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Clara Zetkin junto a Engels, a su izquierda. Al fondo de la mesa, August Bebel

El Día de la Mujer Trabajadora, celebrado el 8 de marzo desde 1910, tiene la virtud de poner encima de la mesa del debate público el complejo entramado de discriminaciones sufridas por las mujeres de la clase trabajadora, por mujeres y por obreras. Esta fecha reivindicativa la debemos a las mujeres socialistas de principios del siglo XX, a quienes se les ocurrió que era fundamental establecer una relación entre ambas cuestiones.

Por aquel entonces, las feministas eran principalmente – aunque no todas – mujeres de las clases más privilegiadas. Haber podido acceder a cierto nivel de instrucción les hizo replantearse la consideración social de las mujeres en general, ricas o pobres. Incluso la mayoría de las mujeres socialistas, como la bolchevique Alejandra Kollontai – quien estuvo junto a la comunista alemana Clara Zetkin en el congreso de mujeres socialistas de Copenhague en 1910, donde se estableció la jornada de lucha del 8 de marzo –, procedían de familias burguesas. Un vez abierta la veda de la educación de las mujeres y su lucha por la igualdad, muchas de ellas empezaron a cuestionarse la realidad social, y por ende la realidad económica, virando hacia posiciones revolucionarias marxistas, de profunda transformación socio-económica, para realmente cambiar la situación de las mujeres. Esto hizo más fuerte al feminismo. Porque, ¿cómo conseguir realmente cualquier tipo de igualdad en un sistema socio-productivo basado en la desigualdad?

De este modo, la lucha por la emancipación de las mujeres, con su propia trayectoria histórica, debía unirse a la lucha de las clases trabajadoras del mundo, haciendo también más fuerte a ésta. Las revolucionarias rusas comprendieron esto rápidamente debido a lo extremo de la situación de desigualdad social en Rusia. Todas las rusas sufrían en mayor o menor grado la discriminación por ser mujeres. Y si bien es muy cierto que poco se parecía – y se parece – la vida de las ricas y la de las pobres, las nobles y las obreras, también lo era – y lo es – que ni siquiera el dinero o el estatus social te salva completamente de la discriminación por ser mujer. Así pues, para conseguir la igualdad frente a los rusos, la lucha de las rusas, decían las bolcheviques, debía ir de la mano de la lucha contra el zarismo, el capitalismo y la desigualdad social.

El caso de las revolucionarias rusas sigue siendo paradigmático en lo que se refiere a la necesidad de tomar en consideración la complejidad del entramado de las relaciones sociales discriminatorias entre clase social y género, que no admite atajos. Su labor política, tanto antes como después de la Revolución de Octubre forma parte del legado de la lucha de las mujeres, y también del socialismo. E igualmente forman parte de este legado las obreras de Petrogrado, que el Día de la Mujer Trabajadora de 1917 fueron a la huelga, iniciando así una serie de protestas que acabarían con la caída del Zar, primero, y  con la llegada al poder del partido bolchevique, después.

Pasado más de un siglo desde aquello, una huelga feminista ha sido convocada en gran cantidad de países para el Día de la Mujer Trabajadora. Sin embargo – no haría falta decirlo – el contexto en que se enmarca es bien distinto al de hace cien años. Esta huelga feminista, tanto laboral como de cuidados, ha recibido ataques y adhesiones de lo más variopintos. En España, a la derecha no le ha gustado la idea de una huelga feminista, como no le gusta la idea de ninguna huelga, señalando el carácter anticapitalista de la misma. Mientras, Letizia Ortiz ha “vaciado su agenda”, supuestamente en una muestra de apoyo a la huelga, como si una reina hiciera algo remotamente parecido a un trabajo de verdad, y no a vivir de ejercer un cargo absurdo que ha conseguido por casarse con un determinado hombre. Seguramente también se siente horrorizada por los casos de violencia contra las mujeres que como sociedad presenciamos día sí, día también. Es fácil horrorizarse ante esto, y no supone ningún mérito especial. La gravedad de este problema, de hecho, articula el feminismo en la actualidad, y comprensiblemente la organización de la huelga lo ha convertido en un punto central de la reivindicación, al ser algo que crea un amplio consenso en la sociedad en general, así como en el movimiento feminista.

Lo que ya no crea tanto consenso ha sido eliminado de esta huelga del Día de la Mujer Trabajadora. El ejemplo más grave es la no inclusión de la prostitución como violencia contra las mujeres – concretamente las mujeres pobres del mundo -, lo que ha hecho que organizaciones más que sospechosas del sector de la explotación sexual de mujeres y niñas se hayan sumado a la huelga feminista. De este modo el feminismo acaba durmiendo con el enemigo proxeneta, ahora llamado “empresario del sexo”. También para preservar el consenso, y con la idea de hacer más unánime la reivindicación, se ha llegado a pedir que no se lleven banderas de partidos comunistas en las manifestaciones que tengan lugar durante la jornada, una jornada reivindicativa que precisamente establecieron un puñado de mujeres socialistas y comunistas.

Para rematar el caos, distintas organizaciones situadas a la izquierda del espectro político han apoyado la convocatoria de huelga de forma totalmente ciega y acrítica, sin valorar cuestiones tan preocupantes como las expuesta en el párrafo anterior. Al mismo tiempo también desde la izquierda y el comunismo hay quien ha manifestado su total desacuerdo con la huelga, cargando contra ella de forma indiscriminada e incluso contra el movimiento feminista en general, alegando que divide a la clase trabajadora, cosa que las feministas y comunistas llevan más de cien años escuchando. Y para re-rematar el tema, la huelga se ha convocado en un momento nefasto en cuanto a la organización sindical y la lucha en los centros de trabajo. Lo cual no ayuda a nadie – salvo a la patronal -, y tampoco a una huelga feminista.

En determinados momentos, todo este panorama parece el mundo al revés. Reinas que se suman a huelgas, proxenetas participando de reivindicaciones feministas, dirigentes de izquierda llamando a los hombres a realizar el trabajo de las huelguistas y comunistas ridiculizando algo de tanta envergadura como una huelga internacional del Día de la Mujer Trabajadora. Curiosamente, es la derecha de este país que la que parece estar actuando con mayor coherencia. Como ven en la huelga feminista una reivindicación necesariamente anticapitalista – y no les falta razón -, se oponen a ella.

No es nuestra intención aquí – tampoco podríamos – aportar fórmulas mágicas para desenredar todo este enredo. Pero hay algo muy claro que emerge de entre la confusión. La debilidad ideológica de la izquierda en general, así como de las luchas obreras y sindicales, debilita al movimiento feminista, y hacen más problemática la convocatoria de una huelga de  mujeres. Imaginemos, en España, una huelga feminista como la de este 8 de marzo en un contexto de fuerte conciencia de clase, de lucha por los derechos laborales en general y con una buena organización sindical, de demandas de igualdad social que entroncaran con la necesidad de una III República. Una huelga de mujeres en un contexto así podría ser, como ya lo ha sido en la Historia, un valioso catalizador. Le sería imposible a Letizia Ortiz intentar ganarse el aprecio de la sociedad expresando simpatía por la huelga feminista. Los proxenetas serían señalados como lo que son, mercaderes de mujeres y niñas, y expulsados de cualquier reivindicación en beneficio de todas las mujeres. Y las banderas rojas y las hoces y martillos acompañarían al violeta del feminismo, en honor a las históricas promotoras del Día de la Mujer Trabajadora, como Zetkin.

Sin embargo, llevamos décadas de descomposición ideológica de la izquierda, de atomización de la sociedad, de individualismo rampante, de liberalismo campando a sus anchas y de desaparición de la izquierda política. Así hemos acabado en muchos casos con un Día de la Mujer, sin lo de Trabajadora, cerrando los ojos a la complejidad de las relaciones discriminatorias entre la clase social y el género en el seno de la sociedad, con lo que empezábamos estas líneas. De este modo, toda clase de oportunistas han querido aprovechar esta jornada reivindicativa, muy asentada por la necesidad evidente de sus demandas, en beneficio de intereses muy alejados a los de las mujeres en general, y las obreras en particular. El Día de la Mujer Trabajadora de este año, por ejemplo, corre el riesgo en Cataluña de ser copado por las reivindicaciones nacionalistas catalanas impulsadas desde hace unos años por la derecha catalana en el gobierno de la Generalitat. El caso del feminismo en Cataluña, que como tantos otros movimientos sociales ha sido parasitado por el independentismo, ofrece un buen ejemplo de lo perjudicial que resulta la debilidad de la izquierda para la lucha por la emancipación de las mujeres. En Cataluña no faltará quien intente convertir esta huelga internacional y la jornada del 8 de marzo en un asunto nacionalista y “de país”. Nada más lejos ni con menos que ver con las mujeres trabajadoras del mundo.

Todo esto constituye una desgracia para el feminismo y para las mujeres en general. Pero sus demandas no pueden sentarse a esperar la reconstrucción de la izquierda en los parlamentos y a una movilización obrera general. El feminismo no se para, no puede, y por lo tanto tiene que tirar millas con lo que tiene en las condiciones que sean, a pesar del grave riesgo de ser contaminado con ideas neoliberales absolutamente perjudiciales para las mujeres – como el falso derecho a prostituirse -,  o de ser instrumentalizado por el nacionalismo o incluso por la monarquía. Éste no es el contexto en el que a muchas nos gustaría una huelga feminista, pero es el que tenemos. Consideramos que es importante, a pesar de todo, apoyar la convocatoria y salir el 8 de marzo, como todos los años. Sería un error fatal abandonar el feminismo en vez de señalar su incompatibilidad con el capitalismo, el liberalismo, el nacionalismo y la monarquía, que debido a las circunstancias intentan hacerse con la jornada del 8 de marzo. Sería otro error no manifestar también el hecho de que la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres va de la mano de la lucha de la clase trabajadora en todo el mundo, haciéndose más fuertes mutuamente, como la Historia nos enseña. La unión de ambas luchas, si bien puede ser muy intrincada, no es circunstancial ni interesada, es profunda y duradera, y forman parte de lo mismo: la lucha por un mundo donde seamos socialmente iguales, humanamente diferentes y totalmente libres, como dijo Rosa Luxemburgo.

Marina Pibernat Vila
Marina Pibernat Vila, nacida en Girona en 1986. Estudió historia y antropología sociocultural. Feminista y comunista. Actualmente es miembro de la Comisión del Centenario de la Revolución Socialista de Octubre.