Opinión

¿Decreto dignidad? Fascismo en Italia (y aquí)

septiembre 7, 2018
Manel Marco

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¿Decreto dignidad? Fascismo en Italia (y aquí)

Artículo de Jovi Langa y Manel Marco.

Illueca, Monereo y Anguita nos vuelven a iluminar con un artículo en cuartopoder.es en el que se preguntan retóricamente “¿fascismo en Italia?” y que inmediatamente responden con un rotundo “Decreto Dignidad”. Estamos ante una defensa del gobierno italiano formado por la derechista Liga Norte y el “apolítico” Movimiento 5 Estrellas, ante la acusación de “fascismo” como consecuencia de su comportamiento insolidario y xenófobo impidiendo la entrada de barcos cargados de emigrantes/refugiados.

Resulta curioso que los tres ilustres (jubilado, diputado e inspector de trabajo) no desmientan la acusación de fascismo mediante argumentos sobre el tema en cuestión. No dan ni una explicación de lo que ocurre en las costas italianas, ni buscan la causa de que miles de seres humanos circulen por el Mediterráneo con una mano delante y otra detrás, muriendo ahogados en muchos casos o sobreviviendo para acabar en la prostitución. Nada. No buscan el origen de la acusación sino justificar lo equivocado del adjetivo fascista para quienes a pesar de su execrable comportamiento fronterizo se dedican a “dignificar” la vida de la clase obrera con sus decretos. Estos tres elementos nos dicen: ¡mirad! aquel gobierno al que acusáis de fascista por cerrar las fronteras (eso no lo discuten) tiene un comportamiento digno, o más bien dignificante, pues legisla a favor de las clases populares. Concretamente defienden la labor del “joven” ministro Luigi di Maio como ministro de trabajo. Otra vez la juventud como justificación de lo moderno, de lo dinámico, como en los viejos tiempos. “Hasta los sindicatos han manifestado su oposición al Decreto” sostienen aquellos que nunca han perdido la ocasión de oponerse con sus argumentos a la organización de la clase obrera. Es decir, la labor de su “joven” ministro defiende los intereses de los trabajadores más allá de donde las propias organizaciones obreras están dispuestas a defenderlos. Con este intento de desmentir la tendencia fascista del gobierno italiano, el “trío cívico” da con una de las principales características del movimiento nacido en los años veinte del siglo pasado: el fascismo y su movimiento nacional que, al margen del movimento obrero, contrapone las necesidades y aspiraciones de la clase obrera nacional con las de la extranjera. Podríamos actualizarnos y sostener que este planteamiento tiene que ver con el “American First” de Trump. Esto sería equivalente a decir que aunque el tratamiento del fenómeno migratorio sea execrable, el gobierno de “la nueva política” defiende los intereses de los trabajadores como ningún gobierno, es más, mejor que las propias organizaciones de trabajadores.

Vayamos a los contenidos del “Decreto de la Dignidad” que escoge el “Trío Cívico” para combatir la acusación de fascismo sobre el gobierno italiano. En primer lugar nos hablan de una medida que obliga a las grandes empresas subvencionadas por el estado a devolver las subvenciones si optan por deslocalizar la producción. La medida nos puede parecer justa, pues si el estado subvenciona a una empresa es para que desarrolle las fuerzas productivas en su territorio y no para que aproveche esos fondos para irse a otro lugar. Se nos presenta como una medida que se enfrenta a los intereses de las grandes corporaciones pero realmente solo les resta libertad de movimiento. Sería un error confundir esto con los intereses de las clase obrera puesto que el cumplimiento de la medida persigue que las grandes empresas sigan explotando mano de obra (italiana, eso sí, la extranjera se supone que no ha desembarcado), y además recibiendo subvenciones estatales (si no deslocalizan la actividad). La medida introduce seriedad a la concesión de subvenciones a la actividad productiva privada pero no defiende los intereses de las clase obrera pues no supone ni la mejora salarial, ni la reducción de explotación, ni plantea la socialización de los medios de producción ni nada por el estilo. Pero insistimos, que los autores sientan simpatía por la medida no le resta un ápice de fascista a la misma puesto que el fascismo en lo económico fue un régimen exageradamente proteccionista. Estamos ante una medida que no se enfrenta al sistema capitalista sino que enfrenta dos visiones del mismo sistema, proteccionismo frente a librecambismo. Nada de defender nuestros intereses.

Otro de los contenidos “dignificantes” para el trío cívico que contiene el decreto es la prohibición de publicidad de las casas de apuestas. Se sugiere que el gobierno italiano va a impedir así que los obreros italianos pobres gasten su exiguo salario en el sucio juego en lugar de mantener y dar un futuro a sus hijos. Para los autores el juego es la “lacra social que golpea las familias italianas”, y por tanto la medida supone una “defensa de las clases populares frente a grupos de presión que controlan medios de comunicación, etc”. Esperemos que no sigan los adjetivos hasta llegar a decir que quienes criticamos la medida somos partidarios de la ludopatía. Si no llegamos a tal exageración goebbeliana podremos observar que la medida se limita a poner cortapisas a la publicidad, no al juego. Podemos observar que se ha reducido el tabaquismo desde que se prohibió su publicidad, aunque no se abordó la raíz del problema y millones de personas siguen fumando. No ocurrió lo mismo cuando se prohibió la publicidad de prostitución en los periódicos, pues ésta llenó aún más rotondas, polígonos y caminos cuando la crisis de 2008 trajo la miseria a los hogares de las clases populares. Por tanto, negar la realidad, esconderla, no resuelve problemas que tienen una raíz más profunda y que requieren de un enfrentamiento con el sistema. Las clases populares italianas podrán seguir jugando aunque las ganas de jugar no les entren mientras ven el partido de fútbol o la carrera de motociclismo. Eso sí, quienes se jueguen el pan de sus hijos podrán ser considerados tranquilamente como irresponsables por el Trío Cívico, porque un decreto prohíbe la publicidad y evita que se expongan al vicio. Les ha faltado decir que el juego es para los ricos, o que solo los pobres son irresponsables y por eso necesitan un “joven” ministro que sea responsable por ellos. Pero más allá del juicio moral que nos inspiren los obreros jugadores no se aborda la raíz del problema: el empeoramiento de las condiciones de vida provocado por la explotación y las falsas expectativas que genera el juego entre quienes tienen un exiguo acceso al reparto de la riqueza que producen. Independientemente de si el resto de gobiernos europeos se preocupen o se planteen el problema o no, esta medida tampoco sirve frente a la acusación de fascista. Otra de las características del fascismo clásico era negar u ocultar la existencia de los problemas sociales, el establecimiento de una doble moral.

Para terminar decir que aunque no dejen pasar barcos de migrantes/refugiados, por mucho que prohiban la publicidad del juego o tomen medidas proteccionistas, Italia va a seguir teniendo población inmigrante que vende su fuerza de trabajo en las condiciones más miserables, continuarán los problemas de ludopatía y seguirán explotando a trabajadores/as, sean de donde sean.

Al final lo que el “trío cívico” intenta es seguir confundiendo a la clase obrera. Impedir que los que trabajamos para vivir seamos capaces de identificar el fascismo. O lo que es más grave, darnos a entender que la violación de derechos humanos consumada en las costas italianas es justificable a cambio de “dignidades” distintas (que además están vacías). El “trío cívico”, o el Movimiento 5 Estrellas, Podemos o Syriza, que se reclaman espacios sin ideología, – y que sí la tienen como también la tenían los fascistas clásicos-, han conseguido confundir a la clase obrera y convertirse en intérpretes electorales de la voluntad popular, sin contar con la clase obrera ni con sus organizaciones políticas y sindicales. No debemos confluir con esto. Los trabajadores y las trabajadoras no podemos confundir al fascismo ante el cuál solo nos queda sacar las garras.

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