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18.08.10

Permalink 04:24:01, Categories: Artículos

Serbia 2010

«Contad que somos gente normal», nos pidieron, sólo a medias en broma, la noche anterior a nuestro viaje de regreso.

Son una familia como otra cualquiera de cualquier otro rincón del mundo, con la particularidad de que el rincón en el que ellos sobreviven es Serbia. Mientras la OTAN bombardeaba salvajemente sus ciudades a finales de los años 90, los principales medios de comunicación occidentales presentaban ante millones de personas a los serbios como una comunidad fanatizada por el nacionalismo y la sed de sangre. Ellos veían los ojos desorbitados de los niños aterrorizados por las explosiones y presenciaban la demolición de edificios públicos y privados, puentes, fábricas y hasta hospitales, al mismo tiempo que a nosotros se nos adiestraba para odiarlos. Es de esta manera como la propaganda de los tiempos modernos forja la mentalidad canalla y la indiferencia por el sufrimiento ajeno: la base es la ignorancia del otro. Quizá siempre haya sido así.

Durante trece días hemos convivido con unos amigos serbios, residentes de Pančevo, una pequeña ciudad de la provincia de Voivodina próxima a Belgrado. En tan poco tiempo es imposible conocer una ciudad, por supuesto, y mucho más labrarse ni una somera idea de la realidad de un país entero. Pero yo sólo pretendo hacer partícipe a quien le interese de las impresiones de un viaje muy especial, igual que quien narra las anécdotas de unas vacaciones en la costa. A fin de cuentas, esto es un blog.

El salario medio en Serbia puede que no supere los 300 euros al mes y, sin embargo, salvo en los alimentos, y no en todos, los precios son muy similares a los de España, e incluso en productos como el combustible, superiores. Es más, el centro de Belgrado está repleto de joyerías y muy caras tiendas de moda, en las que es de suponer que realizarán sus compras los miembros de la elite social que se ha apoderado a la larga de los frutos de la destrucción de Yugoslavia. Porque el resto de la población bastante tiene con lograr hacer una comida al día. La clase media ha sido pulverizada. Por las carreteras que atraviesan la capital pueden verse destartalados Yugo, Seiscientos que se diría funcionan de puro milagro o Mercedes que en tiempos pudieron ser excelentes máquinas pero hoy avanzan con la fatiga de un anciano, junto a rutilantes cochazos de lujo que se exhiben como arrogante prueba de riqueza.

Lo que sí es barato, y muy barato, es el tabaco, y la mayor parte de los serbios fuma sin cesar, en todas partes, también dentro de los coches. Y beben el café turco, negrísimo y áspero, mientras charlan. Son buenos e inteligentes conversadores. En el patio de la humilde casita que nuestros amigos poseen en Pančevo, disfrutamos de varias largas y agradables tertulias nocturnas con nuestros anfitriones y algún que otro vecino que se acercaba. Hablan de política con una mezcla de sarcasmo, resignación e ira, sin eludir mirar a la realidad de frente, con conocimiento de causa. Les repugna la corrupción que infesta el país y desconfían tanto de las promesas vanas de sus políticos profesionales como de la intervención en los asuntos serbios de organizaciones internacionales como la Unión Europea.

En Serbia, además, no es necesario ser muy viejo para recordar tiempos mejores, las décadas de los 70 y los 80, en las que formaban parte de la Federación de Yugoslavia y gozaban de un envidiable nivel de vida gracias a un modelo único de socialismo con autogestión empresarial que permitió armonizar la justicia social y la satisfacción de las necesidades de consumo junto a la iniciativa particular y la participación de los trabajadores en las decisiones de producción. Fueran cuales fueren los defectos de aquel modelo económico, para cualquier serbio que no se haya aprovechado de la rapiña del país resulta desoladora y humillante la comparación de su existencia de ahora con la de entonces. Han presenciado la degradación y el desmembramiento de su patria y la sumisión de sus antaño prósperas comunidades en la penuria, desde principios de los 90, en apenas diez años atroces de sangre, traiciones y desgarros. Aún quedan huellas visibles de la contribución a la catástrofe de nuestros muy democráticos gobiernos occidentales en las fachadas derruidas por las bombas de edificios de Belgrado que todavía no se han podido reconstruir. Y el desaliento que esta desgraciada decadencia provoca en los ciudadanos serbios se refleja en una abstención en las elecciones que ronda el 60 por ciento, lo que trae de cabeza a las autoridades, dado que la ley exige allí una participación mínima en los comicios para que se den por válidos.

De ello hablamos con Josip Broz Joška, nieto del que fuera fundador de la nueva Yugoslavia tras la Segunda Guerra mundial y mítico luchador antifascista, Josip Broz Tito, en el restaurante del pequeño hotel que regenta en Belgrado. Nos concedió una entrevista que aparecerá publicada previsiblemente en el número de octubre de Mundo Obrero, en su calidad de presidente del recientemente creado Partido Comunista, resultado de la fusión de varias organizaciones comunistas en un congreso de unidad celebrado en la ciudad de Novi Sad el pasado mes de noviembre. Aún están enfrascados en la tarea de recoger las diez mil firmas que legalmente se exigen en Serbia para poder registrar un nuevo partido político, lo que prevén que harán durante el mes de septiembre. Piensan presentarse a las elecciones y quieren dirigirse con preferencia a los miles de ciudadanos que se abstienen asqueados por la carestía de la vida y la corrupción generalizada. Los serbios han podido experimentar en sus carnes, más que en ningún otro país, nos dijo Josip Broz, que el capitalismo no les proporciona ni una sola ventaja y ha extendido, en cambio, la pobreza y la injusticia. El Partido Comunista ha entablado ya relaciones con organizaciones comunistas y de izquierdas de Bosnia, de Montenegro y de otras antiguas repúblicas de Yugoslavia; se llama Partido Comunista, sin el añadido de «serbio» o «de Serbia», precisamente porque se proponen como meta última, aunque remota, la reconstrucción del proyecto histórico de la Federación Yugoslava. De manera inmediata, proponen la recuperación de los sistemas públicos y universales de sanidad y educación, la paralización y reversión de las privatizaciones y elevar el nivel de vida de la población. Como providencia primera e ineludible, en caso de que llegaran al poder, promoverían el juicio y «castigo ejemplar» de cuantos se han enriquecido a costa de la destrucción del país. La tarea que tienen por delante no es fácil, desde luego, pero se muestran esperanzados.

Serbia es un país verde y hermoso. En el sur abunda el paisaje montañoso y el norte es llano, pero igualmente feraz por efecto de un clima húmedo. Belgrado es una ciudad colmada de encantadores rincones, como el barrio bohemio, y Novi Sad resplandece con edificios de arquitectura soberbia y llena de colorido. Pero hay otras muchas villas, más pequeñas, de deslumbrante belleza. Los serbios, tanto hombres como mujeres, acostumbran a ser altos y delgados y de muy atractivas facciones. Los belgradeses gustan de pasear, jugar al ajedrez o bailar en el gran parque de Kalemegdan, o tomar el sol y bañarse en el que llaman pequeño mar de Belgrado, en donde se unen los ríos Sava y Danubio. Son amantes de la pesca, para la que el Danubio es un prodigioso regalo de la naturaleza, aunque hoy en día no son pocos los que pescan para poder comer antes que por deporte. También le han cogido afición muchos de ellos a los culebrones latinoamericanos, que ven en televisión en versión original con subtítulos en serbio, razón por la cual aprenden frases en nuestro idioma, si bien con frecuencia no retienen del todo su significado. Una noche, en un crucero por el Danubio, una joven que se percató de que éramos españoles quiso tener con nosotros la deferencia de mostrarnos lo que sabía de castellano y le espetó a mi compañera, con marcado acento venezolano: «¡Dame la pistola!»

Son, en su mayoría, buena gente, como en cualquier otro lugar. Pero el lugar del que ellos son ha estado en demasiadas ocasiones en el centro de las ambiciones de los poderosos a lo largo del siglo XX, y aun antes. Habitan el mismísimo corazón de Europa. Allí se cruzaron los fuegos en las dos guerras mundiales, y en los años 90 se concitaron los intereses imperialistas de Alemania, Estados Unidos y el Vaticano con nacionalismos destructivos y convenientemente atizados desde el exterior. Y la vida de la buena gente de Serbia, como la de la buena gente de Bosnia o de Croacia o de Montenegro, se hizo astillas. El objetivo de despedazar Yugoslavia equipara a Hitler con los dirigentes de la OTAN –que en los Balcanes había que conseguir que cada cual no pudiese aguantar a su vecino era una máxima muy querida del tirano del Tercer Reich. Con la diferencia, claro, de que la OTAN triunfó en aquello en que Hitler había fracasado. Con el paso del tiempo, pueden comprenderse mejor las razones. Imagínense que, en la actual crisis del capitalismo, existiera un Estado socialista independiente como Yugoslavia en Europa que garantizase a sus ciudadanos un buen nivel de vida. Los serbios, por su parte, bromean: «¿Crisis? Nosotros llevamos en crisis desde hace veinte años».

Los habitantes de Pančevo saben mucho de esto, y también de manipulación mediática. Pančevo sufrió la ocupación nazi hasta 1944, y en 1999 fue bombardeada por la OTAN con especial ferocidad por poseer objetivos militares como la refinería de petróleo, la fábrica de aviones Lola-Utva y plantas químicas. «Si Hitler hubiese dispuesto de las posibilidades de manipulación que ofrece la televisión en la actualidad, habría ganado la guerra», nos dijo Branca la noche anterior a nuestro regreso. Y añadió: «Contad que somos gente normal».

Gente acogedora, sonriente, generosa… buena gente que merece una vida mejor.

A Branca, Mićo y Aleksandra, a toda su familia y amigos, a todos los serbios que compartieron estos días con nosotros, de corazón, hvala!

Algunas fotografías del viaje:


Edificio bombardeado por la OTAN en 1999. Belgrado.


Juegan al ajedrez en el parque Kalemegdan, de Belgrado


Bailando. Una escena cotidiana.


El Vencedor, símbolo de Belgrado.


Playa del "pequeño mar" de Belgrado.


El Danubio, por la noche.


Detalle del barrio bohemio de Belgrado.


Entrevista con Josip Broz, presidente del Partido Comunista.


Vista desde el mirador de Novi Sad.


Fachada de la facultad de Derecho de Novi Sad.


Venta de libros en la calle, algo muy frecuente en las ciudades de Serbia.


Subida al monumento al soldado desconocido. Montaña de Avala. Belgrado.


Hay seis figuras femeninas en el monumento al soldado desconocido, que representan a las cuatro repúblicas y las dos regiones autónomas de Yugoslavia.


Torre en la montaña de Avala. Esta torre fue destruida por los bombardeos de la OTAN y se ha construido de nuevo.


Vista desde lo alto de la torre.


En el descenso de la montaña de Avala, fuimos entrevistados por la televisión serbia.


Entrada al museo de la historia de Yugoslavia, en donde se encuentra la tumba de Tito. Belgrado.


Estatua de Tito

31.05.10

Permalink 23:21:10, Categories: Artículos

Siempre nos quedarán los toros

En mis años mozos, que no son tan lejanos, ser marxista obligaba a un determinado esfuerzo intelectual. Uno tenía que estudiar la composición orgánica del capital y profundizar en la determinación del valor en las sociedades capitalistas para poder desvelar de qué modo el conjunto de la estructura económica privatizaba los beneficios y socializaba las pérdidas. Es decir, cómo unos pocos, dueños de los medios de producción y de cambio, se apropiaban de la mayor parte de la riqueza que producía el trabajo del resto. La forma en que se verificaba el robo no siempre era evidente; había que demostrarlo penetrando en las tripas del engranaje del sistema.

Si alguna ventaja entraña, hoy en día, la emergencia del capitalismo mafioso y de casino en el que vivimos es que el saqueo salta a la vista, razón por la que muchos discursos propagandísticos que tratan de justificarlo se escudan en la mera, mezquina y humillante resignación ante lo inevitable. ¿Quién duda acerca del origen de la crisis actual? Una pandilla de piratas que se dedican a especular con los recursos financieros sobre los que se sustenta el sistema llevaron al mundo al borde del abismo. Y los Estados, en lugar de juzgarlos y encarcelarlos después de hacerse cargo de la situación, los salvan con miles de millones de dinero público, que ahora vamos a pagar entre todos con rebajas de salarios, pérdida de derechos sociales y extensión trágica del desempleo y de la miseria. Vamos a costearle la juerga, entre todos, a una patulea de criminales que aparte de ladrones son unos incompetentes, dueños de los llamados “mercados”, en cuyas manos dejan nuestras vidas los gobiernos que elegimos. Es sencillo de entender, ¿verdad? La pregunta es: ¿por qué nos resulta más fácil aún aceptarlo?

La dificultad hoy, pues, no estriba en comprender lo que está pasando, sino en organizar la resistencia ciudadana frente al atraco. Porque durante estos años se han comprado demasiadas voluntades, se han acomodado a las prebendas burocracias sindicales cuya obsecuencia hacia el poder roza el ridículo, se han arruinado y adocenado organizaciones políticas y sociales de izquierdas y se ha cultivado la apatía y el miedo hasta la parálisis general que puede convertirse en nuestra peor condena.

Y no es necesario elevar la vista a la crisis mundial para asombrarse por la infamia y la pasividad que mutuamente se alimentan. De arriba abajo y de abajo arriba se reproducen los mismos actos e idénticos comportamientos.

Permítanme que les hable de un caso de mi pueblo madrileño, Leganés, que bien podría tomarse por parábola de los tiempos que corren.

En Leganés hay una célebre plaza de toros conocida como La Cubierta que se construyó en suelo municipal hacia mediados de los 90 del siglo pasado y cuya explotación económica se cedió en régimen de concesión administrativa, para más de setenta años, a la misma empresa que la edificó. La empresa aportaba, en consecuencia, la construcción, amén de permitir al Ayuntamiento el uso de la plaza durante un determinado número de días al año y organizar los espectáculos taurinos y los encierros de las fiestas patronales de agosto. A cambio, obtenía la posibilidad de lucrarse tanto por la organización de eventos, y no sólo taurinos, como por la explotación de los locales comerciales adosados a la plaza. A lo largo de más de medio siglo. En suelo municipal, en pleno centro de la ciudad. Éste es el perfil característico de los negocios en nuestro país: los recursos son públicos y el beneficio es privado. Es de resaltar que en su día acordaron tanto la construcción como el régimen de gestión de la plaza de toros el PP y el PSOE, con la oposición de IU. Que los negocios unan a los dos grandes partidos por encima de la simulación teatral de enfrentamientos no es un hecho insólito, por cierto.

La empresa que en la actualidad gestiona la plaza, tras haber absorbido a la inicialmente adjudicataria a finales de los 90, se llama Asuntos Taurinos y Espectáculos SL. Por lo que parece, en los últimos años el negocio no marcha, acumula cuantiosas pérdidas y su gestión empresarial viene siendo cada vez más desastrosa. Puestos a pensar en las posibilidades de salvación de la ruina, a los administradores de la sociedad mercantil y a los responsables máximos del Ayuntamiento se les ha ocurrido la solución de siempre: que las arcas públicas paguen los platos rotos. La novedad, y no menor, en esta ocasión es que el grupo municipal de IU, en cuyas manos están las concejalías de urbanismo y de festejos, se ha sumado al “consenso”.

El asunto viene rodando por despachos y mentideros de Leganés desde hace aproximadamente dos años. Ha habido informaciones cruzadas, no siempre fiables, negociaciones, tanteos. Y, por fin, hace unas semanas, se aprobó en el pleno del Ayuntamiento una moción en la que, tras reconocer el persistente incumplimiento de sus obligaciones por parte de la empresa concesionaria, se llega a la asombrosa conclusión de que lo que corresponde es rescatar la gestión de la plaza y determinar la cuantía que el Ayuntamiento habrá de pagar a la empresa por ello. Es decir, que se pretende pagar a la empresa por librarla del lastre de la plaza de toros, cuya gestión le resultaba enormemente gravosa, y cargar con tal lastre a la ciudad, dado que, por lo visto, no hay asuntos más importantes a los que destinar los recursos de todos en estos momentos. Se ceden medios públicos para la explotación de un negocio privado y, si el negocio no funciona, se cubren las pérdidas con más medios públicos. El riesgo empresarial es un mito. Para redondear la operación, ha habido declaraciones, por ejemplo del portavoz del PP, admitiendo la posibilidad de que al menos una parte del pago a la empresa se haga con suelo municipal, algo manifiestamente ilegal.

La moción está suscrita por el PP, por el PSOE y por IU. Únicamente se opuso el concejal del grupo ULEG (Unión por Leganes), un representante de veintisiete. Fíjense cómo, en las cosas importantes, en mi pueblo son capaces de ponerse de acuerdo.

Nada me sorprende ya ni nada espero de los dos grandes partidos de este país. El PP aún no ha dado ni una sola explicación seria del monumental saqueo de la trama Gürtel y viene entregando por fascículos la sanidad madrileña a los ladrilleros. La operación de la plaza de toros de Leganés es coherente con su deplorable forma de entender las políticas públicas. El PSOE aún tendrá la desvergüenza de recortar el salario de los trabajadores del Ayuntamiento de Leganés, para ponerse a tono con la rebaja salarial de todos los empleados públicos decretada por el gobierno del Estado con el fin de dar gusto a los especuladores financieros.

Lo de los concejales de IU, que previsiblemente respaldarán las movilizaciones sociales contra el plan de ajuste de Zapatero, es más triste. Demasiado nos hemos destruido ya en la izquierda de este país, labrando nuestro propio descrédito a fuerza de hacer lo contrario de lo que decimos. O volvemos a predicar con el ejemplo, o seguiremos predicando en el desierto hasta que en el desierto no quede, de verdad, absolutamente nadie.

10.05.10

Permalink 21:01:23, Categories: Artículos

Gürtel: la profundidad del lodo

Acerca de la trama Gürtel existen dos relatos canónicos, como corresponde al bipartidismo reinante en nuestro país. Y, como cabía esperar, los portavoces de ambas narraciones han hallado la confirmación de sus teorías en el sumario cuyo secreto levantó el juez Antonio Pedreira el pasado 6 de abril. Idénticos hechos son para cada quien prueba de conclusiones opuestas. En lo que sí coinciden unos y otros, por supuesto, es en cuidarse de evitar que la profundidad de la mierda vaya a alcanzar los cimientos del sistema. Pero es cabalmente un sistema podrido de arriba abajo y no una anormalidad indecorosa dentro de un sistema en conjunto saludable lo que aparece un día tras otro ante nuestros ojos.

El relato canónico de los medios afines al partido del gobierno dice que la trama Gürtel es una red de corrupción vinculada al Partido Popular, que habría actuado con completa impunidad durante años, en especial en las comunidades autónomas controladas por esta formación -Madrid, Valencia y Galicia sobre todo. Los indicios apuntan a que ello es cierto, y el PSOE ha exigido con razón a Mariano Rajoy que asuma sus responsabilidades. Pero, cuando una red de corrupción alcanza las proporciones de la que nos ocupa e infesta hasta los tuétanos al principal partido político de la oposición así como a las Administraciones Públicas sobre las que rige, es inevitable concluir que el conjunto del Estado es permeable a la extorsión y al saqueo. No estamos ante el caso aislado de una pandilla de truhanes, sino ante el fracaso de todos los controles públicos de la democracia. Y ello requiere del partido del gobierno algo más que el reproche. Aparte de que predique con el ejemplo, naturalmente, cosa que está muy lejos de hacer.

El relato del propio PP resulta, por razones obvias, aún más inconsistente. La trama Gürtel se reduciría a un puñado de pillos que se ganaron el corazón generoso del ex tesorero del partido, don Luis Bárcenas, se aprovecharon de la proverbial buena voluntad de la derecha española y, si acaso, habrían hecho caer en la tentación a unos pocos miembros del partido con desusada afición por el lujo. Una desgraciada anécdota, en suma, de la que se estaría sirviendo la que para el PP es la verdadera trama, esto es, la conspiración de policías y jueces empeñados en hundir al partido de la derecha. En el colmo de la desvergüenza, el PP se presenta a sí mismo como la víctima de la historia.

Los portavoces de la derecha niegan que del sumario se pueda inferir la existencia de un engranaje de financiación ilegal del PP. Y es verdad que la financiación del partido no parece ser la única finalidad de la trama, ni siquiera la principal de alguno de sus protagonistas, a los que el enriquecimiento personal sin duda les despierta mayor entusiasmo que la salvación de la patria. En la comparación entre la trama Gürtel y el escándalo de Filesa se aprecia una evolución que ya fue advertida por el profesor Alejandro Nieto en su libro El desgobierno de lo público. Los “conseguidores” de cada partido se percatan de que en el ejercicio de su ingrata tarea de intermediarios pueden quedarse con su trozo de pastel y comienzan a actuar por su cuenta, para beneficio propio más que de la organización. Pero ello, no sólo no es incompatible con la financiación fraudulenta del partido, sino que llega a convertirse en uno de sus requisitos. La doble contabilidad del PP en Madrid desvelada en el lápiz de memoria que se incautó la policía y el mecanismo de pagos de facturas falsas por Fundescam con el fin de sufragar las campañas electorales de Esperanza Aguirre son, en cualquier caso, de sobra significativos.

Al margen de los relatos canónicos, y bajo el aluvión de nombres, cifras y empresas, las estrategias depredadoras que se vislumbran no son en exceso complejas ni muy originales, incluido el legendario código de honor de la omertá. No se olvide que el ex secretario de los populares valencianos Ricardo Costa cayó en desgracia más por lo que dijo que por lo que hizo.

Están las andanzas de los personajes estelares: Francisco Correa, don Vito, Álvaro Pérez, el Bigotes, o el ex secretario de organización del PP gallego Pablo Crespo. Hay una red de empresas que se dedican a organizar eventos y, presuntamente, a obtener dinero de las Administraciones Públicas por servicios no prestados, blanquear capitales sacándolos fuera de España y reintroduciéndolos en sociedades exentas de impuestos, generar facturas falsas o intermediar en operaciones urbanísticas. Las cantidades manejadas son astronómicas y marea el alcance del tinglado. A poco que uno haya seguido la prensa del último año habrá sentido el vértigo de hallarse ante un monstruo sin fin conocido. Pero las proporciones no deben nublar el meollo: Gürtel, de confirmarse lo que el sumario recoge, es un entramado de saqueo masivo de la riqueza pública del país.

Llegar hasta el final en la investigación de la trama requiere por supuesto que la Justicia dé buena cuenta de todos los responsables y de todos los crímenes que se pudieran haber cometido, sin cortapisas ni medias tintas de conveniencia. Pero también habría de suponer extraer una conclusión elemental. No es insólito que los ladrones intenten robar, pero, para que una pandilla de ladrones juegue a placer durante años con estructuras de poder del Estado, se lucre sin control de las Administraciones Públicas y penetre hasta fondo en un partido político que ha gobernado el país y podría volver a hacerlo, es imprescindible que el propio Estado esté corroído y la democracia, enferma. Un sistema económico basado en la especulación y la concepción patrimonial del poder, partidos políticos de estructura oligárquica y bases clientelares, carencia de controles públicos efectivos del fraude. Ésas son las condiciones sine qua non, el terreno sobre el que, de no llegar hasta el fondo, la trama Gürtel se reproducirá una y otra vez.

Artículo publicado en el número de mayo de Mundo Obrero.

11.04.10

Permalink 21:05:20, Categories: Artículos

El laberinto del fraude fiscal

Acerca del Plan Integral de Prevención del Fraude

En la forma en que el Estado afronta la sangría del fraude fiscal se verifica, como en ningún otro campo de las políticas públicas, la contradicción más trágica entre lo que se declara y lo que se hace. No hay gobierno, cualquiera que sea su signo político, que no proclame su férrea voluntad de combatir la elusión y evasión de impuestos; pero tampoco ha habido gobierno aún, al menos en nuestro país, que en cumplimiento de tan honrosa voluntad haya hecho mucho más que emitir proclamas y declaraciones de buenas intenciones.

El actual gobierno socialista se mostró desde el principio muy fértil en lo que a producción literaria sobre esta materia se refiere. En el año 2005 se aprobó el Plan de Prevención del Fraude Fiscal, que fue revisado en 2008, y en su cumplimiento se acometieron diferentes reformas legislativas, entre las que destaca la Ley 36/2006, de 29 de noviembre, de medidas para la prevención del fraude fiscal. El pasado 5 de marzo, el Consejo de Ministros, atendiendo uno de los mandatos del Plan E, aprobó un nuevo proyecto que agrupa medidas de prevención del fraude fiscal junto al control del fraude laboral y a la Seguridad Social. A lo que habría que sumar los planes anuales de control tributario (el de este año se publicó en el BOE del 19 de enero), con los correspondientes planes parciales de las áreas de Inspección fiscal, Gestión tributaria, Recaudación y Aduanas.

Es decir que por falta de planes no hemos de llorar. El inconveniente estriba en que la cantidad de papel escrito no se ha transformado en una cantidad equivalente de detección de fraude ni en un aumento significativo de los ingresos públicos. O, dicho de otra manera, que con los gobiernos socialistas la distancia entre palabras y hechos a que aludíamos antes puede medirse al peso.

Injusto sería negar que algunas medidas han resultado útiles, o pueden llegar a serlo cuando su aplicación sea efectiva. Tal es el caso, por ejemplo, de la existencia de nuevos supuestos de responsabilidad legal por colaboración en el alzamiento de bienes, o por la participación en tramas organizadas de fraude y blanqueo de capitales (el llamado «levantamiento del velo»), o la supresión de la audiencia previa en la remisión de expedientes de delito fiscal al Ministerio Público, que concedía un incomprensible privilegio a los defraudadores a Hacienda sobre los demás delincuentes.

Sin embargo, el balance final es desalentadoramente pobre, y nada tiene que ver con la evaluación optimista del gobierno, que ni comparten los ciudadanos, si hemos de creer en algo las encuestas de opinión, ni los propios técnicos de la Agencia Tributaria, a los que ni este gobierno ni ninguno de los anteriores tienen por costumbre preguntar para estos menesteres. Constituye una escandalosa paradoja que, disponiendo de profesionales excepcionalmente capacitados en la Administración Pública, los gobiernos prefieran acudir para sus proyectos de lucha contra el fraude al consejo de consultoras o «colaboradores» privados, no muy lejanos a menudo de grupos empresariales que no se distinguen por su entusiasmo cívico en materia fiscal. De hecho, en ninguno de los numerosos planes aprobados hasta la fecha se ha recogido ni una sola de las propuestas estratégicas de los Inspectores ni del cuerpo de Técnicos de la Hacienda Pública, grupos profesionales a los que se acostumbra a tratar con un desdén digno de mejor causa.

Del nuevo plan aprobado por el Consejo de Ministros, la mayor virtud es el compromiso de coordinar las labores de investigación y control de la Tesorería General de Seguridad Social, la Inspección de Trabajo y la Inspección de Tributos del Estado. Contiene algunas previsiones indiscutiblemente acertadas, como la puesta en común de las bases de datos de actividades económicas de la Tesorería General y la Agencia Tributaria, y nuevas posibilidades, bien que no muy contundentes, de presión sobre los defraudadores –caso de la opción de la Agencia Tributaria de instar la baja en el Registro de Empresas Acreditadas que depende de las Comunidades Autónomas. Pero, poco más. El resto se reduce a recabar información, poner en común información, analizar información. Y para hacer ¿qué?

Tan laxa aunque prolija enumeración de medidas no puede constituir un verdadero plan estratégico, ni da la talla de la dimensión estremecedora del problema. Aunque en el fraude fiscal todo cálculo resulta aproximativo, aplicando los estudios independientes publicados al respecto sobre la media de presión fiscal en nuestro país, dentro del espacio temporal de prescripción de deudas (cuatro años), los Inspectores de Hacienda llegaban hace unos meses a la abrumadora pero muy creíble estimación de 280.000 millones de euros de agujero fiscal. Para saber lo que esta cifra significa, téngase en cuenta que, según las previsiones más triunfalistas, las subidas de impuestos aprobadas para este año pueden suponer un incremento de ingresos de unos 11.000 millones de euros.

De otra parte, el nuevo plan incurre en errores que los profesionales de la Agencia Tributaria llevan lustros denunciando. Se otorga una importancia desmedida al «estímulo del cumplimiento voluntario» de las obligaciones fiscales. Y es loable, desde luego, que se hagan esfuerzos en facilitar a los ciudadanos los trámites de pago de impuestos y en fomentar la conciencia de la importancia de los ingresos públicos. Pero las tramas empresariales en las que se concentra el mayor volumen de fraude no andan muy ayunas de asesoramiento fiscal ni es de esperar que resulten sugestionables por campañas de civismo. En este terreno, la clamorosa escasez de medios de la Inspección, unida a la brusca castración de posibilidades de control que la Ley General Tributaria de 2003 introdujo para las secciones de Gestión, es la combinación perfecta para la impunidad. Ni uno solo de los planes salidos a la luz en estos años ha previsto incremento de personal ni de recursos, que además, dado que la Agencia Tributaria se financia con un 5% de su recaudación bruta, podrían sufragarse con los mayores ingresos sin coste adicional para las arcas del Estado.

Es aún peor: se cataloga como táctica de fomento del cumplimiento voluntario el ofrecimiento de regularizaciones fiscales para sectores económicos acostumbrados a la ingeniería contable, lo que ha propiciado que en grupos de especial riesgo de fraude –caso de tenedores de billetes de 500 euros, llamados de «alta gama», o despachos profesionales- se hayan podido sortear numerosas deudas por la vía de la prescripción o la exención de sanciones y recargos ejecutivos, antes de que la Inspección pudiese actuar. Los funcionarios de la Inspección tienen por ello perfecto derecho a preguntarse, como han hecho, a favor de quién está actuando el gobierno en estos casos. El contraste de este exquisito trato fiscal a los grandes defraudadores con la diligente ejecución de deudas de cualquier ciudadano común es digno de mención.

Otras reclamaciones de los empleados públicos siguen siendo tenazmente ignoradas. Dada la simplificación contable de empresarios y profesionales en Estimación Directa en la actualidad, carece de sentido seguir manteniendo la regulación de la Estimación Objetiva o por módulos, uno de los focos más sonoros de emisión de facturas falsas. Resulta ridícula la propuesta contenida en el plan del gobierno de llevar a cabo experiencias piloto de evaluación en ciertas delegaciones de la Agencia Tributaria, cuando lo más sencillo es suprimir la opción de módulos para aquellos empresarios cuyos clientes no estén formados en un 80% al menos por consumidores finales (es decir, por aquellos que no puedan beneficiarse fiscalmente de las facturas falsas), y adecuar la tributación de estos empresarios a su capacidad económica, lo que por cierto es lo más justo. Y ello por no hablar del saqueo espectacular de las Sociedades de Inversión en las que se ocultan las grandes fortunas, cuyo control se arrebató a la Agencia Tributaria por decisión y para vergüenza de nuestro Parlamento. O de la eliminación del Impuesto de Patrimonio, que no sólo aportaba recursos y justicia social, sino preciosa información económica para el conocimiento de rentas y bienes (en los procedimientos de revisión e inspección tributaria, y así lo es también en la regulación del vigente Reglamento de Aplicación de los Tributos de 2007, el examen de las declaraciones de IRPF y del Impuesto de Patrimonio siempre se han vinculado por este motivo; cualquier liquidación por IRPF de un obligado a presentar Impuesto de Patrimonio tenía carácter provisional hasta que se analizaba esta última declaración, y a la inversa).

El fraude fiscal constituye una lacra intolerable, destruye la democracia y convierte en humo los principios constitucionales de igualdad, progresividad y justicia. Su efecto sobre las diferentes clases sociales es atroz, porque las llamadas rentas «controladas» (en esencia, las del trabajo) acaban cargando con la mayor parte de los costes del Estado, dado que carecen de las posibilidades de evasión de las grandes empresas, grupos financieros y especuladores. Las vías para atajar el fraude no son un insondable arcano; todos los gobiernos las han recibido de parte de los técnicos que el Estado tiene contratados para ello. Seguir publicando declaraciones litúrgicas sin hacer nada práctico supone una estafa a la ciudadanía ante la que, como siempre, sólo la propia ciudadanía socialmente organizada puede reaccionar.

Artículo publicado en el número de abril de Mundo Obrero

02.03.10

Permalink 22:57:15, Categories: Artículos

Esto lo arreglamos entre todos

Ya se habrán topado ustedes en más de una ocasión con el exultante anuncio televisivo. Si no se les ha levantado el estómago, o si han aguantado el asco –como un servidor-, habrán visto aparecer ante la pantalla a varios ciudadanos desconocidos y a unos cuantos famosos (¡qué serviciales, nuestros famosos!), exhortándonos a arrimar el hombro para salir de la crisis.

«Esto sólo lo arreglamos entre todos», han llamado a su campaña publicitaria los ocurrentes nuncios de las Cámaras de Comercio y de la Fundación Confianza, alegremente financiada por la patronal de las grandes constructoras (Seopan), bancos y otras muy lucrativas empresas, entre las que destaca Telefónica, pues no en vano el ideólogo de la arenga es Jaime de Andrés, responsable de publicidad corporativa de la compañía. O sea, los mismos que habían roto lo que ahora quieren que entre todos arreglemos. Son muy generosos cuando se trata de cargar el muerto a los demás; es una lástima que no lo fuesen tanto mientras saqueaban el país con absoluta impunidad.

El mensaje es muy viejo, en realidad. Lo consabido: esta crisis, a la que en el anuncio por cierto se evita mentar por su nombre, es una catástrofe que se nos vino encima sin culpa de nadie. Ya nos hemos olvidado de los especuladores que jugaron con la riqueza de toda la sociedad, de los financieros que multiplicaron sus beneficios a costa de la miseria de millones de seres humanos, de la pandilla de piratas y criminales que llevaron al mundo al borde del abismo. Ya no se habla de «refundar» el capitalismo. De nuevo, resulta que no hay responsables. Queda muy feo eso de buscar culpables y es un lío andar cambiando los cimientos de la casa. Si todos arrimamos el hombro, con ánimo constructivo, saldremos del bache. Que hay muy pocas cosas que no tengan remedio, y ésta no es una de ellas, nos dice Pau Gasol en el anuncio. Tal vez quepa alegar que con los millones que gana el jugador de baloncesto se ha de mirar a la vida de manera muy diferente a como puede hacerlo una familia con todos sus miembros en paro desde hace años. Pero ¿nos detendrán las minucias?

El secreto estriba en el espíritu positivo. Ésa es la convicción que nos quieren contagiar en el anuncio Andreu Buenafuente y El Follonero y Juan José Millás (¿necesitaba Millás embarcarse en esta repugnante bufonada?). Nos hablan de héroes anónimos que han logrado sobreponerse a la adversidad. Y Ángels Barceló reclama que salgan en los medios de comunicación; imagino que para dar ejemplo de abnegación a los trabajadores de Air Comet que Díaz Ferrán ha dejado en la calle tras robarles el sueldo de casi un año. Será para que no se ahoguen en un vaso de agua, para que hagan un montoncito con los escasos ahorros que les resten y los dediquen a consumir.

Porque de esto se trata, por supuesto. Los Estados ya han dedicado miles y miles de millones de nuestro dinero a salvar los negocios de los agiotistas y los banqueros. Y ahora toca pagar la cuenta con la sangre de los trabajadores, con despido más barato, con salarios más bajos, suprimiendo gasto público, retrasando la edad de jubilación… Y aún con ello no basta. Hay que consumir, para poner de nuevo en marcha esta infame maquinaria que deberíamos haber hecho astillas a martillazos hace tanto tiempo, para que de nuevo Díaz Ferrán y Emilio Botín y Florentino puedan contemplar con optimismo el futuro. Todo es cuestión de mantener el espíritu positivo. No rodamos por el precipicio; solamente tenemos la sensación de rodar por el precipicio.

Uno ya no tiene edad para que le tomen el pelo de esta forma. Y, sin embargo, tal vez merecería la pena hacerles caso en algo. Quizá esto podría tener remedio, es verdad, si juntáramos el esfuerzo de todos y la rabia de todos y los brazos de todos; si entre todos echáramos a patadas a los ladrones de los despachos de los bancos, de las grandes empresas y de los gobiernos; si fuéramos tantos como para juzgar y encarcelar a los especuladores que se han enriquecido con nuestra desgracia; si decidiéramos apropiarnos de los recursos que a todos nos pertenecen, arrebatándoselos entre otros a los sinvergüenzas que pagan esta campaña, y recobráramos, todos juntos, la vida y la dignidad que nos robaron.

Hay muy pocas cosas que no tengan remedio. Seguro que ésta no es una de ellas.

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Ricardo RODRÍGUEZ


Escritor

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