En enero de 2025, más de 100,000 residentes de California se vieron obligados a evacuar sus hogares a causa del incendio Eaton, que se convertirá en el segundo más destructivo en la historia del estado. Miles de estructuras en las áreas de Pasadena y Altadena quedaron reducidas a cenizas. Meses después, incluso aquellos cuyos hogares sobrevivieron a la catástrofe siguen enfrentando la falta de vivienda, lidiando con compañías de seguros y sopesando los riesgos para la salud derivados de los daños en sus vecindarios.
Antero Garcia, profesor asociado en la Escuela de Educación de la Universidad de Stanford, ha investigado el impacto del incendio Eaton en los padres afectados, con un enfoque particular en las madres de diversos contextos culturales y socioeconómicos. A través de entrevistas en profundidad con estas mujeres, ha explorado cómo han manejado la toma de decisiones complejas en torno al incendio y sus secuelas, equilibrando la preocupación por el bienestar de sus hijos con la interrupción continua de sus vidas.
Desvelando el impacto invisible del desastre
En un nuevo informe, Garcia identifica temas comunes que surgieron de las entrevistas, desde la fatiga de decisiones hasta la culpa del sobreviviente, pasando por un aumento del apoyo comunitario. El estudio también ofrece recomendaciones para los responsables políticos y estrategias para las familias que navegan por la recuperación tras un desastre.
Garcia menciona que la mayoría de las madres entrevistadas, aunque no perdieron completamente sus hogares, se enfrentaron a daños que no estaban cubiertos por sus seguros o la FEMA. Muchas de ellas han tenido que desembolsar decenas de miles de dólares de su propio bolsillo para la remediación de sus casas, incluyendo la eliminación de escombros, restauración del aire y pruebas de suelo. Además de los costos financieros, estas mujeres experimentan un estrés emocional significativo debido a la necesidad de trasladarse a viviendas temporales y de apoyar a sus hijos en su proceso de adaptación.
Una madre relató cómo su hija se siente ansiosa cada vez que enciende una vela, mientras que otra mencionó que su hijo se obsesiona con la idea de evacuaciones. La culpa del sobreviviente es otra experiencia común, a pesar de que todas las familias han sufrido interrupciones en sus rutinas y vidas cotidianas.
Garcia también constató diferencias generacionales en la toma de decisiones entre los miembros de las familias. Algunas mujeres expresaron que sus familiares mayores minimizaban la gravedad de la situación, mientras que las generaciones más jóvenes eran mucho más precavidas y conscientes de los riesgos. Esta discrepancia no siempre se alinea con las diferencias socioeconómicas, sino que refleja una variación en las percepciones del riesgo.
Sin embargo, un aspecto positivo que emergió de la investigación fue el apoyo mutuo entre familias y vecinos. Se formaron redes de cuidado y comunicación, donde padres ofrecieron sus hogares a familias desplazadas y los niños compartieron juguetes con compañeros que lo habían perdido todo. Este sentido de comunidad se tradujo en un incremento de la comunicación entre los padres durante las entregas de los niños en la escuela, creando un espacio para el apoyo emocional colectivo.
El informe de Garcia subraya la necesidad de que las respuestas a desastres consideren el cuidado como una infraestructura central. A menudo, al hablar de respuestas a emergencias, nos centramos únicamente en la ayuda inmediata de organizaciones como la Cruz Roja o la FEMA. Sin embargo, es crucial reconocer el compromiso prolongado que requiere el cuidado, que se convierte en parte integral de la recuperación y que recae desproporcionadamente sobre padres, educadores y la estructura social en general que apoya a los jóvenes.
