A medida que Estados Unidos y otras naciones se preparan para una nueva era de exploración espacial, una investigación reciente sugiere que los «moonquakes» o temblores lunares podrían representar un riesgo invisible para futuros módulos de aterrizaje, hábitats e infraestructuras a largo plazo. En un estudio publicado el 30 de julio en la revista Science Advances, geofísicos examinaron el sitio de aterrizaje del Apolo 17 en el valle Taurus-Littrow, donde los astronautas pisaron la luna por última vez en 1972, con el objetivo de comprender cómo la actividad sísmica ha moldeado el paisaje lunar. Los hallazgos indican que antiguos moonquakes, provocados por fallas subterráneas, han sacudido repetidamente esta región durante decenas de millones de años. Estas fallas podrían seguir activas en la actualidad, lo que representa un posible peligro para futuras misiones, especialmente si se construyen infraestructuras demasiado cerca de ellas.
Según el estudio, la probabilidad de que ocurra un moonquake dañino cerca de una falla activa en un día cualquiera es de aproximadamente 1 entre 20 millones. Sin embargo, es importante considerar el contexto de esta cifra. «Si los astronautas están allí solo un día, tendrían muy mala suerte si ocurriera un evento dañino», afirmó Nicholas Schmerr, geofísico de la Universidad de Maryland y coautor del estudio. No obstante, durante una misión lunar de diez años, ese riesgo se incrementa a aproximadamente 1 entre 5,500. «Es similar a pasar de las muy bajas probabilidades de ganar la lotería a tener muchas más posibilidades de recibir una mano de póker con cuatro cartas del mismo valor», agregó Schmerr. Este riesgo acumulativo es especialmente relevante en el contexto del programa Artemis de la NASA, que busca establecer una presencia humana permanente en la luna.
Rastros de rocas como pistas sísmicas
A diferencia de la Tierra, la luna carece de una red de sensores sísmicos. Para estimar la magnitud y frecuencia de los moonquakes pasados, el equipo de investigación se basó en evidencia visual, como deslizamientos de tierra y rastros de rocas. El valle Taurus-Littrow está salpicado de enormes rocas que se encuentran en pendientes pronunciadas. Algunos de estos bloques fueron probablemente expulsados por impactos de meteoritos, pero muchos no muestran signos de cráteres cercanos. Schmerr y su colega Thomas Watters, científico emérito del Museo Nacional del Aire y el Espacio de Smithsonian, rastrearon estas rocas hasta las pendientes elevadas, encontrando que sus senderos estaban más alineados con las sacudidas sísmicas que con los patrones de escombros de impactos. Para probar su hipótesis, los investigadores modelaron un hipotético moonquake de magnitud 3.0 a lo largo de la falla Lee-Lincoln, que atraviesa directamente el sitio de aterrizaje del Apolo 17. Sus simulaciones mostraron que la sacudida de un temblor de este tipo sería suficiente para desalojar rocas y provocar deslizamientos, apoyando la idea de que los moonquakes repetidos han ayudado a moldear el paisaje de la región a lo largo del tiempo.
