Está a punto de acabar el año y de forma casi inevitable, unos y otras nos ponemos a hacer balance y a repasar qué fue de los propósitos que nos hicimos desde el primer día del 2009, de las luchas que emprendimos a lo largo de todo el año, de los sueños, los afanes, los empeños ¿Hacia dónde nos han llevado? ¿Cuántos hemos cumplido? ¿Cuántas derrotas nos han dejado con una parte de nosotros vencida en el camino? Y también al contrario ¿Cuántas situaciones dolorosas y vergonzosamente injustas, nos han llenado de rabia y de fuerza para seguir luchando? Lo intuíamos desde siempre y ahora lo sabemos con certeza, aunque perdamos batallas, resistiremos, hay causas por las que no claudicaremos y en las que jamás nos rendiremos.
Muchas personas, ideas en las que creo, y situaciones sociales me vienen a la memoria de este final de año, si escribiera desde el afecto personal, estas palabras de balance irían dedicadas a unas cuantas personas concretas, con las que comparto vida y las que quiero profundamente. Si desde el pensamiento crítico, irían dirigidas hacia otras, mis referentes morales, a los que admiro y respeto por su trabajo y resistencia. Y por último, si el objeto de mis líneas naciera de la solidaridad hacia personas y colectivos oprimidos o injustamente desfavorecidos, mis pensamientos/sentimientos estarían divididos entre unas y otros, desgraciadamente son más de los que mi cabeza puede recordar, sin olvidar, y mis sentimientos pueden soportar, sin estallar.
Sin embargo, hay dos personitas en este momento que acaparan mi atención, que de alguna manera saltan de una línea a otra y que no sé muy bien donde encajar, lo cierto es que es a ellas a las que quiero dedicar las últimas reflexiones de este año, y aunque parezca difícil de entender, una parte de mis sentimientos más hondos, son también para ellas, unas niñas que apenas conozco y que desde hace meses me quitan el sueño.
Se trata de dos pequeñas criaturas que están viviendo su infancia en un centro de menores, privadas de afectos y de las atenciones necesarias para crecer y desarrollarse plenamente. Con ellas, se están conculcando de forma sistemática los más elementales derechos humanos, y específicamente los que están reconocidos para la infancia. Viven y crecen, como otros muchos niños y niñas en nuestro país, encerradas en una cárcel emocional en la que pagan por los delitos de unos padres/madres que no pudieron o supieron ejercer como tales y que no tuvieron las habilidades, ni los recursos suficientes para poderlas criar. Por razones incomprensibles en nuestro “estado del bienestar” ni las familias biológicas, ni estos/as menores residentes en centros, parecen contar con el apoyo suficiente para superar un cúmulo de circunstancias desafortunadas e injustas, que desde nuestro sistema de protección, no saben bien como abordar, ni que solución dar.
Los miles de niños y niñas que actualmente viven institucionalizados, son fruto de la ineptitud, indiferencia y arrogancia de quienes son responsables de su protección en nuestro estado de las autonomías. Son nuestra vergüenza de primer mundo desarrollado, razón por la cual su existencia se niega y se oculta ante la mayoría de nuestra sociedad con un siniestro manto de invisibilidad.
Una vergüenza que muy pocas personas y grupos sociales conocen, hablamos de los colectivos más marginales, de los hijos e hijas de las familias más pobres y desestructuradas, de esas que no cuentan porque apenas tienen voz, -y menos voto- un colectivo nada apetecible para la mayoría de las fuerzas políticas, al que se le dedica poco o ningún pensamiento al elaborar los programas electorales, y que jamás aparece en los discursos oficiales de nuestros máximos representantes estatales, ni del rey ni de la monarquía.
Son los niños y niñas olvidadas, esas personitas a las que, inexplicablemente, se les priva de su derecho de crecer en familia y contra las que se vulneran todos los derechos conseguidos para la infancia, tanto en el ámbito estatal como internacional, tales como los “Derechos de la Infancia” cuyo 20 aniversario de su ratificación acabamos de celebrar recientemente en nuestro país (20 de noviembre de 1989)
Para todos los niños y niñas que viven en centros, hogares, aldeas infantiles, pisos tutelados o como les quieran llamar, van mis mejores deseos para este año 2010 que empieza, mis más firme propósito de intentar con todas las armas a mi alcance hacer valer sus derechos, y mi compromiso más rotundo de no dejar que silencien su voz, ni invisibilicen su existencia.
Y para esas personitas en concreto, que hace tiempo se cruzaron en mi vida y en las que he empezado a pensar y a querer en secreto, todo mi aliento y energía para que este sea el último año de sus vidas en el que vivan sin el calor y el cariño de una próxima y extensa familia.
De las tres rosas, violeta.

Un abrazo y feliz 2010
si tienes ya sus deseos para este 2010
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