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La ultraderecha europea ensaya su vida sin Trump

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julio 08, 2026

Análisis / La República

Del vasallaje al «patriotismo de conveniencia»: por qué Abascal, Meloni y compañía preparan el terreno para un escenario post-Trump que no les exija lealtad, pero les deje el botín

Hay una frase que resume el momento político de la derecha radical europea mejor que cualquier informe de tendencias. La pronunció Santiago Abascal esta semana, y no iba dirigida a Pedro Sánchez, ni a Bruselas, ni al «globalismo»: iba dirigida a Donald Trump. «No puede tratar a sus aliados como vasallos», dijo el líder de Vox. Que el político español que construyó buena parte de su identidad internacional peregrinando a las CPAC de Washington, abrazando el trumpismo como horizonte y presumiendo de la bendición presidencial —aquel «qué gran tipo, Santiago» de febrero de 2025— se atreva ahora a corregir públicamente al presidente de Estados Unidos no es una anécdota. Es un síntoma. Y conviene leerlo bien, porque lo que está ocurriendo en la derecha y la ultraderecha europeas no es una crisis de familia: es una operación de reposicionamiento.

El detonante: la humillación de Meloni

El episodio inmediato es conocido. En vísperas de la cumbre de la OTAN en Ankara, Trump publicó en su red social una foto de Giorgia Meloni mirándole con el comentario de que haría falta «una orden de alejamiento», el enésimo capítulo de una escalada que arrancó cuando el presidente estadounidense aseguró que la primera ministra italiana le había suplicado una foto en el G7 y que él accedió «por pena». Meloni, que había hecho de su sintonía con Washington el activo central de su política exterior, respondió que ni ella ni Italia suplican, y su Gobierno optó finalmente por la estrategia del silencio, mientras hasta rivales políticos como Carlo Calenda salían a defenderla llamando a Trump «matón».

Detrás de la telenovela hay política dura: Meloni criticó la operación militar estadounidense contra Irán, se resistió a algunas exigencias de Washington dentro de la OTAN y pagó el precio que Trump reserva a quien no se somete: la humillación pública, con un añadido especialmente grosero, el de frivolizar con la figura de la orden de alejamiento —una medida asociada a la violencia machista— contra la primera mujer que gobierna Italia. Que la ultraderecha europea, tan dada a envolverse en la bandera de la defensa de «nuestras mujeres» frente al extranjero, haya tardado semanas en reaccionar dice mucho de dónde estaban sus prioridades. Que haya reaccionado al fin dice mucho de dónde están sus cálculos.

El contexto: un imperio ideológico en retirada

Porque el desencuentro Trump-Meloni no ocurre en el vacío. Ocurre tres meses después del acontecimiento que la ultraderecha continental aún no ha digerido: la caída de Viktor Orbán. El 12 de abril, tras dieciséis años de poder, el laboratorio iliberal de Budapest fue desmontado en las urnas por Péter Magyar y su partido Tisza, que arrasó con una mayoría de dos tercios pese al apoyo explícito de Trump —que llegó a pedir el voto para Orbán en mayúsculas— y a la visita de campaña del vicepresidente Vance. La lección que extrajeron los analistas es demoledora para el proyecto reaccionario transnacional: es muy difícil internacionalizar el nacionalismo, y el padrinazgo de una superpotencia extranjera puede ser un lastre, no un aval, cuando tu discurso es la soberanía.

La caída de Orbán no es solo simbólica. Budapest era el nodo logístico y financiero de la internacional reaccionaria: think tanks, foros, y dinero contante. Vox, sin ir más lejos, financió campañas con millones en préstamos de banca húngara vinculada al entorno de Fidesz. Ese grifo se cierra. Y con él se tambalea la arquitectura material de una red que se presentaba como movimiento espontáneo de los pueblos y funcionaba, en realidad, como una franquicia con casa matriz.

Súmese el resto del cuadro: un Trump que bombardea Irán unilateralmente contra el criterio de sus aliados, que insulta al canciller alemán, que amenaza con quedarse Groenlandia, que exige a los europeos un 5% del PIB en gasto militar mientras coquetea con retirar tropas del continente, y cuyos propios sondeos domésticos flaquean. Para la ultraderecha europea, la pregunta ya no es si conviene seguir atada a Trump, sino cuánto costará desatarse sin que se note demasiado.

La operación: nacionalizar el nacionalismo

Aquí es donde la izquierda debe afinar el análisis y resistir dos tentaciones. La primera, la del regodeo: pensar que la pelea entre Trump y sus discípulos europeos debilita a estos últimos. La segunda, la de la ingenuidad: creer que el distanciamiento de Trump implica moderación. Ninguna de las dos cosas es cierta.

Lo que Abascal, Meloni y el resto de la familia están haciendo es algo más sofisticado: están preparando el escenario post-Trump. No necesariamente el fin de Trump —aunque su horizonte constitucional termina en 2028 y su desgaste es visible—, sino el fin de la utilidad de Trump como referencia. El trumpismo fue para ellos una escalera: legitimó su discurso, les dio acceso, dinero, prestigio internacional y la sensación de cabalgar la ola de la historia. Pero las escaleras se retiran cuando se ha llegado al piso deseado. Y la ultraderecha europea ya ha llegado: Meloni gobierna Italia desde hace casi cuatro años; Vox acaba de sellar su cuarto pacto de gobierno autonómico con el PP, en Andalucía, tras Extremadura, Aragón y Castilla y León; sus homólogos condicionan gobiernos o lideran encuestas en media Europa.

El movimiento, por tanto, es de emancipación calculada. Abascal defiende a Meloni frente a Trump no porque haya descubierto de pronto los modales, sino porque el relato del «aliado tratado como vasallo» le permite tres cosas a la vez: presentarse como patriota frente a un Washington abusivo (blindándose ante la acusación, siempre incómoda, de ser la quinta columna de una potencia extranjera), estrechar el eje europeo con Roma —su verdadera apuesta de futuro—, y no romper del todo con el MAGA, cuyo electorado espejo sigue necesitando en casa. Es el mismo manual que ya ensayó Meloni: atlantismo sí, sumisión no; y cuando el atlantismo se vuelve tóxico, «interés nacional».

La caída de Orbán acelera esta mutación por otra vía: demuestra que el modelo «iliberal con padrinos externos» tiene fecha de caducidad electoral. La ultraderecha que quiere durar toma nota y se recicla hacia algo más peligroso por más presentable: la normalización institucional. No el asalto al Estado a la húngara, sino la erosión pactada desde dentro, con socios conservadores tradicionales que le hacen de avalista.

El escenario post-Trump: más europeo, más institucional, más peligroso

¿Cómo sería, entonces, ese escenario que están preparando? Pueden aventurarse cuatro rasgos.

Primero, un centro de gravedad desplazado de Washington a Roma. Meloni, precisamente por haber sido maltratada por Trump, emerge como la figura capaz de articular una derecha radical «respetable», europeísta a su manera —la de vaciar Europa por dentro, no la de dinamitarla desde fuera— y homologable para las derechas tradicionales. La víctima de Trump se convierte en la alternativa a Trump dentro de su propio campo ideológico.

Segundo, la conversión del rearme en oportunidad. La exigencia trumpiana de gasto militar y la amenaza de repliegue estadounidense ofrecen a la ultraderecha un discurso nuevo: la «soberanía europea» en clave identitaria y militarista, que le permite disputar a liberales y socialdemócratas la bandera de la autonomía estratégica, pero cargándola de contenido nacionalista y de negocio armamentístico.

Tercero, la agenda de siempre con envoltorio administrativo. Los pactos PP-Vox en España son el prototipo: la «prioridad nacional» aplicada mediante criterios de «arraigo» en el acceso a servicios públicos, la sanidad como frontera interior, el cuestionamiento de la nacionalidad de descendientes de exiliados presentado como defensa de la limpieza del censo. Nada de esto necesita a Trump; todo esto sobrevivirá a Trump. Es la instalación de la discriminación en la fontanería del Estado, con la firma de la derecha tradicional al lado.

Cuarto, la disputa por la herencia del MAGA sin sus servidumbres. Cuando Trump salga de escena —por el calendario o por el desgaste—, su movimiento entrará en guerra sucesoria. La ultraderecha europea quiere llegar a ese momento con las manos libres: suficientemente distanciada del personaje como para no caer con él, suficientemente cercana a su base como para heredar sus redes, sus plataformas y su relato.

Lo que la izquierda no debería hacer

El error sería contemplar este reajuste como espectadores divertidos. La pelea Trump-Meloni-Abascal no es el principio del fin de la ultraderecha: es su muda de piel. Orbán cayó, sí, y su derrota enseña que estos proyectos son reversibles cuando la sociedad se organiza y la oposición ofrece una alternativa creíble; esa es la buena noticia, y no es menor. Pero la mala es que sus herederos han aprendido la lección más rápido que sus adversarios: menos estridencia exterior, más captura institucional; menos dependencia de padrinos lejanos, más pactos con la derecha de al lado.

La respuesta, por tanto, no puede agotarse en señalar las contradicciones ajenas —el «patriota» que fue palmero de una potencia extranjera hasta que dejó de ser rentable—, aunque haya que hacerlo. Exige disputar lo material: los servicios públicos que la «prioridad nacional» quiere convertir en trinchera identitaria, el relato de la seguridad, la definición misma de soberanía europea antes de que la escriban otros. El trumpismo europeo se prepara para sobrevivir a Trump. La pregunta incómoda es si las izquierdas europeas se están preparando para sobrevivir al trumpismo sin Trump.