Un periodista danés ha puesto contra las cuerdas al secretario general de la OTAN, Mark Rutte, en una rueda de prensa celebrada esta semana. La pregunta, directa y sin concesiones, apuntaba al corazón de la contradicción que muchos observan en la actitud del ex primer ministro neerlandés: ¿cómo se sienta al lado de Donald Trump mientras este amenaza con conquistar Groenlandia o insulta a aliados como España, y no dice nada?
«¿Afecta esto a tu autoestima?», preguntó el periodista, recogiendo el malestar de buena parte de la opinión pública europea. La respuesta de Rutte, lejos de despejar dudas, confirmó la sumisión: elogió a Trump porque, según dijo, «hace a la OTAN más fuerte».
La escena, grabada y difundida por varios medios, ha generado un intenso debate sobre el papel de los líderes europeos frente a las embestidas del presidente estadounidense. Para muchos, la actitud de Rutte simboliza la pérdida de soberanía y dignidad de una Europa que calla ante las humillaciones de su socio imperial.
Desde una perspectiva popular y antiimperialista, esta anécdota no es un simple rifirrafe diplomático. Es la constatación de que la OTAN, lejos de ser una alianza entre iguales, funciona como un instrumento de dominación de Estados Unidos sobre sus propios aliados. La «fortaleza» que Rutte dice ver en Trump no es más que la fuerza bruta del imperialismo, que no duda en pisotear a sus socios cuando le conviene.
La pregunta del periodista danés, incómoda y necesaria, nos recuerda que la dignidad no se negocia. Y que quien calla, otorga.
