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Nada más abrir los ojos esta mañana me he dicho que si no pensaba mucho en ello lograría evitar la tentación.
En el tren, varios viajeros leían prensa gratuita cuya portada informaba en grandes letras de los primeros resultados prácticos de la Ley Antitabaco. En el metro un grupo de muchachas especulaba sobre las posibilidades de esparcimiento sin privarse del vicio de fumar el próximo fin de semana. En la oficina no se comentaba otra cosa; había cierta confusión acerca de la distancia preceptiva a guardar frente a un hospital, un parque infantil o un colegio para no infringir la norma. He aprovechado los escasos minutos disponibles del café para echar un vistazo rápido al periódico, que narraba, cómo no, las anécdotas más llamativas en los aledaños de bares y restaurantes con motivo de la inauguración del veto al tabaco. Entre tanto, por la televisión del establecimiento emitían un reportaje en el que un joven sonriente entrevistaba a grupos de fumadores igualmente sonrientes que expulsaban sus humos al aire.
De niño me mareaba en los coches. En los viajes largos, desde que iniciábamos la marcha, siempre había un mayor emperrado en repetirme una y otra vez que si no pensaba en ello no me marearía, hasta que lograba que yo le vomitara encima.
A media mañana no he podido resistirlo por más tiempo: he salido corriendo de la oficina, me he apartado hasta un cercano descampado y, allí, he respirado hondo y después he encendido un cigarrillo.