En Ginebra, comunidades indígenas de América del Norte están participando en negociaciones sobre un tratado global destinado a combatir la contaminación por plásticos. Estas comunidades, profundamente conectadas con el medio ambiente, hacen un llamado urgente para salvar los ecosistemas que dependen de un entorno libre de microplásticos.
En los jardines de la sede de las Naciones Unidas, se escuchó un canto que evocaba la conexión espiritual con el agua. Seis mujeres y un joven de diversas comunidades indígenas de América del Norte llevaron a cabo un ritual de purificación, mientras se preparaban para los debates que se llevan a cabo entre representantes de 184 países, quienes intentan forjar el primer tratado internacional sobre la creciente amenaza de la contaminación plástica.
El legado de los ecosistemas
Panganga Pungowiyi, activista de la Red Ambiental Indígena, expresa la necesidad de que el tratado de contaminación por plásticos garantice justicia, especialmente para las comunidades más vulnerables. Esta activista, proveniente de Alaska, subraya la importancia del conocimiento ancestral: «Es nuestra responsabilidad compartir la información que nos han transmitido los ecosistemas», afirmó durante la negociación.
La región de Alaska enfrenta serios problemas de contaminación por productos químicos tóxicos que provienen tanto de plásticos como de la exploración petrolera. Según Henri Bourgeois Costa, experto en contaminación por plásticos, las comunidades alaskanas son las más afectadas por metales pesados, a pesar de que su uso está prohibido en muchos países desarrollados. Las corrientes oceánicas que solían traer nutrientes y peces, ahora transportan grandes cantidades de microplásticos.
Un estudio de la Universidad del Estado de Washington reveló que un aditivo químico utilizado en la fabricación de neumáticos tiene efectos perjudiciales sobre la reproducción del salmón, un pez fundamental en la dieta de la población local. «Si no hay peces, no hay focas; si no hay focas, no hay alimento», señala Pungowiyi, destacando cómo la contaminación afecta no solo a la fauna, sino también a la salud de las comunidades que dependen de estos recursos.
Aakaluk Adrienne Blatchford, activista de una pequeña aldea alaskana, enfatiza la crisis de seguridad alimentaria que enfrentan: «Si los animales mueren, nosotros morimos». Durante su intervención en una conferencia paralela a las negociaciones, Blatchford lamentó que los productos saludables son cada vez más difíciles de conseguir y caros, con precios exorbitantes en los supermercados.
La lucha por un tratado que aborde la crisis de contaminación por plásticos es fundamental para estas comunidades, que viven en una relación simbiótica con su entorno. Blatchford pide decisiones colectivas sobre cómo manejar esta crisis, y espera que el tratado incluya una lista de aditivos químicos prohibidos, lo que podría marcar un precedente en la protección del medio ambiente y de los derechos de las comunidades indígenas.
Los actos de purificación realizados en el recinto de la ONU son un recordatorio de la conexión vital entre los pueblos indígenas y el medio ambiente, un lazo que se ve amenazado por la creciente contaminación plástica y la falta de acciones contundentes para enfrentarlo.
