Descubrir los Balcanes: Kosovo, Macedonia y Albania

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“La gente empezó a venir en 2005”, escuché que decía el hermano Kalist. “Todavía recuerdo al primer reportero de viajes – como si fuera ayer”. Me aparté del fresco que había estado mirando y me presenté al carismático monje barbudo que vive solo en el monasterio de Sveta Bogorodica, en Treskavec, ubicado en lo alto de una colina azotada por el viento en el Monte Zlato, en Macedonia.

En 2005, sólo se podía acceder al monasterio por una pista de tierra. Pero cuando en 2013 el monasterio sufrió un incendio devastador, construyeron una carretera para facilitar su reconstrucción. El hermano Kalist hablaba alegremente del desastre, explicando que el monasterio, que data del s. VI, había sido destruido por numerosos incendios a lo largo de los años. “Bromeamos sobre que siempre sobreviven los mismos cuatro rincones: la cocina, el refectorio, el campanario y la iglesia”.

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Me explicó que, antes de que apareciera el monasterio en una revista de viajes especializada, casi no recibías visitantes, pero entonces lo citaron y ahora acoge unas 100 personas por semana en verano. “Me preguntan qué tal es vivir solo en la montaña, rodeado de lobos y osos”, sonrió. Le pregunté si creía que iba a venir más gente con la carretera nueva. “Traerá a otro tipo de visitante”, conjeturó mientras caminábamos por el exterior de la iglesia con la niebla bailando entre las rocas de granito. “Pero no debemos ser egoístas, tenemos que compartir todo esto”.

Kosovo del tirón

Estaba realizando un viaje en torbellino por los Balcanes, viajando con varias agencias internacionales que estaban estudiando el potencial de la región en cuanto a turismo cultural y de aventuras.

Empezamos en Kosovo, donde aterricé sin ninguna idea preconcebida. Había estado en Serbia en 2008, el día en que Kosovo declaró la independencia y había visto hombres adultos llorando por la noticia. Ahora había venido a visitar este país naciente, que algunos todavía no han reconocido y que muchos todavía asocian a imágenes de armas y bombas.

En Pristina, mi impresión inicial fue de juventud – tiene la población más joven de Europa y hay tiendas de bodas por doquier. Mujeres jóvenes y glamorosas paseaban con vestidos cortos y las numerosas terrazas de las cafeterías estaban abarrotadas. Aunque con la tasa de paro quizás muchos de ellos pasarán horas con una taza de café. Pero es posible que sea café. “Tenemos el mejor cortado del mundo”, me dijo la gula – la primera de muchos en decirme eso. Y, para mi sorpresa, quizás tengan razón.

Sólo teníamos unas pocas horas, tiempo suficiente para echar un vistazo al bulevar Bill Clinton y a la tienda de ropa Hillary Clinton, para dar un paseo por el bulevar Nena Tereza (Madre Teresa) y para visitar el encantador Museo Etnográfico Emin Gjiku antes de partir hacia el campo.

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Pristina es interesante pero era el resto de Kosovo lo que me llamaba la atención. Dormimos una noche en una kulla – una construcción fortificada de varios siglos de antigüedad. Las están restaurando con bastante imaginación. Visitamos el impresionante monasterio de Decani, y recorrimos a pie y en bici las colinas y los valles, sin encontrarnos con nadie. En Gjakova recorrimos el viejo bazar. En la ciudad otomana de Prizren nos faltó tiempo para explorar las mezquitas e iglesias o admirar su hermoso puente de piedra.

¿Dónde estaba todo el mundo?

Tras dejar Kosovo, conducimos por el norte de Albania, a través de las montaÑas, de camino hacia el sur. Aquí, tuve la oportunidad de volver a visitar lo que se conoce como la “Riviera de Albania”. Ya había estado aquí en los años 90; ahora hay más construcciones en la costa pero no está tan maltrecha como me temía. Cuando llegamos al pueblo costero de Nuevo Qeparo, persuadí al conductor para desviarnos por el bello Viejo Qeparo, 45om arriba en el monte Gjivlash. Yo me había alojado allí cuando los lugareños estaban iniciando un proyecto de homestay pero aquellos planes parecen haberse abandonado, como el pueblo.

Hoy, casi no quedan residentes permanentes. En verano, es una excursión para los visitantes costeros y hay un par de cafeterías abiertas. En una de ellas, los propietarios me dijeron que planean inaugurar algún tipo de alojamiento sencillo para 2015.

En cualquier otro rincón del Mediterráneo, encontrarías un hotel o dos y un restaurante elegante sirviendo productos locales y las casas se habrían restaurado como segundas residencias para lugareños o extranjeros. Pero aquí sólo había tranquilidad. Bajo el pueblo se extendían las terrazas cultivadas con olivos; desde lo alto de la colina, podía ver atractivos senderos entrecortando el verde. Le aseguré al propietario del café que los senderistas se alojarían aquí.

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Seguimos hacia el sur, hasta el yacimiento arqueológico de Butrint. Este enclave ha sido habitado por lo menos desde el s. IX a. C., pero podría ser más antiguo. Acumula siglos de historia y tanto romanos, como venecianos como otomanos dejaron sus huellas. El teatro romano, del s.IV d. C., todavía se usa para eventos en verano. El yacimiento está situado en un enclave precioso con bosques, prados, un lago y un río.

Di un paseo a caballo al atardecer en torno al lago Butrint. Cuando estuve aquí en el 90, sus habitantes luchaban por salvar el yacimiento. Ahora es patrimonio de la UNESCO y recibe visitantes que vienen desde Corfú. Conocí a un parlamentario y director de la agencia para la conservación de la costa albana llamado Aurun, que también dirige un pequeño negocio turístico. Empezó con los senderos a caballo por accidente, me explicó. “Un amigo necesitaba un hogar para sus caballos así que me los quedé. Y entonces tuve que pensar en algo que hacer con ellos”. Así que Auron y su mujer, Nancy, ofrecen excursiones por las llanuras al otro lado del río de Butrint. También ofrecen travesías de varios días tras los pasos de Lord Byron, que recorrió la región a caballo y a pie en un viaje que le inspiró su poema Las peregrinaciones de Childe Harold.

captura-de-pantalla-2016-11-27-a-las-4-16-02Ya se había puesto el sol cuando cambiamos el caballo por un 4×4 y nos dirigimos a las colinas para visitar el monasterio sufí. “Byron pasó por aquí”, me dijo Auron. El cielo estaba muy estrellado cuando divisamos la silueta de los majestuosos cipreses que anunciaban nuestra llegada a Bektashi Melan. Allí, un derviche sufí con unos grandes ojos azules nos invitó a entrar. No me esperaba para nada acabar bebiendo raki en una sala de color verde con un hombre santo que fumaba un cigarrillo tras otro.

La promesa de regresar

Un par de días más tarde, mientras conducíamos por el espectacular paisaje de montaña del sudeste de Albania, me entraron ganas de calzarme las botas para explorar la naturaleza salvaje. En varias horas sólo nos habíamos cruzado con otros dos vehículos. Al final, llegamos a la ciudad de Pogradec, a orillas del lago Ohrid, a pocos kilómetros de la frontera con Macedonia, o (Ex República Yugoslava de Macedonia, como la denominan en la ONU).

Justo en la frontera se encuentra el monasterio de Sveti Naum, con sus pavos reales y su impresionaste iglesia, fundado en el 905 d. C. por san Naum. El complejo es ahora un hotel y mi habitación tenía vistas al lago – uno de los más profundos y antiguos de Europa. Me invadió una gran sensación de paz. En Albania, había deseado más tiempo para caminar; en el lago Ohrid, me moría por relajarme. Un sepulcro en el interior de la capilla guarda las reliquias de san Naum. Como otros visitantes, puse la oreja sobre el sepulcro para escuchar el latido de su corazón. Realmente podía oír una pulsación, seguramente el goteo del agua en algún rincón. En el exterior de los muros del monasterio, al pie de la estatua del santo tallada en un viejo nogal, alguien había dejado unas ofrendas; San Naum ayuda a las parejas que no pueden tener hijos. A la mañana siguiente desayunamos en el restaurante Ostrovo, cerca de las fuentes que alimentan el lago. Para nuestra sorpresa, tras servimos la comida, el muelle en el que nos encontrábamos sentados se convirtió en una barcaza y se adentró en el lago. Comimos mientras navegábamos cerca de las fuentes.

Otra barca nos llevó desde el hotel a la ciudad de Ohrid. Por el camino vimos una mezcla de centros de vacaciones y casas en la orilla este, junto a lo que antaño fuera la residencia del mariscal Tito, el líder comunista de Yugoslavia, ahora residencia del gobierno para dignatarios.

Y entonces apareció Ohrid con sus emblemáticas iglesias – una vez hubo 365 de ellas, una para cada día del año. Desembarcamos para recorrer las encantadoras calles hasta el teatro romano primero, y la fortaleza en lo alto de la colina de Ohrid, después. Luego, bajamos andando hasta la iglesia de S. Juan Kaneo, del s. XIII, quizás la imagen más famosa de Macedonia y protagonista de numerosas postales. Junto al lago, las cafeterías llamaban nuestra atención y la gente tomaba el sol en las playas de guijarros y se bañaba en las aguas cristalinas. Envié un mensaje a un amigo “tenemos que volver aquí”.

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¡Salud!

Llovía cuando nos despertamos antes del amanecer en el Parque Nacional de Mavrovo, unos días más tarde. Conducimos hasta un bosque donde encontramos unos caballos atados junto a una caballeriza. El guía, Vasko, nos explicó las normas básicas y luego nos hizo practicar sobre un pony. Una vez hecho esto, nos emparejó con un amigo de cuatro patas y nos ayudó a montar en nuestras cómodas sillas. Mientras cabalgábamos, Vasko nos mostró el punto donde había visto a un lobo unos días antes y nos dijo que suelen encontrar lobos y osos aquí en las montañas. Hubiera sido una excursión magnífica pero de repente el cielo se tapó y empezó a diluviar. Tuvimos que dar la vuelta y volver a casa y yo añadí otro sitio a mi lista de lugares a los que debo volver.

Pero Macedonia no es sólo lagos y montañas. Es un país pequeño pero completo. Pasé unos días en la capital, Skopie -que merece una visita por sí sola, ni que sea por las estatuas gigantes que contrastan con el viejo bazar. Con la ciudad como base, visité el yacimiento arqueológico de Stobi y la región de los vinos. En Popova Kula, un precioso viñedo que admite visitantes, disfruté de un almuerzo maravilloso de productos locales sentado en un balcón al sol con vistas a los viñedos y al desfiladero de Demir Kapija. Probé algunos de los vinos, como un rosado hecho con la variedad de uva local, stanushina. Estas bodegas están trabajando para preservar las variedades domésticas, además de producir variedades más conocidas como merlot o chardonnay. Un trío de países que ofrecen excelentes vinos y cafés, con una relación calidad-precio fantástica, iglesias bizantinas y fortalezas otomanas, ciudades romanas y yacimientos ancestrales, naturaleza y magníficas montañas y lagos deseando ser explorados… ¿A quién no le va a gustar? Creo que el padre Kalist debería prepararse para recibir a muchos más visitantes.

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Luis Coronel Cubas
Luis Coronel Cubas es licenciado en periodismo por la Universidad de Navarra. Escritor de viajes de profesión y amante de la cultura, también escribe sobre tecnología, ciencia o deporte.