El texto revela los anhelos de un autor deseoso por encontrar a una víctima que cuadrara dentro de una anédocta más sentenciosa que aclaradora sobre la hipocresía. Le carga, pues, a Niemeyer con un análisis superficial y peligrosamente perezoso de sus vida y obra, así como tampoco tiene interés por profundizar los contextos histórico, político, económico, geográfico, social, artístico, etc. de Brasil - país que alberga casi por totalidad las obras de dicho artista -.
De primeras le compara al arquitecto de la intragable anédocta al afirmar: "Se alaba su carácter racionalista, siendo así que llenó el mundo de iglesias y catedrales". La afirmación va totalmente en contra al largo listado de obras que en el arquitecto brasileño, en sus 100 años, ha aportado al mundo. Obras de las cuales no es desperdicio destacar la cantidad de museos, teatros, universidades, centros de cultura internacional, etc. por encima del ínfimo porcentaje de obras destinadas a la iniciativa privada o que representan intereses de instituciones degradadas y degradantes como la Iglesia Católica. De esta forma queda evidente su preocupación por la propagación de la cultura en un país donde la educación - en todos sus niveles - es escasa y precaria, incluso dentro de los parámetros latinoamericanos.
Más adelante, pone en relieve como obra cumbre de toda una carrera artística-social la edificación del actual distrito federal de Brasil, Brasilia, lo que por si mismo es cuestionable puesto que Brasilia es su obra desde luego más destacable en proporciones, pero no representa la cima del estilo al cual está adscrita - el funcionalismo racionalista de Le Corbusier - ni tampoco dentro de la larga y, en efecto, coherente carrera que lleva su autor. De hecho, son precisamente las proporciones lo que más le llama la atención al autor, que no duda en clasificar el proyecto de la capital de uno de los 5 países más extensos del mundo, así como unos diez más poblados, como "faraónico". Faltaría más.
Enseguida, acusa sin argumentación que el proyecto llevó el país - tradicionalmente asociado a un panorama económico inestable - a la bancarrota, lo que no es cierto. El comitente de dicha obra fue el presidente Juscelino Kubischek, cuyo gobierno impulsó la casi inexistente industria nacional, entre otras mejorías substanciales al país. De hecho, el papel que jugó Niemeyer en la construcción de la nueva capital fue el de idealizador de los edificios más emblemáticos de la ciudad. El plano piloto, por ejemplo, es obra de Lucio Costa.
De esta forma, Brasilia es la personificación de una época de esplendor en la historia de un país castigado por el pasado colonizador, que sentó las bases y diferencias sociales que perviven hasta la actualidad. Brasilia es la esperanza de un nuevo futuro: moderno, justo y asequible a todos los brasileños. En cada rincón de la ciudad esta esperanza puede ser sentida a través de la arquitectura. La simbología que desprende el edificio del Congreso Nacional, para citar un ejemplo, es un elogio a la democracia. La arquitectura de Niemeyer no pocas veces está asociada a la poesía, por la preocupación que tiene el arquitecto en expresar en sus proyectos tradiciones y sentimientos tanto de la cultura popular como de la universal.
La lejanía de Brasilia es otro aspecto que también parece molestar al autor del artículo. Sin embargo, otra vez se equivoca. Una mirada más atenta al mapa de Brasil revelará que los principales centros de desarrollo humano están concentrados en la zona costera, quedando pues estas ciudades (como Sao paulo, Rio de Janeiro, Porto Alegre, Recife, etc.) "de espaldas" a la vasta extensión de país que queda hacia el interior de América del sur. Brasilia rompe con este monopolio buscando una integración entre las ciudades, al desplazar el centro político hacia dentro, e impulsando una comunicación más bien distribuida entre el mayor número de capitales posible.
Por último el autor enlaza incoherencias en clave amargada que no concluyen nada. Le falta, eso sí, edificar con lo que escribe.
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