Ha ganado tres ligas y tres supercopas de España, una copa del Rey y una supercopa de Europa y ha impulsado la imagen internacional del club a límites hasta ahora desconocidos. Durante su etapa ha florecido una de las generaciones más brillantes de la cantera y hoy día el equipo que dirige practica un fútbol que enamora medio mundo.
En condiciones normales, Joan Laporta sería el mejor presidente de la historia del Barça, pero en la España que se rompe con el estatut secesionista, ser catalán, en ocasiones, resulta un tanto anormal. Si fuera castellano-manchego o valenciano, a ojos de todos sin excepción, su rostro merecería un monolito en Canaletas y si fuera andaluz, además, resultaría hasta gracioso. Pero Laporta es de Barcelona y eso ya le convierte en sospechoso. Algo parecido le pasa a Xavi o a Puyol, que a pesar de demostrar su compromiso con la selección durante años, muchos recelan del sentimiento nacional de un tal Carles y un tal Xavier. La direncia radica en que lo de los jugadores no pasa de sospecha, mientras que lo del presidente es un hecho confirmado. Fue el propio Laporta, antes de su llegada al club, quien en un acto de sinceridad suicida confesó el delito; es independentista. Para un sector importante del país, esto significa necesariamente que el presidente del Barça fabrica cócteles molotov, tiene varias ametralladoras en casa y el 11 de marzo de 2004 Pedro J le vío por los alrededores de Atocha hablando en vasco por el móvil.
En un principio la crítica se limitaba al plano deportivo y Laporta, a pesar de los títulos, se había transformado en el enemigo más peligroso para los intereses del equipo, pero ahora, visto que los éxitos en el campo podían más que un par de excesos de verborrea, el ataque pasa a un plano personal. El panfleto La Gaceta, nueva herramienta desinformadora del grupo mediático ultraderechista Intereconomía , ha publicado unas fotos del presidente del Barça en plena euforia etílica en una discoteca, durante la celebración de la victoria sobre el Real Madrid. Una actitud en la que todos alguna vez, e incluso peor, nos hemos encontrado, cuya divulgación supone la quebrantación de cualquier código ético profesional, además de una vulneración del derecho a la intimidad de Joan Laporta. El delirio de un difamador de la casa ha revelado las verdaderas intenciones de la artimaña: "esto inhabilita a Laporta para su carrera política. Un tío que hace esto no puede ser presidente de Cataluña."
Quede claro que me sumo a la crítica generalizada sobre la politización que Laporta hace últimamente de su cargo, pero lo que no pasa de ser un hecho opinable, no justifica el ataque encarnizado que se centra ahora en su figura, pero que esconde una aversión antidemocrática a una ideología concreta y estigmatizada por los salvapatrias de siempre, que no son capaces de ver más allá del muro rojigualda.