Un reciente análisis sobre la psicología del aficionado al deporte ha puesto de manifiesto sorprendentes similitudes entre los patrones neurológicos y psicológicos de los fanáticos deportivos y la devoción religiosa. Este fenómeno es objeto del libro titulado «La Psicología de los Aficionados al Deporte», que sostiene que, para casi 5.000 millones de personas en todo el mundo, el deporte satisface necesidades psicológicas fundamentales como la pertenencia, la identidad y el sentido de la vida.
El profesor Aaron C. T. Smith, autor del estudio, argumenta que la afición deportiva se deriva de tendencias evolutivas que refuerzan la unidad social y, por ende, la supervivencia. «Nuestra mente tiene una increíble capacidad para creer; una habilidad que ha sido crucial para la supervivencia a lo largo de la historia humana. Así como un músculo que ha sido entrenado al extremo, no podemos resistirnos a ejercitar nuestras creencias. Invertir en ciertas creencias, especialmente aquellas asociadas a deportes y jugadores, nos brinda recompensas personales y sociales significativas», explica Smith.
Paralelismos emocionales y neurológicos
Las similitudes psicológicas entre la afición deportiva y la fe religiosa implican sesgos cognitivos específicos que fortalecen las conexiones emocionales. Entre ellos, se encuentra el sesgo de optimismo, que permite esperar resultados positivos a pesar de las probabilidades realistas, y el sesgo de confirmación, que lleva a priorizar información que respalda las creencias preexistentes de los aficionados.
Smith también establece paralelismos entre la intensidad emocional de los aficionados y la fe religiosa, destacando que ambas experiencias dependen de lo que los psicólogos denominan «ideologías superordinadas», donde los sistemas de creencias se convierten en parte de la identidad central de los individuos. Para los aficionados, la lealtad hacia un equipo trasciende el mero pasatiempo, convirtiéndose en un compromiso que desafía el análisis racional. «Apoyar a un equipo se siente como una victoria o una derrota personal», añade.
Los patrones neurológicos también desempeñan un papel crucial en la creación y sostenimiento de estas conexiones. Momentos emocionales en el deporte, ya sean triunfos o desilusiones, quedan grabados en la memoria con una intensidad vívida, creando recuerdos duraderos que moldean futuras experiencias. El libro menciona el caso de los aficionados al fútbol en Francia, quienes recuerdan vívidamente la victoria en la Copa Mundial de la FIFA de 1998 como un punto culminante nacional, incluso décadas después.
Estos recuerdos son recordados selectivamente para alinearse con las creencias, preservando la inversión emocional y reforzando la fe en los equipos. Como explica Smith, «La memoria se convierte en parte de la estructura mental que sostiene la fe deportiva». Además, se aborda el concepto de «realidad particionada», donde los aficionados crean un espacio mental para el deporte que se separa de otras áreas de la vida, permitiendo suspender la incredulidad y abrazar narrativas que ofrecen significado y emoción, incluso cuando desafían la lógica.
La naturaleza comunitaria de la afición deportiva amplifica su impacto emocional, similar a lo que ocurre en las reuniones religiosas. Las experiencias compartidas, ya sea en estadios, hogares o foros en línea, crean lazos que profundizan la conexión entre los aficionados y sus equipos o atletas elegidos. El libro resalta el atractivo universal de la fe deportiva como un reflejo de la necesidad tribalista inherente de pertenencia y resiliencia emocional en la humanidad. Smith concluye: «Los aficionados no solo apoyan a un equipo; creen en él. Tienen fe en los atletas que los representan, en los colores que visten y en la historia que honran».
