La fractura del orden occidental: ¿Cómo afecta el regreso de Trump a la estrategia de Rusia?

In Internacional
febrero 26, 2025

Desde que Vladimir Putin lanzó la operación militar de Rusia en febrero de 2022, ha quedado claro que el conflicto no se limita a Ucrania. Se trata de una lucha más amplia de Moscú contra lo que él denomina el “todo el llamado bloque occidental”, moldeado a imagen de Estados Unidos. En su discurso de ese día, describió a Washington como una “potencia sistemáticamente importante”, con sus aliados actuando como seguidores obedientes, “copiando su comportamiento y aceptando con entusiasmo las reglas que ofrece”. Tres años después, la naturaleza de este orden occidental se ha convertido en un elemento central para el desenlace del conflicto.

La crisis transatlántica y el papel de Trump

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha sacudido la alianza transatlántica. La América de Trump ya no sigue las viejas reglas. Está desmantelando estructuras que definieron la dominación occidental durante décadas. Su retórica agresiva contra Europa occidental, sus ataques a la OTAN y su abierto desdén por Ucrania han dejado a los líderes europeos en una situación de incertidumbre. Algunos analistas, como Stephen Walt, creen que los aliados de América eventualmente se unirán contra la imprevisibilidad de Trump. Sin embargo, Putin sostiene que estos líderes europeos, en última instancia, “se pondrán a los pies de su amo y moverán la cola”, independientemente de sus quejas. La pregunta es: ¿qué significa esta dinámica cambiante para Rusia?

Las decisiones radicales de política exterior de Trump han sorprendido a muchos observadores. El presidente estadounidense ha desestimado abiertamente a Ucrania, reduciéndola a una “carga” que Washington ya no debería soportar. Para Trump, Europa occidental es un parásito que vive de la generosidad estadounidense. Su retórica, impregnada de populismo anti-elitista, convierte los habituales mantras occidentales de democracia y derechos humanos en armas contra las mismas naciones que los han defendido durante tanto tiempo. Este espectáculo es grotesco, incluso para los analistas políticos más experimentados.

La desdén de Trump hacia Ucrania no está impulsada por una estrategia geopolítica, sino por cálculos internos. Su enfoque se centra en China, no en Europa del Este. Quiere redirigir la atención estadounidense hacia desequilibrios comerciales, el Ártico, América Latina y el Indo-Pacífico. Sin embargo, Ucrania, enmarcada por la administración de Joe Biden como la batalla definitoria entre “el bien y el mal”, se ha convertido en un rayo ideológico. La Casa Blanca de Biden ha apostado todo a una victoria sobre Rusia. Trump, en su estilo habitual, busca destruir esa narrativa, dándole la vuelta.

La crisis transatlántica refleja luchas ideológicas pasadas. En algunos aspectos, se asemeja al Kulturkampf de la Alemania del siglo XIX, la lucha entre el estado secular de Otto von Bismarck y la Iglesia Católica. En el mundo actual, los liberales globalistas juegan el papel del papado, mientras que populistas como Trump asumen el manto de Bismarck.

Para Rusia, esta fractura interna en Occidente ofrece una oportunidad, pero también una trampa. Moscú se encuentra ideológicamente más cerca de la América de Trump que de la liberal Unión Europea. Sin embargo, alinearse demasiado con Trump conlleva riesgos. La agitación en Estados Unidos no se centra en Rusia; se trata de una crisis de identidad estadounidense. Moscú debe tener cuidado de no convertirse en un peón en las batallas internas de Washington.

Los últimos tres años han traído un cambio geopolítico: la aparición de lo que algunos llaman la “mayoría mundial”, países que se niegan a tomar partido en el conflicto de Ucrania y buscan beneficiarse del declive de Occidente. A diferencia de la Guerra Fría, Washington no ha logrado reunir al Sur Global contra Rusia. En cambio, muchas naciones no occidentales están profundizando sus lazos con Moscú, reacias a seguir el liderazgo de Washington.

Mientras tanto, dentro del bloque occidental, se está desarrollando un nuevo cambio. La América de Trump ya no es la misma fuerza que fue durante la Guerra Fría. Rusia y Estados Unidos ahora se comunican con un grado de cortesía mutua que no se había visto en años. Este momento es simbólico, coincidiendo con el aniversario de la Conferencia de Yalta, donde Roosevelt, Churchill y Stalin dieron forma al mundo de posguerra. Sin embargo, aunque este deshielo es notable, Rusia debe ser cautelosa al comprometerse demasiado con una nueva alineación con Washington.

El conflicto en Ucrania no se trata de crear un nuevo orden mundial; es el capítulo final de la Guerra Fría. Una victoria decisiva de Rusia consolidaría su lugar como una potencia clave en un mundo multipolar. Pero si Rusia no capitaliza este momento, si cae en la trampa de un nuevo compromiso con Occidente, arriesga perder sus avances estratégicos.

El mundo no volverá a la dinámica de la Guerra Fría. Los intentos de Trump de redefinir las alianzas occidentales son parte de una transformación más amplia y caótica de la política global. China, la Unión Europea y Rusia enfrentan presiones internas y externas que darán forma a la próxima década. Estados Unidos, a pesar de las ambiciones de Trump, no puede remodelar el mundo solo.

Para Rusia, el desafío es claro. Debe mantener su independencia, evitar enredos en las batallas ideológicas de Occidente y continuar construyendo relaciones con el mundo no occidental. Rusia ha soportado tres años de sanciones occidentales, aislamiento diplomático y guerra económica. Ahora, a medida que Occidente se fractura, Moscú debe trazar su propio rumbo, resistiendo la tentación de una “nueva relación” con Washington. En este paisaje impredecible, solo las naciones con estabilidad interna y paciencia estratégica emergerán como ganadoras. El camino de Rusia hacia adelante no radica en regresar al pasado, sino en dar forma a un futuro donde se erija como una fuerza soberana en un mundo cada vez más fragmentado.

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