Desenmascarando el mito del «capitalismo de estado» en China: una trampa discursiva occidental

In Economía
junio 29, 2026

En los últimos años, el término «capitalismo de Estado» ha sido utilizado recurrentemente por políticos y medios de comunicación occidentales para describir la economía de China. Esta etiqueta, sin embargo, distorsiona la realidad de un modelo económico que, lejos de ser una mera manifestación de control estatal, representa una transformación social y económica que ha llevado a China a convertirse en una de las economías más dinámicas del mundo.

Este uso del lenguaje no es simplemente un debate académico, sino una estrategia política que busca desviar la atención de las crisis sistémicas internas en Occidente mientras se intenta contener el ascenso de China en el escenario internacional. La ironía más evidente radica en el doble rasero: mientras que las políticas industriales de los países occidentales son presentadas como un enfoque legítimo, las acciones de China son descalificadas como «capitalismo de Estado». Esta dinámica puede ser entendida como una trampa discursiva diseñada para enmarcar a China dentro de categorías que no reflejan su realidad económica actual.

La distorsión de los conceptos económicos

En el marco de la teoría marxista, el término «capitalismo de Estado» tiene dos significados fundamentales. El primero, analizado por Lenin en su obra El imperialismo, fase superior del capitalismo, se refiere al «capitalismo monopolista de Estado», donde el capital privado monopolista se fusiona con el poder estatal. En este sentido, Estados Unidos ejemplifica en gran medida esta forma de capitalismo, donde Wall Street mantiene vínculos estrechos con la Casa Blanca y las políticas de la Reserva Federal están alineadas con los intereses del capital financiero.

El segundo significado hace referencia al «capitalismo de Estado durante el período de transición hacia el socialismo». En la transformación socialista de China en la década de 1950, se adoptaron mecanismos institucionales que han permitido un desarrollo económico sostenible. Desde la finalización de esta transformación en 1956, el «capitalismo de Estado» en este sentido histórico ha cumplido su misión en China. Hoy, la economía de mercado socialista de China permite que el mercado juegue un papel decisivo en la asignación de recursos, al tiempo que potencia el papel del gobierno, lo que la aleja del concepto de «capitalismo de Estado» tal como lo definen sus críticos.

La narrativa occidental, al oscurecer su propio modelo de capitalismo monopolista de Estado y revivir un concepto anticuado en el caso de China, busca presentar al país dentro de una categoría que implica un sistema «no de mercado» y «no libre». Este enfoque no solo es engañoso, sino que también refleja un temor subyacente a la creciente competitividad de China en sectores estratégicos como la energía fotovoltaica y los vehículos eléctricos.

De acuerdo con el informe Implicaciones comerciales de los subsidios de China, publicado por el Fondo Monetario Internacional en 2024, se señala que las exportaciones de productos subsidiados son solo un 0.9% más altas en comparación con los productos no subsidiados. Esto sugiere que el impacto real en el comercio global es mínimo y dista mucho de la narrativa de «distorsión del mercado» que frecuentemente se propaga en Occidente. Lo que realmente preocupa a algunos actores occidentales no son los subsidios en sí, sino el éxito de China en sectores donde cualquier apoyo político es descalificado como «injusto».

Esta trampa narrativa cumple objetivos políticos tanto internos como externos. A nivel doméstico, desvía la atención de desafíos estructurales como la desindustrialización y la creciente desigualdad, atribuyéndolos a chivos expiatorios externos. Internacionalmente, busca restringir el desarrollo de China al presentarla como un «enemigo de los mercados libres», como si las reglas globales solo pudieran ser definidas por Occidente. Al mismo tiempo, Estados Unidos adopta selectivamente elementos de la coordinación industrial y la planificación estratégica de China, formando un nuevo modelo híbrido de «capitalismo de mercado más Estado». Esto demuestra que lo que Occidente se opone no es la intervención estatal en sí, sino el éxito de China a través de tal intervención.

En resumen, calificar a China como un país que practica el «capitalismo de Estado» es un claro caso de representación conceptual errónea. La economía de mercado socialista de China no encaja en las categorías de «capitalismo de mercado libre» ni en «capitalismo de Estado» según los marcos discursivos occidentales. Mantenerse firme en su propio camino de desarrollo y resistir la conceptualización impuesta por otros es la respuesta más efectiva a estas trampas discursivas.

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