Mejor dicho, hace años que llegó la hora. Estábamos dormidos. El caso Garzón que ha puesto en marcha la Brunete fascista del Tribunal Supremo, la desvergonzada e intolerable corrupción del PP y la crisis que acosa a más de cuatro millones de parados y aterroriza a los que aún mantienen su puesto y temen perderlo, nos debían ya de haber despertado.
Ya hemos salido a la calle. La hemos recuperado. En ella debemos estar hasta que se cumplan todos nuestros derechos.
Si nos adormeció la caída del muro de Berlín, la caída estrepitosa del capitalismo entonces crecido creyéndose intocable, eterno y sin alternativa posible, su derrumbe actual con el crack de Walls Street y su contagio al capitalismo mundial es la caída de ese muro. Tienen que despertar a la izquierda mundial de su dormidera que, en Europa hizo hundirse a los Partidos Comunistas italiano y francés, no así al Partido Comunista español, que, aunque resentido terriblemente -mejor no recordarlo ni seguir lamiéndonos las heridas de lo ocurrido-, siguió en la brecha levantando su bandera indestructible, resistiendo, como supo resistir en la guerra civil y en los 40 años de fascismo. En España sigue estando el Partido Comunista levantada con orgullo la cabeza junto a los compañeros de Izquierda Unida.
He participado en los Congresos XVIII del Partido Comunista y X del PCA y he comprobado cómo nuestro Partido está más vivo que nunca en esta nueva hora de la unidad, de la salida a la calle. Abierto a los miles de camaradas que, aún siguiendo siempre siendo comunistas, muchas veces a su pesar, se habían apartado del Partido. He escuchado con entusiasmo las intervenciones de jóvenes que son testimonio del futuro vivo del Partido, que han sabido recoger la bandera de las manos de los que ya nos recostamos en el otoño de nuestras vidas.
Izquierda Unida y el Partido Comunista se abren a trabajadores de todas clases, a intelectuales, escritores y artistas progresistas para hacer frente al nuevo fascismo que nos acecha y a los que quieren mantener el capitalismo a todo trance. Una vez renacido de su derrota en la crisis, salvados los bancos y los especuladores con el dinero de todos, se vuelven a creer los amos y pretenden mantenerse en su latrocinio, desvergonzada y corrupta actitud de explotación, esperando a que la próxima crisis -que evidentemente vendrá -quizá antes que después- les vuelva a salvar el dinero de todos los que habían sufrido la crisis por ellos provocada.
Ha llegado la hora de salir a la calle, toda la izquierda, unida, militante o no, pero unida para hacer frente a la derecha que representa ese capitalismo financiero y bancario, que no solo ha salvado una vez más su crisis con el dinero de todos, sino que, envalentonada al saber adormecida a la izquierda, se ha permitido el desafío de movilizar la Brunete fascista del Tribunal Supremo y las cuadrillas de Jueces, no menos fascistas, de unos y otros Tribunales que, dejando de hacer justicia, de manera abierta y cínica, protegen con el manto de esa falsa justicia los corruptos impresentables del PP, hoy oposición en la que anida la extrema derecha de los que siguen siendo seguidores del franquismo que están dispuestos -si se lo dejamos- a volver a traerle para arrebatar al pueblo la soberanía que éste conquistó en cuanto pudo y le permitió las circunstancias de aquellos momentos, consiguiendo sí, pasar de la dictadura a la democracia, pero que, por aquellas circunstancias no pudo conseguir desarmar los privilegios del poder económico de aquel estado que han venido prevaleciendo hasta el día de hoy y son los causantes de esta crisis. (Recordemos que el artículo 38 de la Constitución dice: “se reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado…..”)
Estamos ante una crisis, no solo económica, sino también política y social. Como decía en los años 30 el maestro Ortega, es una crisis del hombre moderno que se pregunta, sin respuesta, por el qué de su desilusionado vivir. ¡Démosle respuesta a su pregunta! ¡Ha llegado la hora de hacerlo! Salgamos a la calle a hacer frente, no solo a esa crisis económica, sino también a la crisis política que supone que los ciudadanos se aparten del ideal democrático, desengañados ante la corrupción generalizada, el mal funcionamiento de los Partidos Políticos con sus burocracias, sus listas únicas, sus trafullos en la financiación y su mirada a otro lado frente a la corrupción, desoyendo lo que pide a gritos el pueblo sobre sus problemas agudizados por una crisis que no alcanzan a comprender -aunque lo intuyen- cuáles son y quiénes son sus causantes y cómo se están tomando medidas, no para resolver la crisis, sino para salir con carácter inmediato de ella.
Crisis también política que, como digo, hace aborrecer a los ciudadanos de la democracia, sencillamente porque considera que este estado de cosas –nuestra actual democracia- no es, digámoslo con valor, una verdadera democracia plena y avanzada, sino llena de corruptelas y falsedades.
No es democracia el que no sea un hombre un voto, necesitando Izquierda Unida más de quinientos mil votos para tener un Diputado que represente a ese más de medio millón de ciudadanos y los Diputados de otros partidos solo hayan necesitado poco más de cincuenta mil votos, con las gravísimas consecuencias que esto tiene para el mal funcionamiento de la democracia, que en realidad, deja de serlo en éste aspecto y así lo concibe el pueblo.
No es democracia el hecho de que, porque no hubo más remedio, dadas las circunstancias del momento, se dejase sin resolver el problema de una justicia que llevaba cuarenta años implicada en la dictadura fascista con sus crímenes y la explotación de los trabajadores, privados éstos de sindicatos y de los más elementales derechos.
No es democracia plena el que, por esas mismas causas y circunstancias, tuvo que dejarse sin resolver el problema de la estructura económica del franquismo que en lo fundamental, como hemos dicho, aún pervive.
No es democracia el hecho de que si en aquella Transición no tuvimos más remedio que, -frente a un ejército fascista que había ganado la guerra y que llevaba cuarenta años participando en la cruel farsa de la justicia militar de los consejos de guerra; frente a una Guardia Civil implicada en asesinatos y torturas; frente a una policía política poderosa y bestial; frente a la situación internacional de la guerra fría con la Europa de la OTAN y las bases americanas en España, (no olvidemos que el General Eisenhower se paseó con Franco, en coche descubierto, por las calles de Madrid)-, si no tuvimos más remedio entonces, digo, que aceptar el “trágala” de la imposición de la monarquía borbónica, metiéndola en la texto de la Constitución, que nos permitía pasar de la dictadura a la democracia, por imperfecta que ésta fuese. Pero ¡ha llegado la hora!. Ya no se dan esas circunstancias: ni el ejército, ni la guardia civil, ni la policía, son hoy las de entonces; aunque aún perdura la OTAN (de la que llegó a ser paradójicamente, Secretario general un dirigente del llamado Partido Socialista Obrero Español), esta OTAN, agonizante, ya no es un valuarte de una guerra fría que ya no existe. Por esto, sabemos que efectivamente, ya ha llegado la hora.
Izquierda Unida -toda la izquierda de España unida- y con ella, como es lógico nuestro Partido Comunista, tiene que salir a la calle a exigir el restablecimiento de la verdadera democracia que no es, la que ahora tenemos con esos “doberman” jurídicos o políticos o empresariales o mediáticos que quieren acorralar a los ciudadanos terminando con los vestigios que quedan de aquella alicorta democracia que conseguimos en la Transición para hacer renacer ahora otra vez el Estado franquista.
A pesar de cómo regula la Constitución la posibilidad de los referéndum, exijamos un referéndum para que el pueblo determine si quiere o no un estado monárquico o una Tercera República. Soy consciente de que este primer y fundamental problema no está en el ideario de la calle, porque los ciudadanos consideran prioritario que se resuelva sus problemas económicos, el paro obrero, y el temor a perder sus puestos de trabajo, los que aún lo tienen. No solo soy consciente de ello sino que así lo vengo advirtiendo. Sin embargo, las cosas han llegado a tal extremo con el caso Garzón, la corrupción generalizada, el sometimiento del gobierno a los dictados de la Europa, no de los pueblos, sino de los ricos, de los banqueros, los especuladores y de los políticos a ellos entregados, que ya no es posible esperar más. Esta Europa es la de los especuladores, la del llamado mercado, en la que el Banco Central Europeo con dinero de todos los europeos, entregó miles y miles de millones de Euros a los bancos para salvarles de la bancarrota y lo hizo al 1%, cuando ahora, para ayudar al pueblo griego, tras insoportables exigencias se lo presta al 5%. ¡Esta no es la Europa de los pueblos, sino de los especuladores y banqueros que la gobiernan!
Hagámosle saber al pueblo que cuando reclamamos esa Tercera República, lo hacemos, no por nostalgia, ni tampoco por una justicia histórica que derrotó en sangre y sufrimiento y terror a la Segunda República. Lo hacemos pensando que solo una Tercera República resolverá los problemas que preocupan fundamentalmente al pueblo, esto es, el paro, la crisis y la corrupción, el buen funcionamiento de los partidos, la honestidad de los políticos, etc. Solo esa Tercera República vendría acompañada de unas elecciones verdaderamente libres y democráticas -un ciudadano un voto- a unas Cortes Constituyentes que elegirían una nueva Constitución que sustituya a la actual, que mal que bien, ha permitido treinta años de convivencia pacífica y una mínima democracia, pero que reclama a gritos ser sustituida por una elegida por unas Cortes que represente la voluntad del pueblo, sin que ésta se vea mediatizada por miedos o recuerdos, como fue la que se eligió en 1978.
Exijamos que en esa nueva Constitución se regule de manera clara y terminante los problemas que ahora atenazan y desvirtúan nuestra democracia: sistema electoral; funcionamiento y organización de los partidos políticos y su financiación; independencia verdadera del poder judicial, sin que los altos cargos de esta institución dependan, en su nombramiento y elección del interés de los partidos políticos, sino del interés de toda la sociedad, para evitar casos tan bochornosos y antidemocráticos como el caso Garzón o el del presidente Camps con su esperpéntico comportamiento de corrupción, incluso por unos trajes o unos regalos a su familia, o, hace unos años ,el no menos vergonzoso caso de que un tribunal de justicia cambiase la jurisprudencia para no sentar en el banquillo a un delincuente banquero como Botín por el más que evidente probado caso de latrocinio multimillonario a la Hacienda Pública en el caso de las cesiones de crédito.
Una nueva Constitución que, respetando el derecho de la libre expresión, ponga coto al desenfreno de unos medios de información vendidos los intereses del imperio americano o del gran capital financiero. Una nueva Constitución que exija que las Leyes regulen un sistema de imposición fiscal justo y redistributivo sin permitir, ni con una sola excepción, que los españoles puedan beneficiarse por cualquier medio de los vergonzosos privilegios de los paraísos fiscales. Si su supresión no depende de España, sino de todos los países, sí puede España impedir que esos engendros de paraísos favorezcan la evasión fiscal de empresarios o ricos españoles, pues ello supone aumentar las cargas de los trabajadores que sí tienen que cumplir su contribución al sistema fiscal mediante el control de sus nóminas que consiguen con el trabajo.
Una nueva constitución que no permita que un llamado Tribunal Constitucional pueda deslegitimar lo que ha aprobado el Parlamento que es la verdadera representación de la soberanía popular, -máxime con el trapicheo vergonzoso del nombramiento de sus miembros- como ocurre con el caso del Estatuto de Cataluña que, aprobado por el Parlamento catalán y también por el Parlamento de todos los españoles, y luego sometido y aprobado en referéndum público, ahora sea instrumento de arma arrojadiza de lo más retrógrado y cavernario del PP contra los deseos y la voluntad del pueblo catalán.
Si llegamos hasta el pueblo y le hacemos ver que esa Tercera República, sí es la solución a sus problemas, a todos, podemos tener la seguridad de que éste saldrá a la calle exigiendo esa Tercera República, con el mismo entusiasmo que salió a la calle el 14 de abril de 1931 proclamando la Segunda República.
Está también pendiente el problema de la legalización o no de partidos políticos; del derecho de autodeterminación de los pueblos y del laicismo del Estado español.
¿Cómo es posible que sea legal Falange Española y de las Jons? Falange es un partido fascista que cometió horrendos genocidios y crímenes contra la humanidad, que, además de no ser ni amnistiables, ni prescribibles, como tal partido, es elemental que esté ilegalizado. Esto hubiera impedido el sarcasmo de que unos Tribunales de Justicia, hayan permitido que una denuncia de ese asesino partido pueda sentar en el banquillo, por complacencia y colaboración de esos jueces, este atropello contra el Juez Garzón. Hay que tener en cuenta también que algunos de esos jueces defendieron en su día el estado franquista al que juraron fidelidad y obediencia.
Hay que resolver de una vez, sin dejarse llevar por el temor al qué dirá la cavernícola derecha con su cantinela de que se rompe España, ni que el ejército es el guardián de la unidad de España, como absurdamente figura en la actual Constitución, el problema del derecho a la autodeterminación de los pueblos. Estoy convencido que ni el pueblo vasco ni el pueblo catalán desean su independencia y separación de España, sino que sí exigen, con todo derecho, una autonomía tan amplia como quieran respecto a cómo regular y administrar sus naciones. Sí, he dicho sus naciones, la nación vasca y la nación catalana. Digámoslo sin miedo, porque como comunistas no podemos dejar de ser partidarios de la autodeterminación de los pueblos. Tenemos que ser coherentes. No caben conveniencias que nos aparten de nuestras ideas fundamentales cualquiera que pudiese ser su coste electoral. Me parece absurdo mantener hoy la discusión semántica de la diferencia entre nación, nacionalidad, o nacionalismo.
Hay que decirle también al pueblo -y en esto sí coincidimos con lo que la mayoría del pueblo está conforme y lo considera actual- que ha llegado la hora de exigir que el Estado español sea verdaderamente un estado laico. Hay que romper todos los lazos con el Vaticano que nos impiden ser el Estado laico que sólo teóricamente reconoce la Constitución. Es imprescindible denunciar el concordato con el Vaticano, que mantiene privilegios incompatibles con la esencia de un estado laico. Ha llegado la hora de exigir que ni un solo Euro del Estado español subvencione, ni directa ni indirectamente, a ninguna institución o secta de la Iglesia. De ninguna Iglesia.
Ha llegado la hora de exigir que verdaderamente la enseñanza sea pública, no porque la financie el Estado, esto es, con nuestros impuestos, sino porque debe ser enseñanza pública. Si se mantiene una enseñanza privada, porque no se tiene la fuerza política suficiente para impedir que lo sea, que al menos, podamos exigir que sea financiado por los que llevan sus hijos a esos colegios privados. Además que en ellos se de cumplimiento a todas las disposiciones legales sobre el laicismo del Estado: símbolos religiosos, sometimiento de las enseñanzas a los planes de estudio del estado, etc.
Ha llegado también la hora de poner coto a los delitos que cometen clérigos con su pedofilia, y al no menos delito del alto clero o de la propia Iglesia como institución incumpliendo sus obligaciones de denunciar y llevar a los Tribunales a los sacerdotes delincuentes de su pedofilia. Nos tiene sin cuidado si es pecado o no, pero sí tenemos que exigir que como delito sea juzgado por los Tribunales.
Desde mi punto de vista, también considero que ha llegado la hora de salir a la calle cada vez que los Obispos salgan tras obscenas pancartas insultando cínicamente, no solo al gobierno cuando éste no es abiertamente de derechas, o llamando asesinos a los que defendemos el aborto, cuando esa Iglesia y otros obispos como los que ahora salen a las calles, permitieron, con complicidad de coautores, cuando no autores directos, o bien, como coautores por cooperación necesaria, de los crímenes cometidos durante la guerra civil y una vez terminada ésta, donde, como el caso que el otro día se nos explicó ante las puertas de la antigua cárcel de Málaga, de que entre los cinco mil asesinados, muchos de los cuáles aún están en las fosas comunes, se encontraban mujeres embarazadas que fueron asesinadas con el infamante garrote vil. ¿Cómo es posible que estos obispos que, repito, son los mismos de los de entonces, se atrevan de llamar asesinato al aborto que realiza una mujer, en el uso legítimo de su cuerpo, y consintieron que le feto que tenían aquellas mujeres en sus entrañas, muriesen con ellas en aquellos garrotes vil?
Sí, ha llegado la hora de repetir una y otra vez lo que fue la Segunda República, lo que fue la guerra civil, lo que fue el fascismo de treinta años, y lo que puede ser de bien para el pueblo una Tercera República, que eche definitivamente a los Borbones después de que éstos hayan vuelto a España, a sus palacios y privilegios, después de que el pueblo español los echase cuatro veces de España. Único lamentable espectáculo ocurrido en la historia de Europa, en la que, cuando sus respectivos pueblos, Francia, Portugal, Alemania, Rusia, Italia y Grecia, una vez proclamadas repúblicas, nunca jamás ha vuelto a ellas una monarquía. También en esto, por desgracia, España en diferente.
No hay disculpa posible para el actual Borbón. No ha sido elegido directamente por el pueblo, sino impuesto por las circunstancias de aquella Transición, que respeto y debemos respetar, pues en ella se hizo lo que se pudo dadas las circunstancias en que se desarrolló, aunque también es cierto que no se pudo hacer todo lo que se debió hacer.
Tampoco ha hecho el Borbón mérito alguno para que no se le expulse de España, como el pueblo expulsó a sus antepasados. Quizá sí méritos para ello. Recordemos, por ejemplo, los nombres de sus asesores financieros: (¡!) Conde, en la cárcel; Colón de Carvajal, muerto en prisión atenuada; De la Rosa, en la cárcel; los Albertos, condenados por estafa sin entrar en la cárcel por un trafullo jurídico.
El hecho de que él se haya visto obligado a renunciar a determinados privilegios de sus antepasados y haya aceptado ser un monarca constitucional y parlamentario, no justifica el que sea Rey sin que lo haya elegido el pueblo. Fue elegido por el dictador y una y otra vez permaneció a su lado mudo y hierático cuando éste desde las falsas Cortes de aquel régimen o desde el balcón del palacio de Oriente se dirigía a una masa de fascistas de la criminal Falange para, bien insultar a las democracias que habían derrotado al fascismo en la segunda guerra mundial o, como ocurrió en septiembre de 1975, para vanagloriarse de sus últimos asesinatos y su último garrote vil a un catalán inocente. Ese entonces príncipe es hoy el Rey al que pedimos deje de serlo y se marche a disfrutar de sus riquezas donde le plazca con toda su numerosa familia, a la que no tenemos por qué mantener con nuestros impuestos.