humano debe poder satisfacer sus necesidades fuera de la esclavitud, con un trabajo digno, limitado, seguro y adecuado a su personalidad que le permita vivir en libertad, cultivar su sustancia intelectual, sensorial y sentimental, educar a sus hijos en el saber humanista, en la solidaridad, en el amor a la naturaleza, en el desprecio hacia los explotadores, los estraperlistas y los carroñeros; porque creo que la vida no es una carrera de locos que corren hacia ninguna parte, que no estamos aquí para competir unos contra otros, a costa de otros, sino para disfrutar de la belleza y paliar el dolor, propio y ajeno, para mandar al carajo los escritos sagrados y sus amenazas insolentes y despiadadas; porque creo en la justicia terrenal, en una justa y obligada distribución de la riqueza que posibilite a todos, morenos o blancos, negros o amarillos, arios o gitanos, capacitados o discapacitados, tontos o listos, guapos o feos –ningún mérito tiene lo que viene con uno al nacer- ser felices sin aspirar a tener más de lo que la decencia y la buena educación aconsejan; porque pienso que las flores no se cortan, se miran, y si se cortan para hacer un bonito ramo de flores, no se entregan a los muertos, sino a los vivos; no se ofrecen a los santos a cambio de una parcela en la tierra o en el cielo, sino a un amigo o a un desconocido que pasa por nuestro lado. Soy materialista, en fin, porque estoy plenamente convencido, tanto como el más ciego de los creyentes, de que es aquí, debajo del sol, las estrellas y las nubes, junto al mar y las montañas, rodeado de árboles y animales, donde el hombre tiene su casa, su única casa, una casa de la que apenas ha construido los cimientos, una casa que no le pertenece y que ha de cuidar con todo el esmero del mundo para legarla más bella a quienes la habiten después. No hay oraciones que valgan, no sirven los sermones ni las parábolas mansas, la tierra nos llama, nos llaman los hombres que pasan hambre y necesidad, apelan a nuestra conciencia los desheredados, los desplazados, los marginados, los que nunca supieron del esplendor sobre la yerba ni la gloria de las flores. Es aquí, en el solar que piso, que pisamos, donde podemos construir el paraíso, sólo hace falta poner manos a la obra, prescindiendo para siempre del mito, de quienes lo inventaron y sustentan para que todo siga igual, como Dios manda.
Y por eso, y termino pacientes lectores, soy anticlerical, porque como decía el olvidado Atahualpa Yupanqui Dios es un capitalista al que gusta lo fastuoso y comer en la mesa de los ricos, al igual que a sus discípulos, predicadores y seguidores. Porque las iglesias, del tipo que sean, siempre estuvieron con los poderosos, siempre contra la libertad, siempre contra todo signo de progreso, siempre contra la voluntad del pueblo, contra su soberanía, contra su felicidad, amparando a explotadores, genocidas y tiranos; porque el clero dejó para ese Dios que inventó lo del más allá y decidió, sin ninguna duda, que su reino si era de este mundo, únicamente de este mundo y que este mundo era de su exclusiva competencia.
Cada vez que oigo a un cura inmiscuirse en las cosas que incumben a las personas normales, meter su hocico en lo temporal, intentar obstruir las leyes que el pueblo se quiere dar para mejorar su existencia o ponerle un final digno, pienso que no estamos tan lejos del hombre de Atapuerca, que hemos evolucionado poco, muy poco. Si fuese de otro modo, hace ya tiempo que la casta clerical habría desaparecido por su propio peso, por el peso de su patética y cruel historia.
23/02/2009
No nos remontaremos en esta ocasión a tiempos demasiado lejanos, a aquellos años del periodo de entreguerras en que Briand, Pacciardi, Stresemann, Esplá o Natoli soñaban con una Europa unida y fuerte que no fuese sólo una asociación de mercaderes, sino un Estado laico, con una Constitución fundamentada en los derechos del hombre y la renuncia a la guerra. Ese sueño, pronto cayó en el olvido y tras la Segunda Guerra Mundial todos los pasos dados hacia la construcción de Europa se han basado sólo y exclusivamente en lo económico, aunque con algunos matices.
Hasta la derechización casi completa de la política europea acaecida en los años noventa, con la imposición en todos y cada uno de los países –miembros o no de la Comunidad Europea- de las políticas neoconservadoras, existía una política agraria común que, con mayor o menor fortuna, pretendía mantener habitado y productivo el medio rural: Hoy, cuando se han retirado buena parte de las ayudas al sector y las que quedan las reciben los grandes propietarios, no hay más que darse una vuelta por las antes productivas huertas mediterráneas para ver como toneladas y toneladas de naranjas, limones, albaricoques, melocotones, sandías, patatas, cebollas y productos lácteos se pudren en la tierra abandonada o en las cámaras frigoríficas de las cooperativas que tiempo atrás se fundaron con fondos de ayuda al desarrollo procedentes de la misma UE; cómo en las vegas más fértiles se han construido miles de edificios que hoy, después de la gran estafa neocon, mezclan su silueta siniestra con escombros y con algún bancal que todavía se empeña en mantener vivo, al golpe de azadón, algún viejo inasequible al desaliento. Entre tanto, mientras el campo sigue perdiendo población, mientras las huertas van quedando yermas gracias a esa nefasta política, la mitad de los habitantes del planeta están a las puertas de una hambruna de proporciones desconocidas debido a la disminución de la producción mundial de alimentos. Se podía haber hecho mejor, pero se hizo como se hizo y de algo sirvió: Miles de pequeños agricultores siguieron cultivando la tierra, manteniendo el paisaje, apoyados en unos precios mínimos de retirada que los protegían de bucaneros e intermediarios malnacidos, también de los especuladores urbanísticos que han destrozado nuestro litoral y lo que hay más adentro del litoral; miles de viviendas solitarias, de cortijadas arruinadas, fueron rehabilitadas y reconvertidas en casas de turismo rural que sirvieron –pese a los defraudadores y pícaros- para dinamizar territorios deprimidos, recuperar parte de nuestro patrimonio y promover una actividad vacacional civilizada y sostenible que en países como España era casi desconocida. Hoy, todo eso, por la presión del Reino Unido, siempre chantajeando, siempre mirando su propio interés a costa de quien sea y de lo que sea, todo ese mundo está abandonado, dejado de la mano de ese Dios al que todavía muchos se atreven a implorar, aun a sabiendas de que sus ruegos, sus plegarias no despiertan en él más que estruendosas carcajadas, pues tiene despacho en Wall Street y todo lo humano le es ajeno.
Se habló, me estoy refiriendo al periodo Delors, que no era ningún marxista peligroso, de establecer un espacio social europeo que garantizase a todos los habitantes de la Unión los mismos derechos laborales y asistenciales; de abrir el comercio a los países subdesarrollados y en vías de desarrollo, pero imponiendo un control para que los trabajadores de esos países no fuesen niños, contasen con seguridad social y un salario digno. Ya ladraban los neoconservadores, ya a través del Caballo de Troya inglés, habían tomado posiciones en las almenas más altas. Dijeron no a las propuestas de Delors y Delors se fue. Quedaron González, Mitterand y Koln. Durante unos años mantuvieron los fondos de cohesión, las ayudas a los sectores en declive, las distintas partidas destinadas al desarrollo de los países más atrasados. Sucumbieron. Las políticas sociales, agrarias, de igualdad, eran, en opinión de los cafres que en los noventa se hicieron con el poder europeo, un despilfarro que sólo servía para mantener a vagos, gandules y caraduras. Había llegado la hora de la excelencia y la eficacia, de que los mejores, los más capaces “llevasen” las cosas del dinero público europeo. Y se hicieron con el botín. Y eliminaron las políticas agrarias, y comenzaron a elaborar directivas para “liberalizarlo” todo, para que el capital y sus dueños se movieran a sus anchas, sin restricciones, sin límite para con sus desafueros y su codicia, y convirtieron al inmigrante –que había llegado al continente dejándolo todo, jugándose la vida para poder sobrevivir, viendo como morían sus compañeros, sufriendo los rigores de la persecución policial- en un delincuente con el que se podía hacer cualquier cosa, desde explotarlo miserablemente hasta apalearlo, vejarlo, insultarlo, encarcelarlo o repatriarlo como a un animal desahuciado. Todo ello porque con su trabajo habían ayudado a incrementar los fondos de nuestra seguridad social, todo ello porque con su sangre nueva habían contribuido a rejuvenecer a la vieja Europa, todo ello porque se encargaban de hacer todos los trabajos que los europeos con pedigrí no querían hacer, todo ello porque con su sudor lograron que nuestra riqueza se multiplicara como los panes y los peces en aquella escena bíblica.
No contentos, estos nuevos salvajes que vinieron de Chicago y alrededores, la emprendieron con los derechos consolidados de los trabajadores. Autorizaron despidos libres, deslocalizaciones industriales de corporaciones transnacionales subvencionadas y jornadas laborales interminables; impidieron al Estado ser propietario de empresas de servicios esenciales, arruinaron la enseñanza y la sanidad pública, se cargaron el tejido productivo del país y el sistema financiero y nos sacaron –sin contar con nosotros para nada- el dinero de los bolsillos para reflotarlo mientras nos ahogaban con sus hipotecas y ponían sus dineros particulares a salvo de tempestades; persiguieron a los que pensaban diferente, a quienes no estaban dispuestos a pensar que Sadam era el coco del mundo y el rey de Arabia, no; a quienes veían una esperanza para América en Chávez, Morales y Correa, y escribían contra Bush y sus lacayos europeos por atizar a Marte para que llenase los campos de todos el mundo de sangre de inocentes; a quienes, teniendo presente que los judíos sufrieron una de las persecuciones más brutales del siglo XX, no estaban dispuestos a que ahora ellos empleasen los mismos métodos, inspirándose en la teoría de la guerra preventiva, para aniquilar a un pueblo indefenso y pobre como el palestino. Ampliaron Europa cuando estaba a medio hacer para hacerla inviable, permitieron y fomentaron la fragmentación de Yugoslavia, la constitución de un montón de Repúblicas independientes retrógradas en lo que antes había sido la URSS, dejaron a África a su suerte, es decir entregada a la muerte lenta en sus países esquilmados o la rápida en las pateras de la muerte.
No contentos con tanto desmán, la nomenclatura europea decidió atacar de lleno uno de los pilares fundamentales del Estado democrático: El Derecho a la Educación. Y se inventaron Bolonia para que –detrás de mucha farfulla y muchos eufemismos- la Universidad se convirtiese en un reducto reservado a las élites, para que los hijos de los trabajadores supieran de antemano que ese nunca sería su sitio, para prolongar secularmente la injusticia y el nepotismo, para eliminar de una vez por toda esa cosa tan absurda a la que llaman humanismo y no es más que una carga insufrible e improductiva para las Haciendas públicas y los bolsillos de los particulares.
Europa es un fraude. No quiero ni puedo afirmar que inexorablemente lo tenga que ser de por vida. Es más, espero que algún día cambie gracias a la toma de conciencia de quienes mantenemos ese tremendo aparato burocrático que no está al servicio de los ciudadanos, sino todo lo contrario, para hacerles la vida imposible. Europa ha dejado de creer en su tradición liberal-democrática, progresista, culta, y se ha convertido en una lonja de mercaderes perversos, de desaprensivos, de forajidos. Esa Europa no conviene a nadie, es una Europa que huele a naftalina, a pasado, a herrumbre, es una Europa que ha perdido su identidad y la busca en lo que parece fenecido al otro lado del Atlántico. Decir no a esa Europa redefinida por Blair, Berlusconi o Aznar, es decir sí a la Europa de los derechos humanos, a la Europa de la razón, a la Europa de las libertades, a la Europa del asilo, a la Europa progresiva que será la del mañana. Cuando tanto hemos esperado, nada pasa si hay que tirar el edificio y volverlo a construir sobre esas premisas: La gente bien nacida, los amantes de la libertad, ni andan con forajidos ni les obedecen.
16/02/2009
A finales del siglo XIX, Alfredo Calderón, uno de los egregios fundadores de la Institución Libre de Enseñanza –organismo impar en nuestra historia, creador de la mejor de nuestras generaciones en todos los campos del saber, al que se sigue sin reconocer sus méritos inmensurables en estos tiempos de zozobra educativa-, decía que la democracia española y europea –entre nosotros, el fin del imperio colonial, entre franceses, ingleses, belgas, germanos y yanquis, la disputa por el reparto del pastel mundial que tanto daño ha hecho a la Humanidad- parecían imitar, contra todas las leyes de la evolución, el movimiento del cangrejo, es decir, que había comenzado un periodo en el que las naciones se habían olvidado de cualquier principio progresivo para comenzar a caminar sobre sus pasos, hacia atrás. Calderón era un magnífico periodista. Director y fundador de La Justicia, republicano, ateo y librepensador, hizo de la ironía un instrumento contundente para socavar los cimientos de la monarquía corrupta de la Restauración. Por ello sufrió cárcel, fue expulsado de varias universidades y pasó las penalidades propias de todo aquel que en España ha luchado contra el privilegio, las patrañas clericales y el casticismo estéril.
Decía aquello Calderón, cuando la democracia estaba dando sus primeros pasos, cuando el sufragio era censitario en la mayoría de los países que celebraban elecciones, cuando pensar libremente y expresarlo era recompensado habitualmente con temporadas a la sombra, cuando el diminuto pensamiento de la iglesia seguía impregnando leyes, vidas y hábitos, cuando las mujeres no tenían derecho a voto, cuando el voto era manipulado por los caciques del turno, cuando los obreros se dejaban la vida por un salario digno, por una jornada laboral para personas. Se dice con frecuencia que la democracia nació en la Inglaterra del XVII, en Estados Unidos o en la Francia revolucionaria. Nada más incierto. El pueblo, utilizado para los cambios, nada tuvo que ver con las discusiones y decisiones de los lores en el Parlamento inglés; cuando Washington fue nombrado Presidente de los Estados Unidos, acudió a la Casa Blanca, todavía en construcción por su decisión, en un carruaje del que iban atados decenas de esclavos negros, los mismos que levantarían gran parte de la residencia presidencial, y a la revolución francesa, sucedió el imperio, los imperios, las monarquías hasta Napoleón III y las brutales represiones de las revoluciones del siglo XIX. ¿Cuándo, entonces, nace eso que llamamos democracia? Si nos atenemos a la frase célebre de Lincoln, “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, sin ir más lejos, sin buscar otras definiciones más complejas, no podríamos hablar de democracia hasta que esas premisas comenzaron a hacerse realidad, al menos en parte. Y no sería hasta la instauración de la III República francesa, con Gambetta, Combes, Herriot, Briand, Ferry, Clemenceau, cuando los gobiernos comenzaron a reconocer derechos a los trabajadores en las normas fundamentales, o sea al pueblo soberano. Fueron los hombres de la Tercera República, muchos de ellos partidarios del colonialismo, los que implantaron el sufragio universal, la enseñanza obligatoria, gratuita y laica, la separación entre la Iglesia y el Estado, y quienes sentaron las bases primarias –ya había actuado en ese terreno Bismarck- del sistema de protección social. Pero no nos confundamos, aquello no nació por arte de magia, sino que fue el resultado de la lucha de cientos de miles de trabajadores que clamaban por salir del esclavismo en el que la sociedad capitalista los había encerrado.
A las luchas encarnizadas de los obreros europeos por los derechos de todos, sucedieron dos guerras mundiales y, entremedias, la revolución rusa: Hoy la patria de los soviets, víctima de contradicciones internas inasumibles y de una presión exterior insoportable, yace junto a las ilusiones de millones de personas que vieron en ella la posibilidad de un mundo mejor. Empero, aquel movimiento revolucionario acaecido en 1917 en un país que vivía en el medievo zarista, no ocurrió en balde. Los cimientos de una Europa hecha a la medida de la burguesía menos ilustrada se tambalearon, los gobernantes más remisos pensaron que algo había que hacer para detener a ese fantasma que venía del Este, los defensores del privilegio y la explotación temieron por sus fortunas y sus vidas. Se inventaron el fascismo como dique sanguinario, pero el fascismo fue derrotado, salvo en España, donde lo dejaron porque España no importaba, estaba fuera de la historia. Así lo decidieron. Se repartieron el mundo. Y fue en esa Europa fronteriza y temerosa de la URSS donde de verdad comenzó a existir la democracia, el Estado Social de Derecho, el Estado Socialdemócrata que, con todos sus defectos, es el sistema político más avanzado que ha logrado construir el hombre, aunque era sólo un niño cuando decidieron acabar con él.
El movimiento obrero europeo y el miedo al contagio soviético, fueron los verdaderos impulsores de eso que se llamó Estado del bienestar, que comienza a finales de la década de los cuarenta del pasado siglo y empieza a declinar con la conversión de los sindicatos y partidos de izquierda en domésticos, hecho que permitió la llegada al poder de Margaret Thacher y Ronald Reagan con el único propósito –sabedores sus mentores y mantenedores de la debilidad de las organizaciones obreras- de desmantelar lo hasta entonces conseguido, es decir, el derecho a un trabajo y un sueldo digno, el derecho a la vivienda, el derecho a la jornada laboral de ocho horas, el derecho a una jubilación pagada al cumplir los 65 años, el derecho a la enseñanza pública gratuita y de calidad, el derecho a la asistencia sanitaria pública y de calidad, el derecho a la protección social, el derecho a recibir un salario mientras se estuviese en el paro forzoso, el derecho a la huelga y el derecho a la negociación colectiva. Todos esos elementos, unidos a las libertades derivadas de las revoluciones burguesas –libertad de pensamiento, de reunión, asociación, expresión- fueron construyendo esa enorme casa que se llama democracia, una casa que nunca se terminará de construir pues el hombre tiende al progreso y siempre tendrá ideales nuevos por los que luchar, aunque este no sea precisamente un periodo ejemplar.
Pero Thacher y Reagan –evidentemente es una simplificación- no querían sólo desmantelar el Estado del bienestar, disminuir al Estado, quedarse con los dineros públicos mediante la privatización de todos los servicios estatales. Sus propósitos iban más lejos: Ninguno de los dos creía en la democracia, ninguno de los dos sabía, siquiera, qué significaba esa palabra. La envenenaron y decidieron que lo único que tenían que hacer los ciudadanos era ir a votar si querían y si no, subirse a un puente para contemplar desde él, sin rechistar, como deshacían la obra resultante de décadas de luchas de sus antepasados, como vaciaban la democracia de contenido, como convertían a los ciudadanos en súbditos, como a los trabajadores en productores, como a los hombres en consumidores compulsivos endeudados hasta las orejas, como era sustituido el espíritu crítico por el pensamiento único, como se limitaban todos los derechos, como las llamadas democracias se iban pareciendo cada vez más, fenotípica y genotípicamente, a los regímenes que no tenían esa denominación.
Ahora, cuando buena parte de la tarea de desguace está hecha y nos hallamos en una crisis difícil de definir, los descendientes de Thacher y Reagan, al comprobar que el pueblo soberano no quiere serlo y calla, al ver, incrédulos, que nadie reacciona ante la gran estafa urdida por ellos, se han envalentonado y se disponen a pisar el acelerador: La única receta para salir de la crisis es la de siempre, menos Estado, más mangantes, menos democracia, más oligocracia, menos derechos, muchos más deberes. Los convenios colectivos, la jornada laboral, las pensiones, la libertad de expresión, el derecho a la huelga, a una educación pública gratuita y de calidad –recordemos el dinero que se da a la iglesia en España, recordemos Bolonia-, a una sanidad pública integral, son una carga para estos demócratas de pacotilla, para estos logreros, para estos indeseables que creen que el estado natural del individuo es la esclavitud, que la democracia es el gobierno de la plutocracia, por la plutocracia y para la plutocracia, que los ciudadanos no somos tales sino simples comparsas de sus fechorías, carne de explotación.
Contra ese vaciado de la democracia que prescinde del hombre, que desprecia las palabras sagradas de Lincoln, contra esa concepción perversa de la misma que justifica la tortura, la desigualdad social, la pena de muerte, la guerra preventiva, la mengua de todos los derechos, la explotación del hombre por el hombre, la mentira, la estafa, el enriquecimiento fácil, la destrucción de la naturaleza como valores inmanentes del nuevo orden mundial, ha de alzarse la voz y la fuerza de la verdadera democracia, la voz y el gesto unánime de un pueblo que no está dispuesto a consentir que le obliguen a andar como los cangrejos, hacia atrás y a toda máquina. Nadie puede quedar al margen de la lucha que se plantea, aquí no sirven las medias tintas, ni las equidistancias, está en juego la supervivencia de un modelo político basado en la libertad, la educación, la justicia, la igualdad y la solidaridad, o el regreso al tiempo de la esclavitud.
10/02/2009
El mes de enero ha terminado con doscientas mil personas más arrojadas a la escombrera del paro, doscientas mil puñaladas en el cuerpo de este país que parece haber nacido para que todos los desaprensivos aniden en él; doscientas mil puñaladas en el corazón de cualquier persona decente, de cualquier persona que se tenga por tal. Porque aunque no se lo crean, todavía quedan aquí personas decentes y perspicaces, personas que no se explican que han hecho los ricos con los inmensos beneficios especulativos obtenidos durante años, que no entienden por qué no guardaron una parte de ellos en fondos de reserva para tiempos peores, que no saben por qué empresas con beneficios y ayudas públicas anuncian cierres y despidos, que no comprenden como se consiente que se aprovechen del huracán por ellos aventado para limpiar la casa de “indeseables”, es decir, trabajadores silentes que no han hecho otra cosa que dejarse los riñones para llevar unos euros a sus hogares y acrecer exponencialmente las ganancias de sus patrones.
Hablan de la tragedia tertulianos, economistas, empresarios, sindicalistas, sabelotodo y gente que pasaba por allí. Algunos hacen notar lo duro que tiene que ser la nueva situación para esos ejecutivos y empleados de alto rango que llevaban años ganando cantidades impronunciables, del contraste de su escenografía vital: A mí esos tipos me dan exactamente igual, que hubiesen ahorrado cuando pudieron, que no se hubiesen metido en gastos inasumibles, que no hubiesen sido tan estúpidos, tan soberbios, tan ridículos, que se hubiesen mantenido fieles a la clase a la que pertenecían, que no era otra que la de los asalariados. Pero hasta tal punto me es indiferente su situación, que me gustaría ver a muchos de ellos no sólo en el paro, sino en ese lugar donde se entra a la fuerza, por un mandato judicial, y se sale también a la fuerza, cuanto te echan una vez pagada, siquiera parcialmente, la deuda contraída con la sociedad, porque muchos de ellos llevan décadas ingresando nóminas que servirían para que cien familias llevasen una vida holgada, porque, incapaces de toda idea generosa, no han dejado de hablar de excelencia y eficacia, porque cuando las cosas han venido un poco torcidas, las únicas recetas que han sabido utilizar han sido las del despido, la regulación de empleo o las jubilaciones anticipadas con cargo al Estado: Para ese viaje no hacían falta alforjas.
Hablan otros, como Fernando Fernández, rector que ha sido de varias universidades privadas, colaborador de Abc y Tele-Cinco, asesor del grupo Vocento, comentarista de la SER en representación de los círculos más próximos al neoconservadurismo, con todo el cinismo del mundo, de la necesidad de avanzar en la desregularización del mercado laboral porque el paro se está cebando mucho más en quienes tienen, o tenían, un empleo fijo que en quienes viven en precario, que en los emigrantes: Por supuesto, Sr. Fernández, quienes tienen una situación laboral precaria sólo pueden empeorar un poquito más, quienes tienen empleos basura y carecen de la mínima cobertura sindical, no tienen más remedio que trabajar en lo que sea a cambio del salario que decida ese personaje al que ustedes llaman, eufemísticamente, empleador. Su receta, extraída del libro de la explotación pura y dura, es tan clara como sencilla, tan diáfana como salvaje: Dejen a los “empleadores” hacer su trabajo, no pongan límite a la jornada laboral, hagan el despido más libre de lo que ya es –si eso es posible-, supriman las cuotas de la seguridad social, incentiven a los “empleados” para que contraten con un banco o una aseguradora su salud y su jubilación –si pasa algo, ya vendrá el Estado, o sea todos, a proveer fondos-, bajen los impuestos directos proporcionales y progresivos y, lo antes posible, suprímanlos. Dejen ustedes, sin remilgos de ningún tipo, que regresemos a la Inglaterra de Dickens, a la Europa de los siervos de la gleba, del derecho de pernada, del vasallaje, el diezmo, los portazgos, las tercias y las alcabalas, sólo así, pero nada más que así, será posible salir de la crisis que nosotros –que somos unos grandísimos cabrones, justo es reconocerlo-, con nuestras recomendaciones, hemos provocado.
Sin embargo, las recetas del Sr. Fernández, como la de tantos otros que no es preciso enumerar, debieran ser aplicadas, en primer y único lugar, a ellos mismos, a sus hijos, a sus padres, a sus primos, a su tía Antonia, esa que de niños les hacía unas deliciosas natillas, y a sus compinches selenitas, para que –sin la protección que da el privilegio- supieran en carne propia del escozor, la desazón, del amargor tan profundo que provocan, de sus efectos secundarios, colaterales y directos. Tal vez un baño en la realidad les haría, al menos, callarse para siempre. Durante los últimos quince años, se ha producido en España la mayor acumulación de capitales de la historia, los bancos batieron todas las marcas de beneficios conocidas, al igual que las eléctricas, las telefónicas, las petroleras, las constructoras, la atuomovilísticas, las gasistas: Insaciables, querían más, mucho más, lo querían todo. Empero, durante el mismo periodo de tiempo, pese a los fuegos fatuos, aumentaron las desigualdades sociales, las diferencias entre ricos y pobres, la huida del dinero hacia los paraísos fiscales. Fueron José María Aznar y Rodrigo Rato quienes por estos lares llevaron al paroxismo la economía especulativa, haciendo leyes que permitían construir en cualquier lugar del país, incitando a la gente a hacerse millonaria en la ruleta de la bolsa, permitiendo que se cerraran miles y miles de pequeñas y medianas empresas para que sus dueños se dedicasen al gran negocio del siglo: Comprar duros a cuatro pesetas y venderlos por cien. De modo que el tejido industrial español quedó desmantelado, la perspectiva del negocio rápido y cuantioso hizo despreciar el valor del trabajo y el beneficio justo, llevándonos a la situación en que en la actualidad nos encontramos.
Ahora, nos quedan las multinacionales, esas que vinieron cuando éramos pobres al calor de los salarios miserables, esas que chantajean constantemente al Estado amenazando con la deslocalización; nos quedan los especuladores con el dinero retirado del flujo financiero y a buen recaudo; nos quedan los canallas que despiden obreros aun teniendo beneficios sustanciosos y nos quedan, como no, los bancos, esos que declaran beneficios multimillonarios en plena crisis, esos que reciben montañas de euros del Estado para que agilicen los créditos a las familias, a las pequeñas y medianas empresas, esos que no sueltan una peseta porque, pese a su aparente salud, también están infectados por el virus que vino de Norteamérica y por la vorágine especuladora nacional, esos qué, deslumbrados, concedieron créditos a quien no podría devolverlos, no por altruismo, sino porque sus magníficamente pagados ejecutivos les habían dicho que los inmuebles seguirían aumentando de valor eternamente y, por tanto, multiplicarían su inversión crediticia. Pues bien, que nadie se olvide, esto es el capitalismo, así funciona la economía libre de mercado cuando el Estado es un convidado de piedra, cuando los trabajadores piensan del mismo modo que los “empleadores”. El capitalismo es un sistema cruel, enormemente cruel, para él no existen las personas, existen los productores, los generadores de plusvalías, los números, nada le importan los seres humanos, ni los blancos, ni los negros ni los que no tienen color, para ellos el hombre está al servicio de la economía, es decir a su servicio, nunca, en ningún caso, la economía al servicio del hombre. Por eso, cuando los bancos –y hablo de un sistema en el que no creo, que ansío cambiar por otro más justo- no cumplen con la función que les justifica dentro del propio sistema, cuando se han llenado los bolsillos se oro y los pies de mierda, salpicándonos a todos, se deben dar los pasos necesarios para que la cumplan, incluida su nacionalización; cuando una empresa con beneficios despide obreros o se traslada a otro lugar donde el “margen de explotación” es mayor, debe ser sancionada por el Gobierno y castigada por los ciudadanos con el boicot a sus productos.
Nadie puede afirmar con seriedad que haya existido en el mundo otro sistema económico distinto al capitalista. Ha existido el modo de producción esclavista, el feudal, el industrial, el financiero-especulativo, el capitalismo de Estado, ahora nos quieren llevar de nuevo al primero de ellos, al esclavista. Nadie puede permanecer ajeno al fondo de la cuestión, a lo que fluye por las aguas subálveas de la crisis, que no es otra cosa que otra vuelta de tuerca al garrote que atenaza nuestros cuellos individualistas: Las doscientas mil puñaladas de este mes de enero en España, no son más que una muestra de cómo las gasta un sistema que ha sabido sobrevivir a todos los cambios por su crueldad infinita y por la indolencia complaciente de quienes lo sufrimos, por nuestra pereza incomprensible y masoquista. Ha llegado la hora de mandar parar.
02/02/2009
Desde mediados del siglo XIX han sido muchos los filósofos, historiadores y economistas que han escrito sobre los ciclos económicos. Marx, Engels, Juglar, Kondratiev, Schumpeter, Mises, Mitchell o Mandel, trataron la cuestión desde diversos puntos de vista, atribuyendo sus causas a factores muy diversos. Sin embargo, pese a sus diferencias metodológicas e ideológicas, todos coincidieron en que el capitalismo lleva en su seno, en su dinámica, la semilla de la crisis: A los periodos de crecimiento y acumulación de capitales, suceden, inexorablemente, periodos de contracción económica que son tanto más graves cuanto más intensa ha sido la acumulación en el periodo expansivo. Pese al esfuerzo de tanto talento, pese a lo definitivo de sus conclusiones, desde mediados de los noventa, gracias a la estulticia y la estupidez simplista y pérfida de los economistas de la Escuela de Chicago, fueron también muchos –políticos, banqueros, empresarios, ciudadanos de a pie- quienes pensaron que todo eso eran “mitos urbanos” y que, al menos en Occidente, habíamos entrado en un periodo de prosperidad infinita. Nada se oponía al enriquecimiento exponencial de los que ya eran ricos, nada a que los que no lo eran diesen el gran salto, cualquiera podía ser dueño de una gran corporación entregando sus ahorros a un intermediario bursátil, cualquiera comprar por veinte y vender por mil, cualquiera abandonar su negocio de siempre y dedicarse a especular en la seguridad de que su medro sería altamente recompensado. Sin haber sonado las trompetas del juicio final, el paraíso había llegado a las tierras más prósperas del planeta y amenazaba con irradiar a otras que no lo eran, pero no coyunturalmente, sino para quedarse definitivamente entre nosotros, para que, por fin, alcanzásemos la tan ansiada felicidad material.
El periodo fue tan feliz, tan cegador, el espejismo tan real, tan al alcance de la mano, la soberbia tan ramplona, la suficiencia tan insultante que el Estado comenzó a convertirse en un problema, en el principal problema. Su intervención, sus impuestos directos, sus mecanismos reguladores, sus controles, sus empresas de interés público, sus hospitales, sus escuelas, sus universidades, sus sistemas de protección social… No, no podía ser, en su locura codiciosa y perturbada, consideraron que el Estado les estaba robando, que sus competencias restaban al mercado y a los mercaderes miles de billones con los que acrecer sus ya disparatadas fortunas. Dispusieron, y consentimos, que el Estado era sólo un estorbo, que nos bastábamos por nosotros mismos, que aquí el que no se hacía rico en veinticuatro horas era por inutilidad, estupidez, falta de ambición, exceso de prejuicios o moralismos pasados de moda. Comenzaron a desnudar al Estado y a entregar sus vestimentas y atributos a los mercaderes. Primero privatizando empresas públicas rentables, luego externalizando servicios, más tarde desregularizando el mercado laboral, después suprimiendo los mecanismos de control sobre los flujos de capitales y, por fin, asaltando, como si fuese la toma del Palacio de Invierno pero al revés, los servicios públicos y los derechos esenciales, aquellos que como la salud pública, el seguro de desempleo, las pensiones, la jornada laboral, la educación, el derecho al descanso, la asistencia social, se consiguieron tras décadas de luchas dramáticas del movimiento obrero internacional, aquellos que en manos de gestores y propietarios particulares podían suponer el mayor negocio de cuantos el hombre ha conocido a lo largo de su historia. Se había dado un paso más en el camino hacia la locura, ya no bastaba con esquilmar bosques y selvas, ya no bastaba con arrancar las entrañas a la tierra hasta dejarla huera, ya no servía con llenar ríos, campos y montañas de mierda, ya no era suficiente con provocar un cambio climático de consecuencias irreparables, ni siquiera las guerras preventivas con miles de muertos inocentes saciaban su voracidad, no, ahora se trataba de negociar con la enfermedad, con la vejez, con la dependencia, con la desgracia, con el sufrimiento de toda la Humanidad: Había que transferir todos los dineros públicos a manos privadas, en la seguridad –decían para justificarse- de que se lograrían servicios más eficaces, cuando lo pretendido era sólo y exclusivamente apropiarse de los presupuestos generales de los Estados en beneficio propio sin que les interesase lo más mínimo el bienestar ciudadano.
Los Estados, sobre todo los de la Unión Europea –en Estados Unidos el fenómeno había empezado antes-, callaron hipnotizados por la avalancha neoconservadora, hicieron la vista gorda ante el apabullante atropello, ante el saqueo de lo público, de lo de todos: Mientras duraba esa toma de la Bastilla como última batalla de los estrategas neoconservadores, mientras prosperaba la anarquía de derechas, el “hágase usted rico como quiera y dónde le de la gana”, sus arcas iban recibiendo grandes cantidades de dinero gracias a las “desamortizaciones” y a los ingresos vía impuestos indirectos. Así que, aun a sabiendas de lo que ocurriría en el medio plazo, se impuso el silencio. Pero no sólo calló el Estado democrático, que en su moderna conformación sólo se sustenta en la defensa del bien común, sino que callaron los sindicatos, llegando a convertirse en organizaciones domésticas –cuasi funcionariales- preocupadas sólo por lo inmediato, negando, de ese modo, su propia razón de exisitir; callaron las asociaciones de vecinos, convertidas, en el mejor de los casos, en organizaciones para el fomento del dominó, el julepe y el mus; callaron las APAS, impasibles ante la destrucción de la enseñanza pública, transformadas en entidades dedicadas casi exclusivamente a repartir camisetas y agendas escolares; callaron los ciudadanos particulares, que son quienes nutren a los partidos, a los sindicatos, a las asociaciones de vecinos y de padres de alumnos.
El ciudadano de a pie, ese que tanto se queja hoy al sufrir o presagiar la hoguera de las vanidades, abandonó al Estado a su suerte, que no era otra que la decidida por los broquers de las bolsas mundiales, los ejecutivos de Wall Street que en 2008 se embolsaron más de tres billones de pesetas extraídas de nuestros bolsillos para hundirnos en el cieno. Pasaron de la cosa pública, llamaron corruptos a los políticos y, seguros de si mismos, se desligaron de quienes hasta hacía poco eran de su misma clase, construyendo una sociedad de castas marcadas únicamente por el nivel de ingresos, el nivel de su “urba”, el precio de su coche o las veces que podía acudir a un restaurante de a doscientos el cubierto. Ya no había Estado, ya no había clases sociales, el otro se había convertido en un competidor, en un enemigo a batir. Destruidos los lazos de solidaridad social, los mecanismos que los hombres de otros tiempos nos legaron, con su sangre, para defendernos de los “tiburones” desaprensivos y malnacidos, habíamos llegado al principio, a la ley de la jungla. Y estalló, vaya que si estalló, estalló la mentira, la gran estafa, y nos cubrió a todos de lodo, y desaparecieron los cofres llenos de joyas deslumbrantes y billetes de quinientos euros, y se hizo de noche para que las grandes estrellas del mayor timo jamás conocido pudieran escapar a sus paraísos sin ser vistos por nadie.
Entonces, no acudieron los trabajadores a afiliarse en masa a los sindicatos y partidos de izquierda, a revitalizarlos, a echar de ellos a los inútiles, a los comparsas, para poder defender sus intereses y los de sus descendientes, para poder recuperar la senda que llevaba a un mundo más justo para todos, no. Fueron los logreros, los trajinadotes, los manijeros de fortunas incontables quienes pidieron que volviera el Estado, que interviniese la banca, que allegase cantidades inmensas de dinero para mantener un sistema financiero lleno de basura especuladora, para resucitar las industrias que los fuegos fatuos del dinero fácil habían diezmado, para que se hiciese cargo de las millones de hipotecas contraídas por personas que no tenían ingresos suficientes para cubrirlas. Y el Estado acudió con todos sus pertrechos porque el colapso del sistema financiero y la industria mundial no suponía otra cosa que la quiebra, el paro y la miseria de todos, de quienes habían sido cegados por el brillo rutilante del oro para hoy y hambre para mañana, de quienes habían vivido honradamente de su trabajo ajenos a la estafa que estaban urdiendo a su alrededor.
Hoy, la mayor parte de los países desarrollados están en recesión; buena parte de los países emergentes, han comenzado a decrecer y los países pobres, que son mayoría, están amenazados con hambrunas de otros tiempos. Cualquier pronóstico sobre el futuro es errático, nadie, ni los más sabios especialistas, saben que pasará ni hasta donde llegará la tormenta. Pero una cosa debiera quedar clara para todos: Que los responsables de este desaguisado no son otros que los adalides del neoconservadurismo, los partidarios de desmantelar el Estado en beneficio propio, los gobernantes que consintieron y callaron, los sindicatos y partidos domésticos y los ciudadanos abúlicos y egoístas que en su soberbia dejaron perder su mayor bien: La conciencia de ser lo que se es.
Estamos seguros de que saldremos de esta crisis porque la historia nos enseña que el hombre siempre ha caminado hacia delante, hacia mayores cotas de progreso, bienestar y libertad, entretanto, creemos llegada la hora de aprender la lección para siempre: Que sólo si el pueblo permanece unido –rechazando frontalmente a los derrotistas, apolíticos, desclasados, delincuentes de guante blanco, arribistas y demás virus de propagación rápida, insidiosa y letal cuando las sociedades se tornan individualistas e insolidarias-, participa activamente de la cosa pública y reacciona con responsabilidad y energía, no en un solo país, no contra un gobierno determinado, sino en todos los países, con un grito unánime y acusador, rabioso e imperturbable, conseguiremos arrojar al basurero de la historia a quienes nos han metido en este lodazal, retomando la ruta que nunca debimos abandonar, la del desarrollo sostenible, la libertad, la igualdad, la fraternidad, la justicia y el progreso para todos. Otro mundo es posible.