El cambio climático está alterando los hábitats de los peces, provocando una situación desigual en la que algunas especies se benefician mientras que otras sufren. Este fenómeno se suma a las presiones ya existentes sobre las poblaciones de peces, como la sobrepesca y la contaminación, complicando aún más la salud de los océanos y la industria pesquera.
A medida que las aguas oceánicas se calientan, los peces intentan adaptarse a las nuevas condiciones. Algunas especies migran, pero otras no pueden hacerlo fácilmente, especialmente aquellas que dependen de hábitats específicos durante etapas cruciales de su vida, como el crecimiento en bosques de algas. Así, el cambio climático puede abrir nuevas oportunidades de pesca para ciertos países, mientras que otros enfrentan pérdidas significativas.
Impacto en las poblaciones pesqueras
Los encargados de la gestión pesquera suelen clasificar a los peces en «stocks», que son poblaciones de la misma especie en una región determinada, a menudo marcada por fronteras nacionales. Sin embargo, estas divisiones creadas por el ser humano no tienen relevancia para los peces, que se desplazan en respuesta al cambio climático, lo que complica la gestión de sus poblaciones y exige un enfoque más flexible y adaptativo.
Según proyecciones, para el año 2050, las aguas alrededor del Reino Unido podrían calentarse alrededor de 1°C bajo un escenario de emisiones moderadas, y hasta 2-3°C si las emisiones continúan aumentando sin control. Al mismo tiempo, se estima que la disponibilidad de alimentos para los peces, como el plancton, podría disminuir hasta un 30%. Investigadores han utilizado modelos informáticos avanzados para predecir cómo 17 especies comerciales clave, como el jurel, el bacalao, la platija, el atún y las sardinas, podrían responder a estos cambios climáticos.
Por ejemplo, las sardinas y los jureles, que habitan en la parte superior del océano, son sensibles a la temperatura y se espera que se desplacen hacia el norte, recorriendo hasta 80 millas en el Atlántico noreste para 2100. Mientras que las sardinas pueden beneficiarse de un aumento del 10% en su abundancia en el Atlántico, el modelo sugiere que los jureles podrían experimentar una disminución del 10% en el Atlántico y del 20% en el Mar del Norte. Este cambio afectará la variedad y cantidad de pescado disponible para la pesca.
Las especies de aguas cálidas, como el atún rojo, podrían beneficiarse en aguas del Reino Unido, con un aumento proyectado del 10% en su abundancia, lo que podría atraer a más ejemplares hacia estas aguas. Sin embargo, especies que habitan en el fondo, como el bacalao y el gallo, se enfrentan a un futuro más complicado. Estas especies prefieren aguas más frías y profundas y tienen opciones limitadas para escapar del calentamiento de los mares, lo que podría resultar en una disminución de sus poblaciones de entre el 10% y el 15% bajo un escenario moderado para 2050.
Si el cambio climático se acelera, las caídas en las poblaciones de bacalao y gallo en el Mar del Norte podrían alcanzar entre el 30% y el 40% para finales de siglo. En contraste, el atún rojo podría ver un aumento del 40%, desplazándose 27 millas más al norte. Aunque estos modelos ofrecen estimaciones sobre cómo podrían cambiar las ubicaciones de las especies, no pueden captar todas las interacciones entre ellas, como las dinámicas de depredación, que son esenciales para entender la salud del ecosistema marino.
Además, los modelos no consideran la presión de la pesca, que ya representa un problema, dado que el 24% de las pesquerías del Atlántico noreste no son sostenibles. Un aumento adicional en la sobrepesca solo agravará la situación. Para mantener las poblaciones saludables, es crucial que los gestores pesqueros empiecen a planificar estos cambios incorporando el clima en sus evaluaciones de stocks. También es necesario que los reguladores reconsideren las cuotas y acuerdos de pesca a medida que las especies se desplacen.
Los peces no tienen pasaporte, y sus hábitats cambiantes desafiarán los acuerdos y cuotas de pesca establecidos. Los países que antes dependían de especies específicas podrían perder acceso a ellas, mientras que otros podrían descubrir nuevas oportunidades. La gestión inteligente y la acción decidida contra el cambio climático son esenciales para asegurar un futuro en el que el marisco siga siendo parte de nuestra dieta. Ignorar esta realidad no es una opción si deseamos evitar que especies como el bacalao desaparezcan de nuestras mesas.
