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La proxémica es la subdisciplina de la semiótica que se encarga del estudio del significado del uso del espacio interpersonal o las posturas corporales que adoptamos sin ni siquiera pensarlo. Todo esto es algo que cambia según la cultura en la que nos encontremos y es, por tanto, culturalmente específico. En una sociedad con grandes diferencias de género, la proxémica observa las distintas formas en que hombres y mujeres tienen de relacionarse entre sí al compartir el espacio. Un ejemplo de nuestra sociedad es el hecho de que entre mujeres o entre un hombre y una mujer se suele saludar con dos besos, mientras que entre los hombres suele hacerse estrechándose la mano. Los hombres guardan distancias entre ellos, pero no en relación a las mujeres.

Al tratarse, además, de una sociedad patriarcal, la proxémica muestra también cómo en muchos casos los hombres disponen del espacio a su alrededor de forma no sólo distinta a la mujeres, sino reflejando los privilegios masculinos de dicha sociedad patriarcal. El ejemplo que se ha dejado oír últimamente en el debate público es el del espacio innecesario que muchos hombres se creen con el derecho a ocupar en el transporte público, dejando a las pasajeras apretujadas en un rincón. Es uno de muchos ejemplos que podrían venirnos a la mente. Al fin y al cabo, en las sociedades patriarcales se educa a los hombres para que crean que todo en el mundo – incluidas las mujeres – les pertenece, y a las mujeres para que crean que nada en él les corresponde.

Cosas como éstas son síntomas del machismo del que adolece nuestra sociedad estructurada a través del patriarcado, que es la enfermedad. Estos hábitos proxémicos patriarcales sólo pueden modificarse con la destrucción de las estructuras de desigualdad que reinan entre hombres y mujeres, es decir, atacando a las verdaderas causas. Sólo cuando seamos capaces de compartir el mundo en pie de igualdad, podremos vivir, trabajar o viajar en las mismas condiciones. La forma de hacer que esto no ocurra jamás es fomentando cualquier institución basada en la sumisión social y económica de las mujeres.

Es por esto que resulta demencial la postura al respecto de la CUP, formación política independentista catalana, partido que se autodenomina feminista y anticapitalista. Para la CUP, ser prostituta – es decir, estar sometida a los deseos sexuales de hombres con el suficiente dinero – es una forma de vida aceptable para las mujeres. Y no sólo esto, si no que además la fomenta, hablando de “trabajo sexual”, “prostitutas libres” e incluso proponiendo cursos de formación para que mujeres jóvenes aprendan a ser buenas meretrices para los hombres prostituyentes, mal llamados clientes.

La prostitución, una obscura y tremendamente arraigada institución patriarcal, se basa en la supuesta necesidad o libertad de los hombres para acceder sistemáticamente – es decir, a través de un sistema organizado de negocio, por cierto basado en el crimen – al cuerpo de unas cuantas mujeres puestas a su disposición. Cabe destacar que se calcula que en torno a un 90% de las mujeres prostituidas – muchas de las cuales son menores de edad – son víctima de trata con fines de explotación sexual. Sin embargo, quienes defienden la prostitución esgrimen continuamente la figura de la prostituta por libre elección para sortear el grave problema de la trata como argumento abolicionista de la prostitución. Pero da igual, porque el hecho de que una prostituta haya escogido esta actividad no cambia en absoluto la naturaleza totalmente patriarcal de la prostitución. Lo que está claro es que muy empoderante no será la prostitución cuando mantiene su volumen de negocio exclusivamente gracias a una inmensa red criminal de proporciones planetarias que secuestra y prostituye a mujeres y niñas por todo el mundo.

Aceptar la prostitución como un trabajo válido a desempeñar para las mujeres no sólo es empujar a las que dispongan de menos recursos a vender su cuerpo a los hombres – lo cual ya es repugnante en sí mismo -, es también dinamitar cualquier atisbo de igualdad que pueda existir entre la mitad masculina y la mitad femenina de la humanidad. Carece de sentido luchar por la igualdad si a la vez defendemos que existan lugares con mujeres a disposición sexual de los hombres. Es ridículo pretender que los hombres respeten el espacio de las mujeres – en el metro o donde sea – si fomentamos que directamente puedan acceder sexualmente a sus cuerpos mediante el pago.

No obstante, esto es lo que hace la CUP. Se lleva las manos a la cabeza por los asientos del metro exigiendo acabar con ciertos hábitos proxémicos, y mientras aplaude y difunde el discurso  pro-prostitución. Porque la CUP, como buen partido nacionalista de corte romántico y por tanto idealista, lo entiende todo al revés. Se pretende feminista atacando ciertos consecuencias – sobre todo si son mediáticamente llamativas – como si éstas fueran la enfermedad, pero es incapaz de entender las verdaderas causas. Esta formación supuestamente anticapitalista ha integrado a pies juntillas la idea de que la mercantilización del cuerpo de las mujeres supone poder para las mujeres. La realidad es que la prostitución es una de las formas más brutales y sistemáticas de sumisión social, económica y sexual de las mujeres; ya sea de las mismas prostitutas o del conjunto de las mujeres, al reforzar la idea de que ellos tienen el derecho a disponer del cuerpo femenino. Curiosa forma de anticapitalismo y feminismo, la suya…

Este tipo de discursos pro-prostitución se basan cínicamente en la protección de las prostitutas, lo que al final repercute realmente en la protección del negocio del proxenetismo y en asegurarle que haya mujeres a las que pueda explotar sexualmente. Se trata de preocuparse de la prostituta cuando el mal ya está hecho y el dinero está en la caja, es decir, sin cuestionar el verdadero problema. Otra vez, atacar las consecuencias y no las causas, como ponerle una tirita a alguien a quien ya han degollado.

La CUP no está sola en su defensa de la mercantilización sexual del cuerpo de las mujeres. Otros partidos de ideología en principio muy distinta – como Ciudadanos o España 2000  – también defienden a capa y espada la institución de la prostitución bajo la falacia de la libertad individual e incluso las condiciones laborales, si bien es cierto que estos dos partidos no se pretenden feministas ni anticapitalistas en ningún momento. Y seguramente por esto no tienen intención de salvar la papeleta con cosas como la del espacio en el transporte público.

Así pues, según la CUP y demás organizaciones aparentemente de izquierdas y feministas – y no pocas, e igual que muchas otras de derechas -, tranquilamente los hombres podréis acudir a los locales o zonas en donde disponer sexualmente de mujeres. Eso sí, la CUP quiere asegurarse de que van ustedes a ser muy respetuosos y cuidarse mucho de cómo se sientan en el metro para no molestar a ninguna mujer, mientras van camino de que otra les practique una felación por 20€. Esta especie de misoginia de pago, este permitir la sumisión de la mujer a cambio de un par de billetes para ella – como si esto saldara el daño – no hace más que incrementar y legitimar alarmantemente el machismo, la supremacía masculina, que invariablemente desemboca en mayor violencia contra las mujeres, como los asesinatos y las violaciones.

Marina Pibernat Vila
Marina Pibernat Vila, nacida en Girona en 1986. Estudió historia y antropología sociocultural. Feminista y comunista. Actualmente es miembro de la Comisión del Centenario de la Revolución Socialista de Octubre.