La resistencia a los antibióticos es un problema de salud pública que se agrava cada año, poniendo en riesgo la efectividad de tratamientos que han salvado millones de vidas. En este contexto, un reciente estudio de investigadores de la Universidad de Georgia ha puesto de manifiesto un nuevo y preocupante vector de transmisión de genes de resistencia a colistina: los mariscos importados.
La colistina es un antibiótico de último recurso, utilizado exclusivamente para tratar infecciones bacterianas peligrosas que han desarrollado resistencia a otros medicamentos. Sin embargo, su eficacia está disminuyendo a medida que la resistencia a este fármaco se propaga a nivel mundial. Este fenómeno pone en riesgo la salud de los pacientes infectados y limita las opciones de tratamiento disponibles.
Hallazgos sobre los mariscos importados
El estudio, presentado por el microbiólogo Issmat Kassem, Ph.D., durante la reunión anual de la Sociedad Americana de Microbiología en Los Ángeles, ha reportado la primera identificación de genes de resistencia a colistina en bacterias presentes en camarones y vieiras importados, adquiridos en varios mercados de Atlanta, Georgia. Kassem destacó que la mayoría de los mariscos consumidos en Estados Unidos son importados, específicamente alrededor del 90% de los camarones, y aunque estos productos son sometidos a controles de contaminantes, no se realiza un seguimiento exhaustivo de los genes de resistencia a antimicrobianos.
Los investigadores encontraron que las bacterias portadoras de estos genes de resistencia no suelen ser objeto de revisión en los controles de calidad de los alimentos. Además, algunos de los genes de resistencia se encontraban en plásmidos, pequeñas estructuras de material genético que pueden transferirse entre diferentes bacterias, lo que facilita su propagación.
La resistencia a los antimicrobianos causa la muerte de cientos de miles de personas en todo el mundo cada año. Aunque la colistina fue introducida en la década de 1950 para tratar infecciones por bacterias Gram-negativas, su uso en medicina humana ha sido limitado debido a sus efectos adversos, que incluyen un mayor riesgo de daño a los nervios y los riñones. A pesar de su retirada en Estados Unidos en la década de 1980, algunos países continuaron utilizándola en la producción animal, tanto para tratar infecciones como para promover el crecimiento de los animales.
El descubrimiento de un gen de resistencia móvil, conocido como mcr, en 2016 marcó un hito en la investigación sobre la resistencia a la colistina. Este gen se puede transferir entre bacterias, lo que contradice la creencia previa de que la resistencia se heredaba únicamente. Hasta la fecha, se han identificado al menos diez genes mcr y muchas variantes.
Kassem, quien lleva dos décadas investigando la resistencia antimicrobiana, sospechaba que la importación y exportación de alimentos podría ser un medio de propagación de estos genes. “Si hoy sales a almorzar, tu plato puede contener ingredientes de seis, siete u ocho países diferentes”, señaló. En países donde no hay regulaciones estrictas sobre el uso de antibióticos en la producción animal, los alimentos importados pueden servir como vehículos para la transmisión de resistencia.
En investigaciones anteriores, su grupo ya había encontrado genes mcr en muestras de aguas residuales en Georgia y había identificado el hospedador bacteriano que transportaba los plásmidos con estos genes. Al analizar mariscos comprados en mercados georgianos, encontraron el mismo hospedador, plásmidos y genes que habían identificado previamente en aguas residuales. Sin embargo, Kassem destacó que no se hallaron en mariscos producidos localmente, lo que ofrece un respiro en medio de esta preocupante situación.
El investigador advirtió que, aunque han identificado una fuente de resistencia a la colistina, es posible que existan otros mecanismos de propagación que continúen expandiéndose. “Vivimos en un mundo muy conectado”, concluyó Kassem. “Nos movemos mucho, viajamos mucho, nuestra comida viaja, y vamos a propagar lo que surja, incluso a través de fronteras nacionales. Por eso, es fundamental invertir en sistemas de monitoreo y ampliar su alcance, así como colaborar a nivel global sobre el tema de la resistencia antimicrobiana”.
