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Donald Trump ha vuelto a demostrar su imprevisibilidad política, esta vez en relación con Venezuela. Tras haber mostrado signos de un pragmatismo extremo hacia el régimen de Nicolás Maduro, el expresidente estadounidense ha anunciado que revocará las licencias otorgadas por la administración demócrata que permitían a las empresas petroleras estadounidenses operar en el país sudamericano a partir del 1 de marzo. Esta decisión ha sorprendido a muchos, dado que parecía que se estaba normalizando la relación bilateral entre ambos países.
El anuncio de Trump parece marcar un regreso a la estrategia de su primer mandato, cuando apoyó la autoproclamación de Juan Guaidó como «presidente encargado». A través de un mensaje en redes sociales, el magnate republicano ha dejado claro su intención de endurecer su postura. «Estamos revirtiendo las concesiones que el corrupto Joe Biden le dio a Nicolás Maduro», afirmó, refiriéndose a un acuerdo de transacción petrolera firmado en noviembre de 2022 que, según él, no ha sido respetado por el régimen venezolano.
En este contexto, Trump no se distancia de Biden en lo que respecta a la condena al madurismo. Ambas administraciones comparten una crítica hacia las elecciones de julio pasado, que fueron ampliamente cuestionadas. El Consejo Nacional Electoral (CNE) proclamó la victoria del candidato oficial sin presentar las actas correspondientes, mientras que la oposición reivindicó la victoria de Edmundo González Urrutia. Biden, al abandonar el poder, reconoció al exdiplomático como mandatario electo.
Repercusiones en la política migratoria y económica
La revocación de la licencia que beneficiaba a Chevron también está relacionada con el tema migratorio. Trump ha argumentado que «el régimen no ha estado transportando a los criminales violentos que enviaron a nuestro país de vuelta a Venezuela al ritmo rápido que habían acordado». Por lo tanto, ha ordenado rescindir el «Acuerdo de Concesión» de Biden, que, según él, ha sido ineficaz.
En noviembre de 2022, Biden había concedido a Chevron una licencia para reanudar la producción de petróleo en Venezuela, tras las sanciones impuestas durante el primer mandato de Trump que paralizaron las actividades de perforación en 2019 y causaron un grave daño a la economía venezolana. Aunque la autorización de Biden no permitía nuevas perforaciones, sí permitía el mantenimiento de los campos petroleros, con la esperanza de crear mejores condiciones para unas elecciones en Venezuela que, hasta ahora, han estado marcadas por la falta de garantías.
El reciente giro en la política de Trump abre un nuevo escenario. Maduro, en un intento por suavizar las tensiones, declaró que «en su primer Gobierno, presidente reelecto Donald Trump, no nos fue bien. Este es un nuevo comienzo para que apostemos a ganar-ganar». Esta declaración se produce en un momento en que el enviado de Trump, Richard Grenell, ha visitado Caracas, donde se reunió con el presidente venezolano y se comprometió a colaborar en la nueva política migratoria de la Casa Blanca.
Grenell, tras su encuentro, destacó que «esto es un nuevo estándar» y que la presencia de un diplomático estadounidense en Caracas sería utilizado por Maduro con fines propagandísticos. La situación refleja la complejidad de las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela, donde las estrategias políticas y económicas están en constante evolución.