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En 1976 el Pleno de Roma del Comité Central del PCE decidió eliminar la estructura de la organización basada en sus células de base y se reorganizó a los militantes en agrupaciones de carácter territorial, lo que en la práctica significaba la disolución de toda la estructura en las empresas, el ejército,  y los frentes de masas; una decisión que facilitaba su legalización y desactivaba el peligro para el nuevo régimen de la verdadera fuerza del PCE. Las células del PCE eran grupos pequeños cohesionados y con una vida política intensa, estrechamente vinculados con un sector social o alrededor de un lugar de trabajo. Esto permitía una interlocución y acción directa con la clase obrera, lo que explicaba la extraordinaria fuerza del Partido Comunista en el movimiento obrero, de donde además extraía a la mayor parte de sus militantes.

Desde hace años los militantes que ingresan en el Partido Comunista lo hacen fundamentalmente porque se sienten comunistas y tienen el convencimiento de que el Partido Comunista es donde deben organizarse. Los nuevos y las nuevas militantes no suelen proceder, sin embargo, (en algunos casos sí) de la acción y el ejemplo del Partido en el conflicto laboral; en los centros de trabajo, allí donde el Partido debería ser interlocutor directo con la clase trabajadora, de la que debería nutrirse continuamente, y a la que debería contribuir a organizar frente a los incesantes ataques que sufre día a día.

La ofensiva contra la clase trabajadora es una ofensiva en forma de reducción de sueldos y salarios, de aumento de la jornada laboral, de generalización de la precariedad, del facilitamiento y el abaratamiento del despido, de ataques contra la negociación colectiva, y en definitiva del debilitamiento del trabajo frente al capital.

Desde hace décadas han sido sucesivos los cambios en la legislación laboral, reformas que han ido liquidando poco a poco derechos y debilitando a la clase trabajadora. Por tanto, frente a la imposición de medidas que aumentan la explotación en las empresas es necesario responder organizando a los trabajadores y trabajadoras en los centros de trabajo.

La tarea estratégica del PCE debe ser la organización y el despliegue en los centros de trabajo como garantía también de que existan organizaciones representativas de los trabajadores más fuertes y fiables. Es ahí donde se producen día a día sucesivas luchas y donde se producen los ataques más violentos contra los trabajadores y trabajadoras. Debe ser ese, por tanto, el principal frente de lucha.

Es fundamental que el Partido Comunista comience a extraer a sus militantes fundamentalmente de los centros de trabajo a través de su acción en estos, y organizarse para tal efecto, siendo conscientes de la diversidad de situaciones de los trabajadores y trabajadoras, especialmente de los precarios, a quienes resulta más complicado llegar y organizar.

Es necesario hacer un análisis correcto de la sociedad en la que vivimos, de cual es el comportamiento y cuáles están siendo las transformaciones de la clase obrera, para empezar a dar pasos adelante. Y en ese sentido, el estudio de análisis como los de Daniel Lacalle (“La clase obrera en España. Continuidades, transformaciones, cambios”, “Trabajadores precarios, trabajadores sin derechos”, “Conflictividad y Crisis”, editadas por la FIM y El Viejo Topo)  cobra una especial importancia.

Es cierto que la clase obrera en el siglo XXI no tiene mucho que ver con la de hace un siglo, pero eso no quiere decir que la clase obrera ya no exista, sino que se ha transformado.  Por ejemplo, ese antagonismo en el que unos eran los dueños de producción y otros son los que trabajaban  y generan las plusvalías, y donde el conflicto se producía entre ambos,  ha derivado en una nueva realidad. En una realidad en la que por un lado están los propietarios de los medios de producción, y por otro lado una clase obrera dividida, por un lado a causa del nuevo modelo productivo, y por otro lado por la división entre los empleados con un contrato más estable y salarios más altos, y los trabajadores precarios con peores sueldos.

Hay un párrafo en El Manifiesto Comunista (1848) que señala que el trabajo asalariado presuponía obligatoriamente la competencia de los trabajadores entre sí, pero que en lugar de que eso llevase a los trabajadores a aislarse y enfrentarse, los progresos de la industría lo que hacían es que les llevaba a unirse y organizarse.

Eso ha cambiado hoy día, y parece que la competencia entre los propios trabajadores es superior a su capacidad de organizarse y de unirse, precisamente porque la transformación del proceso productivo, ha variado también la propia composición de la clase trabajadora, y su forma de participación en el sistema productivo.

Por ejemplo, el sector de la industria en España en los años 70 era de un 35%, y hoy es de un 17%, mientras que el sector servicios ha pasado de un 46% a un 72%.

El hecho es que la radical transformación del modelo productivo no ha ido acompañada de la transformación necesaria en las organizaciones de clase, sino que se caminó en el sentido contrario. Por eso cuando por ejemplo se convoca una Huelga General esta tiene éxito fundamentalmente en la industria, pero sin embargo las calles de las ciudades en general las empresas y los comercios siguen funcionando con relativa normalidad.

En definitiva, ni las condiciones de los trabajadores del sector público, ni su organización, o la de los trabajadores de la industría, son iguales que la de los trabajadores y trabajadoras del sector servicios en la empresa privada, ya sea un centro comercial, una cadena de restaurantes, de ropa, o de la tienda o el bar de la esquina.

Es importante, por tanto, partir de un análisis correcto de cual es la situación de la clase trabajadora hoy, para abordar con éxito las tareas políticas y organizativas futuras del Partido Comunista en los centros de trabajo. Dichas tareas además deben estar íntimamente ligadas a la estrategia de comunicación, por lo que es fundamental que el PCE sea capaz de hacer llegar a cada vez más trabajadores y trabajadoras las posiciones y las consignas del Partido para que estos las hagan suyas. Y por supuesto, que la comunicación se haga en un doble sentido, de los trabajadores con el Partido. En este sentido Mundo Obrero debe reformular su concepto y su formato, por lo que más adelante se dedicará un apartado con unas breves reflexiones sobre cómo llegar a cientos de miles de personas con la prensa del Partido.

Además, debemos tener en cuenta que capacidad de organización de los y las comunistas en los centros de trabajo repercutiría directamente en la influencia de los comunistas en las estructuras sindicales. En la situación actual, incluso aunque todos los militantes del Partido estuviesen afiliados al mismo sindicato,  seríamos incapaces de ser decisivos en él y en el conjunto de la clase trabajadora, por lo que es fundamental ligar la estrategia futura – también en el terreno sindical – a la organización del Partido en el conflicto capital-trabajo.

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