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El calentamiento del Golfo de Maine: un fenómeno climático notable
Las aguas del Golfo de Maine, que se extienden a lo largo de tres estados del noreste de Estados Unidos y parte de Canadá, han registrado un año cálido, aunque a un ritmo más lento en comparación con los años anteriores de esta década. Según los científicos que estudian esta región del Atlántico, este fenómeno desafía la tendencia de calentamiento global que se ha observado a nivel mundial. A pesar de que el Golfo de Maine se ha considerado un «caso de estudio» para el cambio climático durante la última década, este año ha sido el duodécimo más cálido desde que se tienen registros, con una temperatura media de la superficie del mar de 10.8 grados Celsius, lo que representa un aumento de 0.49 grados Celsius en relación con el promedio a largo plazo de 1991 a 2020.
Este incremento en la temperatura del Golfo de Maine tiene repercusiones significativas, especialmente para la industria pesquera, que depende de especies como la langosta americana, un recurso económico vital. Aunque el año pasado fue más fresco que los años récord de 2021 y 2022, en los que se establecieron temperaturas máximas, la tendencia general de calentamiento sigue siendo preocupante. A lo largo de las últimas décadas, la temperatura media de la superficie del mar en esta región ha aumentado a un ritmo de 0.84 grados Fahrenheit por década, casi tres veces más rápido que el promedio global de los océanos.
El Instituto de Investigación del Golfo de Maine ha identificado varios factores que explican este calentamiento acelerado. Uno de ellos es el fortalecimiento de la corriente del Golfo, que transporta aguas más cálidas hacia el norte. Además, el debilitamiento de la Corriente de Labrador ha dejado de actuar como un amortiguador contra las aguas más cálidas, lo que contribuye a este fenómeno. A pesar de que durante 2024 se registraron meses de invierno con temperaturas inferiores a la media, el mes de junio fue el segundo más cálido de la historia. Estos datos ponen de manifiesto la complejidad de las variaciones térmicas en esta región y su impacto en el ecosistema marino, que alberga especies vulnerables como el frailecillo atlántico y la ballena franca del Atlántico.