La reciente declaración de Kemi Badenoch, líder del Partido Conservador del Reino Unido, sobre la necesidad de «maximizar la extracción» de petróleo y gas del Mar del Norte ha generado un amplio debate sobre la política energética y el cambio climático. Para Badenoch, este enfoque es una política de energía de «sentido común», un término que se ha vuelto habitual entre los políticos que buscan presentar su postura como pragmática frente a los llamados más urgentes y ambiciosos en la lucha contra el cambio climático.
Investigaciones recientes indican que este uso del «pragmatismo» político puede convertirse en una forma peligrosa de retrasar la acción climática. La narrativa utiliza un lenguaje que suena razonable y tranquilizador, pero al mismo tiempo deslegitima a quienes abogan por medidas más drásticas y urgentes. En este contexto, el concepto de «pragmatismo» se presenta como una defensa de la actual dependencia de los combustibles fósiles, justo cuando la comunidad científica advierte sobre la necesidad de un cambio rápido y transformador.
El peligro del pragmatismo político
Los políticos, en su afán por mantener el apoyo público, a menudo se ven obligados a adoptar posturas gradualistas, como revelan las entrevistas a miembros del Parlamento británico. Un diputado argumentó que es necesario «aceptar el cambio incremental» para no provocar resistencia entre los votantes. Sin embargo, esta lógica puede conducir a una parálisis en la acción climática, en la que el reconocimiento de la necesidad de un cambio rápido convive con la promoción de una agenda de cambio lento.
El ex primer ministro británico Tony Blair ha manifestado que el debate actual sobre el cambio climático está «lleno de irracionalidad», y ha sostenido que cualquier estrategia que implique una eliminación rápida de los combustibles fósiles está condenada al fracaso. Este tipo de afirmaciones, aunque pretenden sonar racionales, pueden desviar la atención de la urgente necesidad de adoptar políticas que realmente aborden la crisis climática.
El actual gobierno británico también enfrenta desafíos similares al tratar de cumplir con sus compromisos de cero emisiones netas mientras impulsa una agenda de crecimiento económico que incluye proyectos de infraestructura que potencialmente contradicen esos objetivos climáticos. A medida que la retórica del «pragmatismo» se extiende, corre el riesgo de convertirse en un discurso que favorezca soluciones no transformadoras y que perpetúe el status quo en lugar de facilitar el cambio necesario.
En este contexto, es fundamental reconocer que el enfoque gradualista puede no ser suficiente para enfrentar la magnitud de la crisis climática. Los líderes políticos deben ser conscientes de que la población puede estar más dispuesta a aceptar medidas audaces y transformativas de lo que sugiere el actual discurso de «pragmatismo». La forma en que se enmarca el debate sobre el cambio climático y la energía puede tener un impacto significativo en la capacidad de los gobiernos para implementar políticas efectivas que realmente enfrenten los desafíos ambientales actuales.
