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Que una mayoría parlamentaria haya sacado a un PP hasta las cejas de corrupción del gobierno es una buena noticia, sin duda. Que nos sorprenda que un partido burgués esté untado es significativo del retroceso ideológico. Que después de tantos años de “PSOE y PP la misma mierda es” nos alegremos por un gobierno del PSOE parece más bien una tomadura de pelo.

Se trata de un gobierno del PSOE con 84 diputados y apoyado por Podemos (e IU) y PNV, con los PGE del PP, con un senado en manos del PP, manteniendo los compromisos la santísima trinidad institucional (la UE, la iglesia y la OTAN). Un gobierno del PSOE apoyado por los que venían acusando a IU de muletilla. Un gobierno débil que está generando demasiadas esperanzas a pesar de no pretender cambiar nada de calado.

Por eso no podemos permitirnos dar mensajes de falsas esperanzas para la clase obrera: ni se abre una nueva era, ni ha caído el régimen burgués ni caerá en breve, ni hay esperanza de nada. Entre otras cosas, porque no hay una fuerza obrera capaz de ello (ni en el parlamento burgués ni mucho menos fuera de él). De hecho no hay absolutamente nada. Y esto es lo primero que deberíamos tener en cuenta.

Hemos asistido (como espectadores) a la explosión del partido del gobierno por parte del capital, que se lo ha ido cargando soltando los casos de corrupción según necesidades pues saben mejor que nadie a quién financian, cómo y cuándo. Algo que nos lleva a pensar que es el empujón necesario para aupar a su criatura política para un futuro cercano: ciudadanos. Un partido sin bases, sin militancia y que en su puesto tiene cada vez más comerciales repartidos por todo el territorio. Un “movimiento” (más que un partido) fuertemente centralizado en la figura de un líder, que ha pasado de decir ser socialdemócrata a liberal en pocos años y a mostrar un discurso cada vez más parecido al joseantoniano, (no muy alejado del peronismo de algunos, por cierto). Y es precisamente su descripción lo que nos indica hacia dónde vamos: económicamente ultraliberal, y socialmente fascista. Un “movimiento” que recoge los frutos del fascismo sociológico que han alimentado durante estos años. Un discurso desde un supuesto “centro” (ni de izquierdas ni de derechas) y con un pensamiento dominante bien extendido bajo la etiqueta errónea de “sentido común”. Una organización que ataca directamente al partido clásico (a nuestra forma organizativa), que se presenta como lo nuevo frente a lo viejo, que sabe pedir “mano dura” con cierta delicadeza, y que le sobra hasta la forma burguesa de democracia. De hecho desde el PP y Cs se está criminalizando hasta una simple moción de censura como si de un golpe de estado se tratase al tiempo que hacen paralelismos con la izquierda del 36 y aprovechan para cargarle la responsabilidad de la guerra. No olvidemos tampoco que hoy en día ya meten en la cárcel a cualquiera con cualquier excusa ante la indiferencia de cualquier paisano. Aquí cada vez se esconden menos. Casi tres décadas después de la caída de la Unión Soviética, al capital le empieza a sobrar no solo la socialdemocracia sino también la democracia burguesa.

En resumen, todo apunta a que Cs es el instrumento político a medida para el capital ante un panorama cada vez más duro para la clase obrera. C’s (u otro peor) será presentado como la solución a la “inestabilidad” política y al hartazgo de los trabajadores y las trabajadoras cansados de paro, precariedad y miseria. Pero tampoco caigamos en el error de entender esa “inestabilidad” como algo real, pues el capital controla prácticamente el 100% de la política. Con sus luchas internas, sí, pero todo bajo control. Entonces, ¿por qué se preocupan? Pues porque son conscientes de que no hay solución a los problemas obreros bajo su sistema y esto acabará generando conflictos cada vez más potentes. Y porque también saben que aunque estemos bajo mínimos, somos la única opción capaz de unificar esas luchas y crearles un verdadero problema. Porque 1917 y 1945 siguen siendo sus peores pesadillas.

Pero ¿dónde está la izquierda?

Si bien no hace mucho hablábamos de pan, techo y trabajo, ahora nos encontramos hablando de confluencias, change.org, chalés, primarias abiertas, fiestas de precarios, la aparición de un superactivista en “tu cadena de izquierdas” o de lo mala que era la URSS. Algunos se pasan el día creando fobias en twitter, o haciendo un trending topic (¡otra victoria para la clase obrera!). Luego se extrañan de que la clase obrera no les vote. Puede que a la izquierda le haya afectado eso de cambiar medicamentos por agua con azúcar aunque a algunos/as les va bastante bien. Vida laboral en blanco, poltrona y sueldo por decirnos que llega el cambio, que tenemos más fuerza de la que tenemos, y dándonos esperanzas que solo generan frustración llevándonos a una situación peor que la anterior: más explotación, más pobreza, más precariedad, más renuncias ideológicas y menos fuerza obrera.

Mientras tanto en el mundo real de paro, precariedad, violencia machista y desahucios, nuestros enemigos de clase han trasladado el centro del debate a lo identitario. Discursos falsamente patrióticos liderados por la derecha correspondiente que ya asoma no solo la patita reaccionaria sino los dientes supremacistas y clasistas mientras la clase obrera se fragmenta más y más a merced de los explotadores.

Es hora de preguntarnos a qué dedicamos el tiempo. ¿A centrarnos en los problemas que tenemos como trabajadores/as y hablar claro de la necesidad del socialismo? Es evidente que no. ¿A construir el partido que necesitamos? Tampoco. Ante el panorama actual puede que nos ilegalicen antes (y no es broma). Debemos prepararnos para lo que viene.

¿Qué pasará cuando la derecha patriotera pase por los barrios y los pueblos a hablar de lo que debería estar hablando ahora mismo la izquierda? Esa es la cuestión.