Opinión

Dios ha muerto, larga vida a dios

26/11/2020

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Dios ha muerto, larga vida a dios

Hoy es jueves, ya he terminado de trabajar y mañana es fiesta en mi pueblo. Es el momento perfecto para dedicarle unas líneas a todos esos estultos que esputan bilis sobre la memoria del gran Diego Armando Maradona; ahí vamos:

Corría el año 1982 cuando Argentina entró en guerra con el Reino Unido por las Malvinas, un territorio ocupado ilegalmente por Londres. Fue un conflicto armado que duró 10 semanas y en el que el gobierno de Margaret Thatcher humilló literalmente a Argentina.

Un año y medio después, el pueblo argentino logró derrocar a la dictadura y el socialista Raúl Alfonsín llegó a la presidencia de un país en crisis, empobrecido y humillado por Inglaterra, con una parte de su territorio ocupada por intereses geoestratégicos.

En este contexto llegamos al Mundial de fútbol de 1986. La suerte quiere que el 22 de junio se enfrenten en el Estadio Azteca Argentina contra Inglaterra, una continuación sobre el césped de aquella guerra que había terminado cuatro años atrás, entre el país que inventó el fútbol y el país que hizo de ese deporte un arte.

Caprichoso el destino ya que en las filas de Argentina jugaba un pibe de Lanús de 25 años llamado Diego Armando Maradona. Corría el minuto 51 cuando tras una espléndida jugada suya, Diego marcaría el primer gol con la mano, la mano de dios lo llamaron, para tan solo cuatro minutos después meter el mejor gol de la historia del fútbol regateando él solito a todo el equipo inglés; el conocido como “el gol del siglo”.

En el fútbol como en la guerra, hay heroicidades y hay engaños, y Diego personificó ambas cosas en tan solo 90 minutos ante los ojos de todas las islas británicas, que cuatro años antes habían enviado todo su poderío militar para aplastar a Argentina.

Ese mundial lo ganó Argentina convirtiendo automáticamente a Diego Armando Maradona en más que un hombre, más que un futbolista, Diego se convirtió en un símbolo nacional que cohesiona a la nación entera.

Nunca jamás le perdonaron a Diego lo que logró para su pueblo, los querían de rodillas y él se puso de pie. Hasta el día de su muerte había “periodistas” echando horas extras para escribir artículos hablando de su adicción a las drogas, de su amistad con Fidel, Hugo y Cristina, y de cuantos adjetivos quieran atribuirle, pero ¿saben qué? el cáncer de la posmodernidad que transforma cerebros en auténticos estercoleros pasará, el imperialismo anglosajón sucumbirá, y la figura de Diego, con sus miserias y sus logros, como ser humano que era, seguirá en la memoria mientras un solo argentino quede en pie.

Dios ha muerto, larga vida a Dios.