Hace ya seis años de aquella funesta reunión. Los líderes del mundo libre y un par de palmeros ibéricos se reunían en las Azores para presentar, como si de CR9 se tratara, la segunda guerra de Irak, de nueva patrocinada por la industria petrolera pero esta vez con invasión total y posterior ejecución de Saddam Hussein, un antiguo y apasionado amante árabe, caído ahora en desgracia. Como si de una broma morbosa se tratara, bautizaron aquello guerra, maldecida por el mundo, como Operación Libertad Iraquí. Hace ya seis años, el río de sangre comenzó a inundar las calles de Bagdad, ahora convertido en un océano de dolor que ahoga cada día la vida de millones de inocentes. Y es que lejos de llegar, la libertad se ha convertido para los iraquíes en una pesadilla mayor que el extinto brazo de hierro baasista. La coalición, invasora de la tierra e invasora de los derechos humanos, torturadores de Guantánamo y Abu Ghraib, tramposos de Hamid Karkai y en definitiva embajadores del miedo, ha pervertido tanto el término, que la libertad es para los iraquíes, la palabra que precede a un tiro en la nuca. Hoy, el estruendo en Bagdad ha sido mayor que el de una bala y aunque algunos creían que los talibanes se habían apuntado al Yes We Can, tan sólo 4 días después de que unos suecos coronaran a Obama como hombre de paz, la sangre vuelve a brotar a borbotones por las calles de Irak. Hoy George Bush, Tony Blair, José María Aznar, Silvio Berlusconi, Jhon Howard y algún olvidado más, suman al milenario contador de su conciencia 150 nuevos muertos. Afortunadamente para ellos, el ego y la codicia se encargó hace seis de años de asesinar a ese maldito invento comunista.
Desde 2007 no se producía un atentado de semejante magnitud en Bagdad y la noticia ha pillado por sorpresa a EE.UU. Acostumbrado y asimilado el tradicional goteo de muertos, creía ya superada la etapa de las grandes masacres colectivas. Un reflejo más de una desastrosa estrategia cuyos objetivos siempre han sido fijados muy por encima de los esfuerzos aplicados en su consecución, basados en buena parte en la esperanza de un sentimiento anti Saddam, que la barbarie yankee ha convertido en añoranza. Ahora, en Bagdad, cualquier tiempo pasado fue mejor.
La ejecución de Saddam Hussein, lejos de solucionar nada, ha transformado un país que con el dictador sobreviva adormilado y que sin él, ha despertado más radical que nunca y aunque la voz de Obama suene armónica en El Cairo, este hastiado país, ya no se duerme con cualquier nana.
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Oct
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